No son pocas las ocasiones en que una película nace con ínfulas de “gran evento”, se estrena, la miran con cara de “¿y esto qué es?”, la quitan de cartel… y listo, se acabó. Fin. Pero Soy Cuba no se quedó ahí. Se fue al fondo del cajón por décadas y, cuando ya nadie la estaba buscando, regresó como regresan algunas canciones viejas: de golpe, con una fuerza que te obliga a prestarle atención.
El crítico norteamericano Jim Hoberman la describió con una frase que parece chiste, pero le queda como anillo al dedo: “una alucinación bolchevique”. Y sí, la película cubano-soviética Soy Cuba, rodada en 1963, “desafía todas las descripciones”, y su historia —como dijo Infobae— es digna de contarse.
Para entenderla hay que volver a ese contexto: primeros años de la Revolución, el ICAIC recién creado (fue “la primera institución cultural” fundada por el nuevo gobierno, el 24 de marzo de 1959, según recuerda Juan Antonio García Borrero en The Criterion Collection), y un país que estaba inventándose a sí mismo en todos los frentes, incluido el cine. En esos años, Cuba reanudó vínculos con la Unión Soviética y, en el terreno cinematográfico, se armó una alianza entre el ICAIC y Mosfilm. La idea era ambiciosa: hacer una película en colaboración, “un poema épico exaltando la Revolución Cubana”, como resume Infobae.
El director elegido no era cualquiera. Mikhail Kalatozov llegaba con prestigio internacional: había ganado la Palma de Oro en Cannes con Cuando pasan las cigüeñas (1957), y en Cuba esa película había sido votada por críticos como una de las diez mejores exhibidas en 1959, apunta García Borrero. O sea, no era un experimento con un desconocido; era una apuesta seria.
Y encima, cuando Kalatozov empezó a filmar Soy Cuba el 26 de febrero de 1963, el ambiente político estaba todavía caliente. García Borrero recuerda que ambos gobiernos seguían absorbidos por las secuelas de la “crisis de los misiles”. En octubre del 62, un avión U-2 detectó los proyectiles nucleares soviéticos en la isla; vino el pánico mundial; y, tras trece días, Kennedy y Jrushchov acordaron retirar los misiles sin consultar en ningún momento a Fidel Castro. Castro, molesto, lo expresó públicamente, y en la calle circuló aquella rima burlona: “Nikita, mariquita, lo que se da no se quita”. Ese detalle pinta el clima mejor que cualquier tratado.
En ese choque de perspectivas —Cuba defendiendo la lucha armada como camino, la URSS hablando de “coexistencia pacífica”— Kalatozov terminó alineándose con la visión cubana sobre la acción armada, sugiere García Borrero. Y eso, quién sabe, pudo influir en la frialdad con que la película fue recibida en la Unión Soviética.
La película, como tal, dura dos horas y veinte minutos y está “estructurada en cuatro episodios independientes”, ambientados antes de 1959, mostrando la lucha contra Batista, explica Infobae. Hay una voz en off “pesada”, un tono “solemne y moroso, elegíaco e ingenuo”. Dicho así, suena a película que te manda a dormir. Y, de hecho, el fracaso fue instantáneo: “no gustó ni en Cuba ni en la Unión Soviética”, cuenta Infobae. En Cuba, el “poema épico” les resultó “aburrido y pretencioso” y “a la semana fue levantada de cartel”.
En la URSS, el problema fue otro (o se sumó otro): la película mostraba un país tropical bajo capitalismo, con frivolidad y decadencia, y para un público soviético aislado durante décadas, eso podía resultar… demasiado atractivo. Las autoridades consideraron que no era conveniente difundirla, y la aventura quedó enterrada.
Pero aquí viene el giro: ¿cómo una película tan mal recibida termina siendo “obra maestra formal”? La respuesta está en la cámara. O, mejor dicho, en quien la movía.
Infobae lo explica con claridad: la clave está en Sergey Urusevskiy, director de fotografía habitual de Kalatozov, que había aprendido en el ejército a usar cámaras en mano más livianas. Eso le permitió filmar con planos largos y una movilidad que, todavía hoy, deja a cualquiera con la boca abierta. Los planos secuencia de Soy Cuba “pertenecen al panteón más alto de la historia del cine”, dice el artículo.
Y si alguien no está familiarizado con el término, ahí va la traducción a lenguaje de calle: un plano secuencia es cuando una escena completa se filma sin cortes, en una sola toma. No hay “cambia la cámara”, no hay montaje que te esconda el truco. Todo ocurre ahí, delante de ti, como un acto de magia que no te deja parpadear.
García Borrero también lo describe desde lo sensorial, casi como si estuviera hablando de poesía: la cámara “se desliza” por una fiesta en una azotea habanera y termina sumergida en una piscina; luego te lleva por un club nocturno con una fluidez hipnótica. Él insiste en que la película busca atraparte “como lo hace un poema”, no tanto por la trama sino por la intensidad de imágenes y sonidos. Y por eso, dice, gran parte del prestigio del filme descansa en Urusevskiy, “un verdadero maestro del movimiento completamente libre de la cámara”, que además era meticuloso: nada era improvisado.
Infobae pone ejemplos que ya son leyenda: la cámara baja varios pisos en una terraza con piscina, se mete entre la gente y termina bajo el agua; esa escena se volvió tan icónica que hasta existe una recreación con muñequitos Lego. Y está el plano de la procesión fúnebre del estudiante: la cámara va entre los manifestantes, se eleva, cruza balcones, entra a una fábrica de tabacos, atraviesa el lugar y vuelve a salir para acompañar la marcha desde arriba. Uno lee eso y piensa: “no puede ser”. Pues sí.
Ese despliegue, además, fue posible por el apoyo estatal sin cuestionamientos. Infobae cuenta que había extras por montones, autos volcados e incendiados, mangueras de bomberos, incendios de casas… y en el documental brasileño Soy Cuba, el mamut siberiano (2004) se relata que Kalatozov pidió 5000 extras vestidos de militares. La producción pidió permiso a Raúl Castro y mandaron soldados desde Oriente para filmar, avisando a las unidades que aquello no era una acción militar, sino cine.
El rodaje duró 14 meses —una locura— cuando lo normal son dos o tres. Y, aun así, la película se hundió. Hasta que, en 1995, Martin Scorsese y Francis Ford Coppola la vieron y se enamoraron: la “redescubrieron” y la devolvieron al circuito, impulsando su presencia en festivales, restauración en 35 mm y ediciones en VHS, DVD y luego Blu-ray. Lo más triste (y a la vez muy cubano) es que muchos de los profesionales cubanos involucrados ni se enteraron hasta que los realizadores del documental brasileño les regalaron una copia en videocasete.
Y hay un detalle final que me encanta por honesto: a muchos de ellos, hoy, la película “sigue sin gustarles”, dice Infobae. Porque una cosa es reconocer la proeza técnica, y otra es sentirla tuya.
Quizás por eso Soy Cuba funciona como funciona: como un objeto raro, lleno de contradicciones, demasiado grande para su momento… y demasiado vivo para quedarse muerto.
Te dejamos con la historia de una de las actrices de esta película:
Reaparece cubana que protagonizó una de las obras maestras del cine mundial
👉Si quieres recibir en tu WhatsApp los artículos que publicamos habitualmente sobre temas cubanos o la actualidad de personalidades dentro y fuera del país, únete a nuestro grupo:
👉(Pincha aquí para unirte)


0 Comentarios