
En la televisión cubana hay personajes que pasan como una canción de fondo… y otros que se te quedan pegados para siempre. Uno crece, se muda, cambia de rutina, se llena de responsabilidades, pero basta que alguien suelte un nombre para que te regrese, de golpe, una escena completa: la sala, el ruido de la casa, y esa sensación de estar en un lugar seguro.
Con La sombrilla amarilla ocurrió así. No era simplemente “un programa para niños” y ya. Tenía un encanto didáctico que hacía que la familia entera se acomodara a verlo, como quien espera a alguien querido que llega con novedades. “La sombrilla amarilla, como programa infantil, no solo caló profundo en los más pequeños de la casa, sino en la familia cubana que esperaba cada emisión con nuevas expectativas relacionadas con el divertimento y la educación de sus hijos, por el carácter didáctico del programa”, contó Rodolfo Bocourt Argudín en una entrevista publicada el pasado 26 de agosto en el Portal de la TV Cubana.
Y es que existen personajes televisivos que se mantienen en la memoria de la audiencia más allá de la duración del programa en que aparecieron, por el impacto emocional, la originalidad y esa conexión directa con el público. Monchipío —el cartero de La sombrilla amarilla— es uno de esos casos claritos. Tú lo mencionas y la gente no pregunta “¿quién?”, la gente sonríe. Como si acabaran de abrir una carta vieja que todavía huele a casa.
Lo curioso es que Rodolfo, el actor detrás del personaje, no llegó a la televisión “de casualidad”, pero casi. Su entrada al espacio vino por una recomendación: “Al espacio llegué a través de una especialista del Centro de Teatro de La Habana, conocedora de mi trabajo, pues desde la década del noventa era parte del proyecto Pálpito”, explicó. Pálpito es un grupo teatral cubano fundado el 25 de marzo de 1993 en La Habana por Ariel Bouza Quintero, actor, director y creador. Y ahí, en ese mundo de tablas, luces y sudor, Bocourt se fue haciendo.
Antes de que el país lo asociara con el cartero más simpático de la programación infantil, él ya venía moviéndose por varias compañías. “De igual manera, estuve vinculado a la compañía El Público, a Juglaresca Habana… Dentro de este grupo colaboré con diferentes proyectos. Con el tiempo me fui adentrando en el teatro para niños —aunque hice también musical y dramático—; ello posibilitó mi entrada a La Sombrilla Amarilla, una aventura iniciada en 1999”, recordó.
Y aquí viene una de esas vueltas que solo pasan en la vida real: al principio, su personaje no era Monchipío. “En un principio, mi personaje no era Monchipío, pero terminé asumiéndolo por la ausencia de los actores promovidos para este encargo”, confesó. O sea, lo que hoy es recuerdo colectivo nació de un “no hay quien lo haga, hazlo tú”. Y él lo hizo. Con ganas.
“Lo interpreté con mucha satisfacción; era un personaje muy alegre, divertido. En mi caso particular, todo fue muy bonito: era la primera vez que hacía televisión, pero con la ayuda del colectivo de actores —unos experimentados y otros noveles como yo en el medio—, mi personaje y el programa fluyeron, logrando posicionarse en los primeros lugares del gusto de la audiencia infantil”, dijo. Y sí, se notaba. Monchipío tenía ese tipo de alegría que no se siente actuada: parecía que llegaba de verdad, con su ritmo, su clave, su manera de hablarle a los niños sin tratarlos como bobos.
En un trabajo anterior de Cubalite lo describíamos así: “¿Recuerdas a aquel hombre que traía cartas a Marcolina, al ritmo de la clave cubana? Rodolfo Bocourt Argudín ha perdido su nombre y desde hace mucho tiempo lleva con gusto el del carismático rol”. Y el propio artista lo ha explicado con una sinceridad que da gusto: “es la mejor versión de mí. Más alegre, un poco nervioso, intranquilo… yo no soy tan alegre, soy un poco más… reflexivo. De manera social, uno a veces se enfrenta a situaciones, luchando por las cosas cotidianas de la vida, y eso no siempre te pone muy feliz, pero Monchi está exento de todo aquello, se encuentra en los lugares donde hay niños, diversión, teatro, cuentos y canciones”.
La conexión con el público fue tan fuerte que La sombrilla amarilla tuvo varias temporadas. “La primera se inició en el año 99, la segunda en 2001 y la tercera y última en 2003, ya con mejor factura… con calidad narrativa, valores positivos y un mensaje coherente mucho más elaborados”, apuntó Bocourt. Y cuando habla del ambiente del programa, lo pinta como algo más grande que un set: “Colaborar en el proyecto fue establecer lazos de hermandad y fomentar una conexión con los televidentes que hasta hoy se mantiene. Formamos una gran familia, nos divertíamos a la vez que divertíamos a los niños y los educábamos a través de un ajiaco de saberes, aderezado por canto, consejos y manifestaciones artísticas como la música, las artes visuales, el teatro y la actuación, con predominio de lo musical”.
Después, como pasa con tantos actores en Cuba, la pantalla dejó de ser un lugar frecuente. No porque se apagara el talento, sino porque la vida se mueve por otros carriles. Aun así, Bocourt siguió apareciendo aquí y allá: en Sopa de palabras (2006), y en 2008 dio vida al Hongo Dongo en el programa infantil Claro Clarita, interpretación por la que mereció un premio Caricato. También acumula apariciones en espacios como Cuentos que se cuentan (como invitado) y Adrenalina 360, entre otros.
Su camino profesional, además, tiene un detalle que mucha gente no conoce: su primer acercamiento al arte fue “por embullo”, con 16 años, en 1985, cuando empezaba el preuniversitario en Melena del Sur. Luego hizo un alto y dio un giro grande: se vinculó durante un tiempo a la Defensa Antiaérea en las FAR (DAAFAR), en la especialidad de Técnico en Equipo Especial de Aviación. Y en 1993 retomó el perfil artístico y se incorporó al grupo Pálpito.
En lo relacionado con su formación, Bocourt contó: “Fui evaluado en el 2001 como actor de primer nivel en teatro para niños y de títeres por el Centro de Teatro de La Habana. He trabajado en espacios dramáticos como Tras la huella, pero, al enamorarme del teatro con niños y para niños, me adentré más en ese maravilloso mundo y estudié Licenciatura en Instructor de Arte, lo que me permite instruir a las nuevas generaciones desde el arte, de manera profesional”.
Y ahora sí, la pregunta que trae a Monchipío de vuelta a la conversación pública —y que dejamos para el final, como quien guarda la carta más importante—: ¿a qué se dedica hoy Rodolfo Bocourt Argudín? Según contó en el Portal de la TV Cubana, sigue pegado a la cultura y a los niños. “Trabajo en Casas de Cultura, en el Palacio Central de Pioneros, en el departamento de extensión universitaria de dos centros de enseñanza superior de la capital. Imparto talleres para niños y jóvenes y animo actividades recreativas, siempre con mi entrañable compañero Monchipío, a quien los niños no olvidan”, aseguró.
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