Reaparece Marcolina en un capítulo nuevo que busca tocar la nostalgia de muchos cubanos

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Abres YouTube “por cinco minutos” —tú sabes, ese autoengaño clásico— y de pronto te encuentras con algo que no estabas buscando, pero que te cae arriba como un recuerdo con olor a infancia: Marcolina. La misma. La de la casa donde “había un lugar para cosa y cada cosa en su lugar”. La de la sombrilla amarilla, el tono cariñoso, la energía de maestra traviesa que te regañaba suave y, aun así, te hacía reír.

El video aparece en el canal “mis días contigo”, ese proyecto bonito “creado por una madre y una hija para compartir vivencias, recuerdos y momentos reales de la vida”. Y el propio canal lo anuncia con una frase que no promete poco: que este capítulo “despertará al niño que aún vive dentro de ti y te hará sonreír como antes”. Pues mira… no están exagerando.

En esta reaparición, Marcolina se encuentra con una amiga que llega con un problema. No es una tragedia, no es un drama de novela. Es algo más cotidiano: la amiga se siente incómoda con su apariencia, especialmente con su pelo. Y ahí entra el juego —ese juego que Marcolina siempre supo usar como herramienta— para hablar de autoestima sin ponerse pesada, sin sonar a “charla de orientación”.

La amiga del video es Naomy Rojas, hija de Norma Reina (la actriz que interpretó a Marcolina) y del actor Osvaldo Rojas. Y Naomy entra en escena con esa insistencia que cualquiera ha tenido alguna vez: “no me gusta”, “no me queda”, “yo quisiera otro”. En su caso, el blanco de la inconformidad es el cabello rizado, con personalidad propia.

Entonces aparece el recurso mágico: la sombrilla amarilla «mágica» a la que se le puede pedir un cambio de look. Y ahí empieza el carrusel. Primero un estilo, luego otro. Pelo lacio y largo, después corto y lacio… como si la solución estuviera en borrar lo que uno es y ponerse otra cosa encima. Y Marcolina, con esa paciencia de personaje que entiende más de lo que dice, la acompaña en el proceso sin burlarse, sin invalidarla.

Lo lindo es que el video no se queda solo en el “cámbiate y ya”. Al contrario: te va llevando, pasito a pasito, hacia ese momento en que Naomy se mira y cae en cuenta de algo simple, pero difícil: su pelo original es el que mejor la representa. No porque sea “perfecto”, sino porque es suyo. Porque tiene historia. Porque dice quién es.

Entre una prueba y otra, el capítulo se llena de esas actividades que te devuelven a la infancia sin pedir permiso. Por ejemplo: aprender a hacer barquitos de papel. Esa manualidad que parece bobería hasta que te ves doblando una hoja con cuidado, tratando de que las puntas coincidan, y te acuerdas de cuando cualquier cosa podía convertirse en un juguete.

Después viene una dinámica que es oro para reírse: una competencia de dibujo a ciegas, con los ojos vendados, intentando retratar rostros. El resultado, claro, es un caos. Pero ahí está el punto: cuando uno se suelta, cuando deja de buscar “lo perfecto”, aparece la gracia… y también un tipo de verdad.

El capítulo hace su truco más efectivo: te habla de autoestima sin darte un sermón. Te lo dice con juegos, con risas, con esa sensación de “oye, esto me está tocando” aunque tú viniste solo a entretenerte.

Para entender por qué Marcolina sigue teniendo ese poder, hay que volver un momentico atrás. La sombrilla amarilla se transmitió entre 1999 y 2003 y se convirtió en un clásico de la televisión cubana. Ganó premios, fue catalogado varias veces como el mejor programa infantil, y todavía hoy se menciona con una nostalgia que no se finge. La obra fue escrita por Ivette Vian y dirigida por Mariela López, y tenía algo que no siempre se logra: enseñaba sin aburrir.

La cara —y el corazón— de aquel espacio fue Marcolina, interpretada por la actriz camagüeyana Norma Reina Morales, formada en la Escuela Provincial de Arte de Camagüey y luego en la ENA. Antes de que el país entero la llamara por el nombre del personaje, Norma ya había hecho teatro, radio (Radio Cadena Agramonte, Radio Progreso, Radio Ciudad de La Habana), animaciones, locuciones… y también apariciones en realizaciones como El eco de las piedras.

Pero a partir de 1999 pasó algo curioso: Norma dejó de ser Norma para convertirse en Marcolina. Ella misma lo dijo una vez, feliz: “dichosamente he cambiado el nombre, ya me llamo Marcolina”. Y no era pose. Era esa clase de personaje que se te pega a la gente por la forma en que habla, por los gestos, por el cariño. Marcolina amaba el amarillo, amaba a los niños, y tenía esa casa donde todo tenía su sitio.

Se emitieron 98 episodios. Y cuando todavía había cuerda, un día el programa dejó de grabarse. Años después, en un podcast conducido por Carnota, Billy Talento y Andy Fornaris, Norma contó que nunca les explicaron el motivo. Se fueron de vacaciones un mes, quedaron libretos por grabar… y no los llamaron más. Así, seco.

En 2011, Reina emigró a Estados Unidos. Allá, lejos del reconocimiento inmediato, pudo dedicarse a ser madre y abuela, a la vida de casa, a ese tipo de rutina que también cura. Ha vuelto a Cuba en ocasiones para proyectos puntuales, pero para muchos quedó esa sensación de “se nos fue Marcolina” justo cuando todavía queríamos más.

Por eso esta reaparición en YouTube tiene un sabor especial. No es solo “un personaje que vuelve”. Es un pedacito de infancia que se asoma, conversa con el presente y te recuerda algo que uno olvida fácil: que a veces uno se pasa la vida queriendo cambiarse cosas encima… cuando lo más bonito es aprender a mirarse con cariño.

Y sí: terminas sonriendo. Como antes.

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