Armando Tomey lo cuenta sin pose, como quien se sienta en la sala y suelta una historia que todavía le aprieta un poco el pecho. No lo dice para dar lástima ni para hacerse el héroe. Lo dice porque pasó… y porque, cuando uno emigra, hay tropiezos que parecen chistes malos hasta que te das cuenta de que no tienen nada de gracia.
En una entrevista publicada hace algunas semanas en el canal de YouTube de PRONYR TV, el actor cubano recordó un episodio que define como una “anécdota trágica” en su vida personal. Trágica, sí. Y lo más duro es que no empezó con nada grande: empezó con unos espejuelos.
Según contó, al poco tiempo de llegar a Estados Unidos, se confundió y tomó unos espejuelos que no eran suyos. Él, convencido de que sí lo eran. Un despiste de esos que te pueden pasar en cualquier lugar: estás apurado, estás nervioso, vienes con la cabeza en mil cosas, agarras lo que crees tuyo y sigues caminando. Punto.
Pero la vida del recién llegado no funciona con “punto”. Funciona con signos de interrogación. Con malentendidos. Con la sensación de que, si te equivocas, el mundo no te da tiempo para explicarte.
Tomey lo dijo clarito: era un latino acabado de llegar, sin dominio del inglés, sin saber cómo discutir, sin saber cómo defenderse. Y ahí es donde la cosa se pone fea. Porque una confusión que se arregla con dos frases —“oye, mira, esto no es mío, me equivoqué”— se convierte en un problema serio cuando no tienes las palabras.
Él no quiso alargar la historia, pero el final lo soltó de golpe, como quien arranca una curita: terminó preso.
“Vaya papito…”, dijo, y en esa frase cabe todo. El susto, la impotencia, el “¿cómo llegué yo aquí?”. De pronto, grillete en las manos, grilletes en los pies. Un calabozo. Y la mente haciendo lo que hace la mente cuando no entiende: buscar referencias, inventarse una explicación, agarrarse de cualquier imagen para no derrumbarse.
En su caso, la imagen fue de película.
Tomey contó que se sentía como si estuviera viviendo una aventura rara, una escena tipo La máscara de hierro. Él ahí, con los grilletes, mirando alrededor, y pensando: “Sáquenme de aquí… me parece que estoy haciendo una aventura”. Y lo repetía, casi como un ruego: “Sáquenme de aquí, sáquenme”.
Uno se lo imagina. La luz fría. El metal apretando. El ruido de puertas. La sensación de estar fuera de lugar, como si te hubieran metido en el set equivocado… solo que no hay director que grite “corte”.
Lo más triste, en realidad, es lo absurdo del origen: unos espejuelos que no eran suyos, llevados por error, pensando que eran suyos. Y aun así, el sistema no te pregunta primero si estás confundido; te encarrila. Y tú, sin idioma, sin herramientas, sin conocer el terreno, vas cuesta abajo.
Después, por suerte, todo se aclaró. Tomey explicó que no tuvo juicio. Que el incidente se resolvió. Pero el golpe no se borra tan fácil, porque el episodio le dejó algo que pesa: un récord en su registro personal.
Y eso, para cualquiera, es una marca. Para alguien que está empezando de cero en otro país, más todavía.
La anécdota también sirve para recordar quién es Tomey más allá de ese momento. Para muchos cubanos, su cara está asociada a telenovelas que se quedaron pegadas en la memoria colectiva, como Sol de Batey y La cara oculta de la luna. De esos actores que tú ves en pantalla y te resultan familiares, como si hubieran estado siempre ahí.
En Cuba también se movió con soltura por series policíacas, comedias y dramas, y participó en varias películas. Tenía carrera, tenía oficio, tenía un nombre hecho. Pero aun así, en 2013 decidió emigrar a Estados Unidos, una decisión marcada por razones familiares. De las decisiones que no siempre se toman con alegría, pero se toman.
Y entonces pasa esto: llegas con tu historia, con tu trayectoria, con tus personajes encima… y de pronto eres solo “el latino que no sabe discutir en inglés”. Un tipo que se confundió con unos espejuelos.
Por eso, cuando Tomey lo cuenta, no suena a chisme ni a cuento para sacar likes. Suena a cicatriz. A recordatorio de lo frágil que puede ser el comienzo. A esa clase de episodio que te deja mirando el techo por la noche, repasando cada detalle y preguntándote en qué segundo exacto se torció todo.
Él lo dijo sin adornos: fue algo muy triste.
Y quizá lo más humano de todo es eso: que, aun cuando “todo se aclaró”, el cuerpo no olvida tan rápido el encierro, la desesperación. Como si la vida, por un rato, se hubiera puesto un disfraz de película… pero sin efectos especiales para suavizar el golpe.
👉Si quieres recibir en tu WhatsApp los artículos que publicamos habitualmente sobre temas cubanos o la actualidad de personalidades dentro y fuera del país, únete a nuestro grupo:
👉(Pincha aquí para unirte)


0 Comentarios