
El béisbol, muchas veces, no se pone raro por lo que pasa entre las líneas —ahí todo se resuelve con outs—, sino por lo que se cocina alrededor: llamadas, decisiones a puerta cerrada, silencios largos, y esa sensación de que te cambian las reglas cuando ya tú estabas cumpliendo “como es”. Un ejemplo fresquito de eso es el del camagüeyano José Ramón Rodríguez, “Pepe” para el que lo sigue de cerca.
Porque mientras en Venezuela está firmando una de las mejores actuaciones de toda la Liga Mayor de Béisbol Profesional (LMBP), en Cuba su nombre hace unos meses salió por otro motivo: fue excluido del equipo que participaría en la Copa América, presuntamente por haber aceptado un contrato a título personal para jugar con los Caribes de Anzoátegui en el torneo invernal de ese país.
Lo que más molesta —y lo que más ha encendido a la gente— es un detalle que se comentó en su momento: las autoridades cubanas sabían con antelación la existencia de ese acuerdo. Sabían que Pepe se iría a Venezuela una vez iniciada la Serie Nacional. Sabían que tenía un compromiso con su equipo venezolano. Y aun así, la decisión llegó como un golpe. Para él, y para los que lo ven como uno de los brazos más serios que ha tenido la Serie Nacional en los últimos tiempos.
Y aquí viene el punto: Pepe quería estar.
A finales de agosto, Cubadebate publicó una breve entrevista con el derecho. En esas líneas, él dejó clara su disposición de integrar el equipo rumbo al Clásico Mundial si el manager Germán Mesa lo mantenía dentro de sus planes. No habló como una estrella ofendida, ni como alguien que está “por encima”. Habló como hablan los peloteros que todavía sienten que ponerse el uniforme de Cuba pesa. Que importa.
Pero también tenía un contrato profesional que cumplir. Y eso, en 2026, no debería sonar a pecado.
Pepe no es cualquier lanzador. En la Serie Nacional se ganó su lugar a base de resultados, y por momentos fue de los derechos más dominantes del país. No es el típico pitcher de una buena racha: es un brazo con recursos, con control, con temple. De esos que tú ves en una salida mala y aun así dices: “tranquilo, que este se ajusta”.
En la pasada justa invernal con Caribes, de hecho, empezó con fuerza. Se metió en cintillos entre los mejores derechos del torneo, y durante un tramo parecía que iba a sostener ese nivel. Luego el rendimiento se le fue moviendo —cosas del béisbol, del cansancio, de los ajustes del rival— y terminó con una efectividad de 4.24 en 57.1 innings, con 27 ponches, 11 boletos y WHIP de 1.26. Números alejados del “Pepe intratable” que muchos esperaban ver todo el tiempo.
Sin embargo, lo que está haciendo ahora en la LMBP con los Centauros de La Guaira es otra película.
Para empezar, fue nombrado MVP de la sexta semana del torneo. Y no por un showcito de una salida aislada, sino por una semana completa bien seria: lanzó en dos encuentros (10 innings) y permitió apenas dos carreras limpias, con 11 ponches. O sea: trabajo, consistencia, dominio. De ese que no siempre se ve en una liga donde los bateadores también están buscando su pan.
Y cuando miras el acumulado, la cosa se pone más bonita todavía.
Aunque aún no ha ganado ningún partido —tiene cero victorias y una derrota— en 35.2 episodios de labor y siete juegos iniciados, su efectividad es de 3.03. Tiene 27 ponches, un WHIP de 1.29, y lo más importante: está liderando toda la liga en efectividad y WHIP. Sí, primero. El número uno. El que menos carreras permite y al que menos se le embasan. El mejor serpentinero del, hasta ahora, joven torneo.
A veces la gente se queda con el “no ha ganado”, como si el pitcher lanzara solo. Pero cualquiera que haya visto béisbol sabe que las victorias y derrotas son un cuento medio injusto. Puedes tirar siete entradas de una carrera, salir ganando, y que el bullpen te lo eche abajo. O puedes lanzar cinco flojas y que tu ofensiva te rescate. Por eso, en estos casos, la efectividad y el WHIP dicen más de la realidad: cuántas carreras permites y cuánta gente dejas en base. Y ahí Pepe está mandando.
Esta no es su primera vez en la Liga Mayor. Es su tercera contienda en ese certamen. En 2024 estuvo con Samanes de Aragua y en 2025 vistió los colores de Marineros de Carabobo. O sea, no llegó ayer ni está “probando suerte” por primera vez. Ya conoce el ambiente, los estadios, el ritmo, la presión de lanzar fuera de casa.
Y quizás por eso ahora se le ve más asentado. Más dueño de sus salidas. Como si hubiera entendido el juego dentro del juego: cómo manejar turnos largos, cómo no desesperarse cuando te dan un hit bobo, cómo apretar cuando hay corredor en segunda y el público se mete.
Lo otro —y esto es lo que a muchos les da vueltas en la cabeza— es el contraste. En Cuba, una exclusión que se siente como castigo por cumplir un contrato. En Venezuela, el mismo pitcher siendo el más efectivo de la liga, semana tras semana, poniéndole números a la conversación.
Porque al final, por mucho que se discuta en oficinas, lo que queda es lo que pasa en la loma. La bola en la mano, el catcher pidiendo el lanzamiento, el bateador tratando de adivinarte. Y ahí, en ese lugar donde no hay discursos que valgan, José Ramón Rodríguez está respondiendo.
Y todavía falta temporada. Así que, por ahora, lo único sensato es seguir mirando sus aperturas, inning por inning, como quien sabe que en cualquier momento el béisbol te cambia el guion… pero hay brazos que, cuando están finos, te obligan a quedarte hasta el último out.
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