
A veces uno se entera de estas historias y piensa: “¿cómo es que yo no sabía esto antes?”. Porque sí: Georg Stanford Brown nació en La Habana y terminó siendo parte de una de las series más influyentes (y más vistas) en la historia de la televisión: Roots. De Cuba a la pantalla grande, de Harlem a Hollywood, y de actor a director premiado con Emmy. Todo eso en una sola vida… y sin el típico cuento de “yo lo soñé desde niño”. Para nada. Él mismo lo dice: a la actuación, básicamente, cayó.
Según recoge la web The Cuban History, Brown nació el 24 de junio de 1943 en La Habana, y con apenas siete años su familia se mudó a Harlem, Nueva York. Ese dato, por sí solo, ya te pinta una película: un niño cubano aterrizando en un barrio duro, en otra lengua, en otra dinámica… tratando de encajar. Y como pasa con muchos, la música fue una salida. A los 15 armó un grupo vocal llamado The Parthenons, que incluso tuvo una aparición en televisión antes de desintegrarse. Pero la adolescencia no le vino con manual. A los 16 dejó la escuela —según el mismo sitio, hasta “invitado” por algunos profesores frustrados— y a los 17 se fue a Los Ángeles sin tener muy claro qué iba a hacer con su vida.
Y aquí viene la parte que lo vuelve más humano todavía: no era el muchacho con plan perfecto. En una entrevista con Backstage, Brown cuenta que estuvo un tiempo dando tumbos, sin saber bien qué quería. Hasta que un día decidió volver a estudiar. Entró a Los Angeles City College y eligió Teatro, casi como quien escoge algo “ligero”: “Theatre Arts! That sounds like fun”, dice ahí, como si lo estuviera contando entre risas. Y resulta que le gustó de verdad. Tanto, que después regresó a Nueva York para estudiar en la American Musical and Dramatic Academy (AMDA), la misma escuela donde, según The Cuban History, trabajó incluso como conserje para poder pagar la matrícula. Nada glamuroso. Pero real.
En AMDA conoció a Tyne Daly, actriz reconocida. Se casaron y estuvieron juntos 24 años (1966-1990), y tuvieron tres hijas. Y aunque suene a cliché, en esa familia el arte se respiraba en la casa. En Backstage, su hija Kathryn Dora Brown reconoce que creció entre sets, actores, cámaras… y quiso actuar desde los cinco años. Pero ojo: el padre no era de los que empujan a sus hijos a repetir la historia. Al contrario. Brown admite que no lo recomendaba. Y cuando Kathryn quiso irse a Nueva York a estudiar actuación, él primero le soltó el “no” clásico. Después, según cuenta ella, le dio una charla más dura y más honesta: “eres mujer, eres negra… va a ser duro”. No era pesimismo; era alguien que conocía el terreno.
Mientras tanto, su carrera iba cogiendo forma a una velocidad absurda. Backstage recuerda que su salto al cine empezó con The Comedians (1967), junto a Richard Burton y Elizabeth Taylor, interpretando al pintor haitiano Henri Philipot. Y Brown, con esa sinceridad que desarma, dice que en ese momento era “joven y estúpido”, demasiado joven para entender la magnitud de lo que estaba viviendo. En la misma entrevista cuenta que, seis meses después de salir de la escuela, todo le pasó de golpe: Shakespeare Festival, esa película enorme, viajes a África por cuatro meses y medio, París, el sur de Francia… y en medio de ese torbellino, conoció a Alex Haley, que iba camino a África a investigar la historia de su familia. Esa investigación, ya sabemos, terminaría siendo la genial serie Roots.
Esta no fue “una serie más”. Fue una miniserie de 1977 basada en la novela de Alex Haley (Roots: The Saga of an American Family), y se emitió por ABC durante ocho noches seguidas en enero de ese año. La historia arranca en África Occidental, en Gambia, con el nacimiento de Kunta Kinte, y desde ahí se convierte en un viaje generacional que atraviesa la esclavitud en Estados Unidos y todo lo que vino después: el desarraigo, la violencia, los cambios de nombre, las familias separadas, la pelea por sobrevivir sin perder del todo la memoria de quién eres. Lo fuerte es que Roots no te lo cuenta como un dato de libro, sino como vida vivida: la captura, el barco, las subastas, la plantación, los intentos de fuga, las heridas… y, al mismo tiempo, esos pequeños actos de resistencia que parecen mínimos pero sostienen a una familia entera.
Y el impacto fue una cosa seria, de esas que dejan marca. Durante su emisión fue un éxito enorme de crítica y audiencia: acumuló 37 nominaciones a los Emmy y ganó nueve, además de llevarse un Globo de Oro y un Peabody. El final, de hecho, tuvo cifras de Nielsen tan descomunales que todavía hoy se mantiene como el tercer episodio más visto de cualquier tipo de serie y el segundo final de serie más visto en la historia de la TV estadounidense. Con el tiempo, su legado se ha ido reafirmando: Rotten Tomatoes la destacó por el poder de su relato generacional y por las actuaciones, y Variety llegó a colocarla en 2023 entre los mejores shows de todos los tiempos. No es solo “histórica” por el tema que toca; lo es porque cambió la conversación, puso imágenes donde antes había silencio, y obligó a mucha gente a mirar de frente algo que durante años se maquilló o se apartó del centro.
Ahí Brown interpretó a Tom Harvey (en la miniserie de 1977 y luego en Roots: The Next Generations). The Cuban History añade un detalle medio amargo: por ese trabajo iba a ser nominado al Emmy, pero ese año la Academia redujo el número de nominados de seis a cinco… y su nominación fue retirada. De esas injusticias silenciosas que pasan en la industria y que, si no te las cuentan, ni te enteras.
Antes y después de Roots, Brown también se hizo muy conocido en la TV estadounidense. The Cuban History lo ubica como una de las estrellas de The Rookies (1972-1976), donde interpretó al oficial Terry Webster. Y en Backstage él cuenta algo que dice mucho de su cabeza: mientras actuaba, se pasaba tiempo libre metido en la sala de edición o en producción. No era curiosidad boba. Era hambre de aprender. Tanto así que el productor Aaron Spelling terminó dándole la oportunidad de dirigir.
Y ahí es donde la historia se pone todavía más grande: Brown dirigió episodios de Charlie’s Angels, Dynasty y Hill Street Blues (por lo cual obtuvo dos nominaciones al Emmy). Y The Cuban History remata con el dato duro: en 1986 ganó un Primetime Emmy por dirigir el episodio final de la temporada 5 de Cagney & Lacey, titulado Parting Shots. O sea: el cubano que llegó de niño a Harlem, que dejó la escuela, que trabajó de conserje para pagar estudios… terminó dirigiendo televisión de alto nivel y llevándose a casa un Emmy, el galardón más importante de la TV en su país de acogida.
Todavía vive. Su último trabajo acreditado llegó en 2015, cuando prestó su voz para el animado Madea’s Tough Love.
Y así, sin necesidad de adornarlo demasiado, queda el retrato: un cubano que se abrió paso en un mundo difícil, que estuvo en Roots cuando Roots era un terremoto cultural, y que además supo mirar detrás de cámara para construir otra carrera como director. Con sus dudas, sus bromas, sus contradicciones… como cualquiera.
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