
Ivan Moffat nació en La Habana el 18 de febrero de 1918. Suena a dato de trivia, de esos que uno lee y dice “ah, mira”… y sigue. Pero en este caso el “mira” se te queda atravesado, porque Moffat no fue un habanero cualquiera perdido en una nota al pie: fue guionista, vivió el corazón del Hollywood clásico, filmó la liberación de París y el horror de Dachau… y hasta estuvo vinculado a una película que terminó con nominación al Oscar. Y en Cuba, sin embargo, su nombre no se conoce.
Su historia arranca con una familia que parece salida de una novela inglesa. Según el New York Social Diary, era hijo de Iris Tree, actriz y poeta, y nieta del célebre actor shakespeariano Sir Herbert Beerbohm Tree; su padre fue el fotógrafo estadounidense Curtis Moffat. El mismo texto cuenta que la familia regresó pronto a Londres, a Fitzroy Square, donde la casa estaba decorada con alfombras orientales, esculturas africanas y caballos de la dinastía Tang. O sea: un hogar con estética de museo y aire bohemio, de esos donde los adultos hablan raro y los niños aprenden a mirar.
Moffat estudió en Dartington Hall, en Totnes, y allí inició una amistad de por vida con Michael Young (futuro Lord Young of Dartington), y luego pasó por la London School of Economics. De joven se unió al Partido Comunista, algo que —cuenta el New York Social Diary— le costó ser incluido en la lista negra de Hollywood. Jessica Mitford lo describió con una frase que pinta perfecto esa doble vida social: alguien que “tendía un puente entre la política de izquierda y el mundo de los bailes de debutantes”.
En 1938, su padre se mudó de vuelta a Estados Unidos y él se quedó con un apartamento en el último piso, manteniendo la tradición paterna de reuniones bohemias. En el Soho londinense se volvió habitual del Gargoyle Club, mezclándose con gente como Philip Toynbee y Dylan Thomas. Moffat incluso decía que ayudó a Thomas a conseguir su primer trabajo en Strand Films, donde él mismo trabajó haciendo documentales patrocinados por el gobierno para promover el esfuerzo de guerra, siempre según el New York Social Diary.
Luego vino el conflicto bélico de verdad. Cuando Estados Unidos entró en la Segunda Guerra Mundial, Moffat se alistó como escritor en la Special Coverage Unit del US Army Signals Corps, un grupo conocido como los “Hollywood Irregulars”, bajo la dirección de George Stevens. Su misión: mejorar la cobertura fílmica del conflicto. Y ahí Moffat no estuvo “cerca”, estuvo dentro: filmó la liberación de París y la del campo de concentración de Dachau.
El Observer también subraya ese punto: su vida tomó dirección por una alianza clave durante el servicio, cuando fue asignado a la unidad fotográfica de Stevens. Pero antes, Dachau. El periódico cita un pasaje brutal de sus memorias: vagones abiertos con “cientos de cadáveres medio congelados”, rastros de canibalismo, cuerpos apilados en habitaciones, y la escena de horror filmada por su unidad. Es difícil leer eso sin imaginar el silencio que queda después, el tipo de silencio que no se va con una copa ni con una fiesta.
Terminada la guerra, se mudó a Los Ángeles. Rechazó un trabajo como guionista en MGM para convertirse en productor asociado en la nueva compañía de Stevens, Liberty Films. Y ahí empieza el Moffat de cine: el hombre que, más que perseguir una obra maestra, parecía moverse por los pasillos del sistema, arreglando, reescribiendo, empujando guiones… a veces con crédito, a veces sin él.
Su vida personal, por cierto, era igual de cinematográfica. Estuvo casado con Natasha Sorokin, una rusa descrita como hermosa e inestable, de quien se decía que había tenido un ménage à trois con Simone de Beauvoir y Jean‑Paul Sartre. Tuvieron una hija, Lorna, y se separaron a inicios de los años 50. Después, vinieron liaisons en cadena. El escritor Christopher Isherwood dejó una nota en su diario (30 de septiembre de 1955) que parece una escena de comedia elegante: decía que Moffat “siempre está tan bonito, con ojos brillantes y limpio”, y que probablemente sus noches terminaban —si no empezaban— visitando a alguna chica. Remató con la imagen del “ligero gesto culpable del amante aceptado”, según el New York Social Diary.
En 1956 comenzó un romance largo e intermitente con Caroline Blackwood, a quien conoció en Venecia cuando ella aún estaba casada con Lucien Freud. Ella lo siguió a Hollywood y se mudó con él a una casa moderna en Adelaide Drive, con vista al Santa Monica Canyon, cuenta el New York Social Diary. Más tarde, Moffat se casó por segunda vez, en 1961, con Katharine Smith, hija del 3er vizconde Hambleden. La pareja volvió a Londres, en parte porque Moffat fue contratado para arreglar el guion de The Great Escape (1963). Modificó una parte sustancial del libreto, pero decidió renunciar al crédito, “para su propio costo”, según el New York Social Diary. Ese gesto —trabajar mucho y no firmar— se repite en su carrera como una especie de marca.
En cuanto a su filmografía, aparecen guiones como Bhowani Junction (1956), D-Day The 6th of June (1956), The Wayward Bus (1957), Boy on a Dolphin (1957, la primera película estadounidense de Sophia Loren), They Came to Cordura (1959), Tender Is the Night (1961), The Heroes of Telemark (1965) y Black Sunday (1977). En los 70 escribió episodios para la serie Colditz y en 1985 firmó el guion de una película para TV sobre Florence Nightingale.
El Observer lo retrata con una mezcla de fascinación y cuchillo fino: un hombre que alternó “su verdadera vocación de deslumbrar mujeres” con su “avocación” de escribir películas. También recuerda que trabajó con Stevens en A Place in the Sun y Shane, y que coescribió Giant (1956), una película que, por cierto, fue nominada al Oscar en Mejor Guion Adaptado y otras categorías, y quedó como uno de los grandes títulos de esa época.
Los Angeles Times, por su parte, es más seco: lo define como un guionista de “distinción modestísima”, alguien confiable, que entregaba a tiempo, que no protestaba si reescribían sus reescrituras, y que aportó servicios no acreditados a películas como The Great Escape y The Heroes of Telemark. Pero incluso ahí, en esa aparente tibieza, hay algo revelador: Moffat fue un trabajador real del engranaje, uno de esos nombres que sostienen la maquinaria aunque no brillen en los medios.
Murió el 4 de julio de 2002, a los 84 años. Su segundo matrimonio se disolvió en 1972. Le sobrevivieron su hija Lorna, dos hijos (Jonathan y Patrick) y otra hija, Ivana, que tuvo con Caroline Blackwood.
Y queda esa pregunta incómoda, casi inevitable: ¿cómo es que un hombre nacido en La Habana, que caminó por el Hollywood de Chaplin, Garbo y compañía, y que tocó una película nominada al Oscar… es prácticamente un desconocido en Cuba? Quizás porque su cubanía fue un punto de partida, no un tema. O porque su vida, como su escritura, se fue moviendo entre sombras: corrigiendo, ajustando, entregando, sin reclamar demasiado el foco. Como si hubiera preferido —por estilo, por instinto— quedarse siempre un poquito al margen, mirando la escena desde el lado bueno del encuadre.
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