Hay entrevistas que uno pone “para ver un ratico” y termina quedándose en silencio, como si la pantalla se hubiera convertido en sala de la casa. Eso pasó con la conversación reciente del actor cubano Roberto Perdomo en el programa Todos Hablan, conducido por Jorge Martínez y disponible en el canal de YouTube Cubamastv. No fue una entrevista de promoción ni un recuento de premios. Fue, más bien, un hombre hablando desde un lugar muy humano… y por eso mismo está dando tanto de qué hablar en redes.
Perdomo no llega con pose. Desde el inicio se nota que viene a decir cosas que a veces la gente prefiere maquillar. Habla de su carrera, sí, pero también de Cuba hoy, del oficio de actor en medio de la crisis, de pérdidas familiares que todavía le aprietan el pecho, y de una lucha personal que él mismo describe sin adornos.
A muchos les cuesta creerlo, porque el público lo vio durante años como galán de la televisión cubana. Sin embargo, él lo suelta clarito: “Nunca me gustó eso. No buscaba eso”. Y ahí ya te cambia el lente. No está renegando del cariño de la gente; está diciendo que su brújula siempre fue otra: el trabajo, el personaje, la verdad de la escena.
También cuenta que su llegada a la actuación no fue un plan de vida trazado desde niño. Según explica, entró al oficio de manera fortuita, después de quedarse sin carrera y aprobar unos exámenes con especialistas soviéticos en Santiago de Cuba. Y aun así, cuando le tocó, se lo tomó “con rigor y seriedad”, formándose con maestros como el gran José Antonio Rodríguez.
En un punto, suelta una de esas frases que se quedan flotando: que en el cine siente que “le deben muchos personajes”. No lo dice desde el berrinche, sino desde una frustración vieja, de alguien que sabe lo que puede hacer y no entiende por qué, a veces, la industria no lo convoca o no lo aprovecha.
Uno de los momentos que más comentarios ha provocado es cuando se refiere a su salida de Tras la huella. Perdomo insiste en que fue una “decisión estrictamente personal”. Después de 13 años y medio (casi 14), sintió desgaste: “ya no tenía nada más que aportar” y, al mismo tiempo, el proyecto tampoco le ofrecía nada nuevo “en términos de guion, atención o sensibilidad” por parte de la producción.
Lo interesante es que no habla desde la rabia, sino desde algo que él llama autoestima y respeto profesional. Dice que le pidieron hacer una despedida en pantalla, pero se negó. Prefirió que la imagen del personaje quedara intacta antes que cerrar de manera forzada.
Si hay una parte que duele (porque es verdad y porque se siente), es cuando habla del teatro. Perdomo se define como una “rata de teatro”, y se le nota el cariño. Pero también la impotencia.
Dice que hoy hacer teatro es “por puro amor”. Menciona un salario de 4700 pesos y pone el ejemplo más simple, que cualquiera entiende: el transporte. Ir a ensayar, ir a función, moverte por La Habana (o por donde sea) se vuelve una misión. Y por eso cuenta que ha tenido que rechazar proyectos teatrales como Antígona o Manteca… no por falta de ganas, sino por falta de condiciones mínimas para llegar “de forma digna o eficiente” a los ensayos.
Es una confesión fuerte porque rompe con esa idea romántica de “el artista siempre puede”. No, no siempre puede. A veces el cuerpo y el bolsillo dicen que no.
La entrevista, sin embargo, no se queda en lo profesional ni en la crítica social. Entra en un terreno íntimo, de esos que uno escucha con un nudo en la garganta.
Perdomo habla de la muerte de su esposa Mercedes, en 2002, y lo dice con una crudeza que corta: “Te explota el mundo en la cara. Me rompió. Creo que desde entonces para acá se agrietó la porcelana”. Esa imagen —la porcelana agrietada— es de alguien que aprendió a seguir funcionando, pero con una fisura que nunca se cerró del todo.
También cuenta la coincidencia dolorosa de las fechas familiares: “Mi madre murió el día de mi cumpleaños del 2005, 7 de mayo”. Y luego: “Mi hermana muere tres días después de mi cumpleaños… el 10 de mayo, día de las madres”. Son frases que no necesitan explicación. Se entienden solas.
Y entonces llega lo más delicado: su lucha con la depresión y el alcoholismo. Perdomo no habla en pasado perfecto. Habla en presente. “Ya caí. Actualmente lo estoy. Actualmente estoy bebiendo de nuevo”, confiesa. Y esa sinceridad, en cámara, sin dramatismo barato, es lo que ha puesto a mucha gente a comentar, a preocuparse, a debatir.
Pero Perdomo no se queda en la superficie. Profundiza, y ahí es donde la entrevista se pone todavía más densa. Cuenta que, tras pasar por un proceso de divorcio, tomó la decisión de buscar ayuda profesional e ingresó en un hospital psiquiátrico. El tratamiento estaba previsto para 21 días… pero se fue a los 10. ¿La razón? Su perro. Su compañero lo necesitaba y él no pudo quedarse. Es de esas cosas que suenan pequeñas y en realidad lo dicen todo sobre cómo funciona una persona por dentro.
Después de salir, logró pasar cuatro meses sin beber. Cuatro meses que él mismo reconoce como un logro de pura voluntad. Pero entonces murió su mascota. Y luego, su hermana. Y el hábito volvió. Lo cuenta sin excusas, pero también sin flagelarse demasiado, porque en algún punto de la entrevista suelta una frase que se queda pegada: «yo digo que yo soy suicida, lo hago para joderme. No porque no pueda dejarlo. Esa es mi naturaleza, desgraciadamente.» No es una justificación. Es alguien mirándose al espejo y diciéndote exactamente lo que ve.
En otro momento, admite: “Ya yo no estaba, ya yo no quería estar”. Y ahí la entrevista se vuelve otra cosa. Ya no es el actor famoso. Es un hombre diciendo, sin maquillaje, que hubo un punto donde la vida se le hizo demasiado pesada.
Hacia el cierre, la entrevista baja el volumen y se vuelve casi doméstica. Perdomo muestra objetos familiares: los zapatitos de su hija, otros zapatos, pero tejidos por su madre. Son cosas pequeñas, pero cargadas de historia. Como si dijera: aquí está mi vida, en estas piezas que no salen en pantalla.
Y mientras uno lo escucha, queda esa sensación de haber visto a un actor enorme hablar sin personaje, sin guion, sin escudo. Y por eso mismo, claro, las redes no han parado de hablar sobre él.
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