En Cuba hay novelas que pasan, entretienen, se comentan dos días en la cola del pan y ya. Y hay otras que se quedan pegadas, como una canción que te sorprende tarareando meses después. La cara oculta de la luna, transmitida hace exactamente dos décadas, fue de las segundas… pero con un detalle: no se quedó por el melodrama, sino por el ruido que armó. Ruido del bueno y del incómodo.
Pedro de la Hoz, en un texto publicado en Granma en 2006, lo dijo sin rodeos: lo mejor de la serie estuvo en poner sobre la mesa “situaciones álgidas” que comprometían zonas del tejido social cubano. Y remarcó algo que, visto hoy, suena a confesión colectiva: era una “asignatura pendiente” de la Televisión Cubana, que el director Cheíto González saldó “con honestidad”, venciendo “limitaciones conceptuales y atavismos enraizados”. O sea: se tocó lo que casi nunca se tocaba, y se tocó de frente.
La reacción fue inmediata. No solo la tertulia de sala, la de “ponlo bajito que va a empezar la novela”. Fue otra cosa. La Jornada, periódico mexicano, describió el fenómeno como un debate insólito, donde chocaron la defensa de la diversidad sexual y “el rostro duro de la homofobia”. Y es que la serie, basada en historias de personas infectadas con VIH, no se quedó en el susto médico: se metió en la intimidad, en la doble vida, en la culpa, en el prejuicio…
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Según La Jornada, la controversia empezó desde el primer relato: una adolescente de 14 años que se infecta al iniciar su vida sexual. Pero el “boom” de opiniones explotó con el segundo caso, cuando un personaje suelta en el clímax: “Soy lo que tú piensas: soy homosexual”. Una frase así —tal cual, sin chiste, sin guiño cómico— era rarísima en la televisión cubana de entonces, donde los personajes gays solían aparecer como parodias o referencias de soslayo.
Y ahí se abrió la compuerta. Esta vez las reacciones fueron mayores a las habituales. Hubo entrevistas, comentarios, cartas de lectores. Programas especiales con llamadas del público en radio y televisión. Infomed abrió un buzón para recibir opiniones; el Cenesex tuvo una polémica intensa en su foro; La Jiribilla reservó una edición al tema. Para que se entienda: la novela se salió de la pantalla y se metió en la conversación pública.
En Juventud Rebelde, José Luis Estrada lo narró con ese tono de “mira lo que está pasando”: “¡Que las sorpresas no acaban, caballero!”, escribió, y contó que los teléfonos y correos del periódico “no dan abasto” con quejas por la “excesiva crudeza” de la serie. Lo curioso es que, según él, la roncha no venía tanto por la estética, sino por el contenido. Un médico camagüeyano, de 54 años, decía estar preocupado por el “desviado patrón de conducta” que el serial le mostraba a sus hijas adolescentes. Y una doctora en Ciencias Sociales se sumaba alarmada: “Esa no es nuestra juventud… tan promiscua y con tan escaso sentido de la lealtad y la amistad”.
Pero no todo era escándalo. Estrada también recogió la voz de una vecina de Cojímar, “muy campechana”, que mientras esperaba una pizza se lamentaba porque no iba a poder ver el capítulo: “A mí me gusta. La veo muy instructiva… yo siento a mi hija conmigo y le suelto toda una conferencia”. Esa escena es Cuba pura: la gente discutiendo una novela como si fuera un asunto familiar, y a la vez usándola como excusa para hablar de lo que casi nunca se habla.
En el fondo, la pregunta que flotaba era simple y pesada: ¿miedo a qué? Estrada lo decía así, con todas sus letras. Le sorprendía la mojigatería de algunos ante “escenitas fuertes” y defendía que los conflictos no eran invento del guionista: “están en la calle, en nuestros hogares”. Darles la espalda, advertía, “lejos de protegernos, lo que nos hace es más daño”.
Ahora bien, la serie no salió ilesa del análisis. Pedro de la Hoz, en Granma, reconoció el paso adelante, pero criticó un “insuficiente tratamiento artístico” que iba “del desafuero a la banalidad”. También habló de problemas de producción que afectaron la estructura de la obra, una serie de más de 100 capítulos. Según explicó, el relato original de Freddy Domínguez, en su versión radiofónica, era polifónico, con tramas que se cruzaban como un mosaico más equilibrado. En la televisión, en cambio, se “desmembró” en cinco miniseries unidas por un recurso débil: enfrentar a los protagonistas en un ejercicio a medio camino entre el optimismo rapsódico y la conmiseración.
De la Hoz fue más específico todavía: contrastó la crudeza maniquea de la historia de Amanda con los ribetes dramáticos y conmovedores de la de Yasser —aunque citó el reproche del escritor Reynaldo González sobre la victimización del homosexual y su relación con “la cultura”—; señaló la languidez del tramo sobre la infidelidad femenina, y elogió el aire operático “a lo Puccini” del caso de Leroy, antes de llegar a un final que, para él, cayó en la fórmula más convencional de la telenovela.
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Y hay un punto que se repite en los tres textos: el VIH/SIDA como eje y, a la vez, como límite. De la Hoz dijo que el SIDA funcionó como “camisa de fuerza” en los primeros relatos, un destino inaplazable que terminó subsumiendo tramas secundarias intensas y personajes memorables. No cuestionaba la necesidad de elevar la conciencia sobre el tema; lo que criticaba era el modo: didactismos evidentes, desenlaces previsibles, una tendencia a encasillar la serie como fábula moralizante y preventiva, lo cual —según él— le hizo “un flaco favor” a la ficción.
La Jornada recogió, además, el choque de críticas desde dos flancos opuestos: quienes decían que la historia reafirmaba la homofobia y quienes, directamente, lanzaban alegatos homofóbicos. En el foro del Cenesex, Reynaldo González criticó el estereotipo del “gay rompefamilia” y dijo que lo peor era “la atmósfera histérica” de la trama, que lastraba cualquier contenido profiláctico y lo dejaba en “simple y vulgar alarma”. Otro participante, Demetrio González Valdés, técnico de laboratorio en Pinar del Río, fue más directo: la teleserie, escribió, reforzaba la idea de que los gays “somos lo peor”. Y un comentario de bodega, citado allí mismo, retrató el prejuicio sin maquillaje: “Hay que cuidarse de los maricones. Ahora los hombres no se van con una querida, sino con un querido”.
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Aun así, incluso los críticos defendían la discusión. Joel del Río, citado por La Jornada, decía: “Por algún lugar había que empezar”. Y Ricardo Ronquillo advertía que lo preocupante sería creerse una sociedad “sin contrapunteos” o, peor, dejar que prevaleciera el silencio.
Quizás por eso, con sus fallas y sus excesos, La cara oculta de la luna terminó siendo —como escribió Pedro de la Hoz— “un acto inaugural de nuevas posibilidades” en la historia de la TV cubana. No porque lo resolviera todo, ni porque fuera perfecta, sino porque logró algo rarísimo: que el país hablara en voz alta de lo que llevaba años hablando en susurros… y que, por un rato, la novela dejara de ser solo novela para convertirse en conversación nacional.
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