
Después de su retiro, a Rafael Serrano le pasó lo que sucede con ciertas figuras “de toda la vida”: el silencio empezó a sonar más fuerte que cualquier noticia. Y claro… cuando alguien ha estado durante décadas entrando a tu casa a la misma hora, con la misma voz, con ese tono serio y medido del Noticiero Nacional de Televisión, la gente no se acostumbra a que desaparezca así, de golpe. Por eso, en los últimos años, alrededor de Serrano se armó una especie de novela: que si se fue, que si está viviendo en Estados Unidos, que si anda por aquí, que si anda por allá.
Pues bien, en las últimas horas apareció una pista sencilla, de esas que tumban un montón de especulaciones sin necesidad de discursos. La presentadora Agnés Becerra —su compañera durante muchísimos años en el NTV— publicó en Facebook una foto donde se ve junto a Serrano. Y acompañó la imagen con una frase que suena a abrazo: “como en todos los tiempos compartiendo siempre en familia”. Con eso, de manera indirecta pero clarísima, se supo lo que muchos querían saber: Rafael Serrano está en Cuba.
La publicación no dice más. No explica si fue un encuentro casual, si fue una visita planificada, si estaban celebrando algo o simplemente se reunieron porque sí, porque se extrañaban. Pero a veces no hace falta tanto. La foto, el gesto, el “en familia”… y ya. Para un público que llevaba tiempo preguntándose por su paradero, esa imagen funciona como una confirmación tranquila, casi elegante: aquí estoy, sigo, estoy cerca.
Y es que Serrano no es cualquier locutor. Su despedida del Noticiero, el lunes 22 de noviembre de 2021, fue uno de esos momentos televisivos que se sienten como cierre de época. Aquella noche, al final de la emisión estelar, al filo de las 8:38 p.m., Becerra lo despidió en cámara y dijo algo que resume bastante bien cómo lo veía el propio medio: que el santiaguero había sido por más de 40 años ejemplo de “disciplina, modestia, rigor, excelente dominio de la técnica, buen gusto y respeto a la audiencia”. No fue un elogio de compromiso. Sonó a reconocimiento real, de colega a colega.
Ese día también lo agasajaron directivos del entonces ICRT y del NTV. Le entregaron flores y un cuadro con una foto suya junto a Fidel. Y Serrano, fiel a su estilo, no se fue con dramatismo ni con frases grandilocuentes. Se fue agradeciendo. “Hoy yo no vine a despedirme; vengo, más que todo, a agradecer…”, dijo. Agradeció a la vida, a los televidentes “por haberme soportado tantos años aquí, entrando a sus hogares”, y por supuesto a su familia. Fue un cierre sobrio, humano, sin show. Como él.
Después de aquel momento, era lógico que no volviera a aparecer con la misma frecuencia. Y ahí fue donde empezaron los rumores a correr como corren siempre: sin freno. De vez en cuando salían fotos suyas en redes, alguna imagen suelta, algún comentario de “lo vi”, “me dijeron”, “está por tal lugar”. Y el rumor más repetido —casi el favorito— era el de que se había mudado a Estados Unidos, país que, se sabe, ha visitado en varias ocasiones. Pero una cosa es viajar… y otra es irse a vivir. La foto de Agnés, al menos por ahora, inclina la balanza hacia lo más simple: Serrano está en la Isla.
Su historia no empezó en La Habana ni en un gran estudio. Según un trabajo publicado por Rafael Lam en Cubanow, los inicios de Serrano en los medios fueron en Santiago de Cuba, a inicios de los años 70, como reportero gráfico en el periódico Sierra Maestra. O sea, antes de ser “la voz del noticiero”, fue un tipo de calle, de trabajo de base, de aprender el oficio desde abajo.
En una entrevista contó que, al regresar de la misión internacionalista en Angola, conoció a su actual esposa, que vivía en la Isla de la Juventud, y se mudó para estar cerca de ella. Allí trabajó en Radio Caribe. Más tarde regresó a Santiago y entró en la televisión. En esa etapa fue presentador de un programa campesino, algo así como un Palmas y Cañas oriental, llamado Rumores de la campiña. Y en julio de 1983 dio el salto a la capital: primero pasó por la Revista de la mañana de Tele Rebelde y luego llegó al noticiero, el espacio que lo convertiría en una presencia diaria para millones de cubanos.
Por eso la foto de Agnés no es solo una imagen bonita. Es, para mucha gente, una especie de “ah, mira…”. Un descanso. Como cuando te encuentras a alguien que dabas por perdido y te das cuenta de que, al final, la vida no era tan complicada: estaba ahí, en su país, en su gente, en su círculo. Y con esa frase tan simple —“como en todos los tiempos”— queda flotando la sensación de que, aunque la pantalla cambie, hay vínculos que no se apagan tan fácil.
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