
El 2025 dejó una sensación rara, de esas que te acompañan semanas. Luis Danys Morales subía a una lomita de Grandes Ligas y, por momentos, parecía que el guion estaba escrito: recta dura, presencia, ese aire de “aquí hay algo grande”. No fue perfecto, claro, pero sí lo suficientemente bueno como para que muchos cubanos —en la Isla y fuera— empezaran a decirlo sin pena: “este puede ser el próximo as”.
Y entonces llegó el 2026… y el arranque ha sido, siendo suaves, un golpe frío.
Morales comenzó la temporada dentro del staff de abridores de los Athletics. Su primera salida fue el 29 de marzo, de visitante, en el Rogers Centre contra los Toronto Blue Jays. Caminó 4.1 innings, permitió cinco hits, pero lo que dolió de verdad fueron los tres jonrones. Le hicieron cinco limpias, ponchó a cinco y dio dos boletos. Una de esas aperturas que tú miras y dices: “bueno, no fue su día… pero se ven cosas”.
El problema es que el “no fue su día” se repitió demasiado rápido.
El 4 de abril, esta vez en casa ante los Astros de Houston, la cosa se desarmó temprano. Apenas tres entradas, ocho indiscutibles (incluido un cuadrangular) y otra vez cinco carreras limpias. Pero lo más alarmante no fue el daño con el bate… fue el descontrol: cero ponches y seis bases por bolas. Seis. Eso no es una mala tarde, eso es un pitcher peleándose con su propio brazo.
Después de esa salida lo mandaron a AAA. Dos derrotas, efectividad de 12.27, y una explicación que sonó a “vamos a parar el carro antes de que esto se ponga peor”. Su manager, Mark Kotsay, lo dijo sin rodeos: el problema principal era el control, y necesitaba recuperar seguridad con sus envíos hacia el home.
“Volvemos a la pretemporada: no miras el rendimiento en los entrenamientos, pero sí miras la calidad de la ejecución de los lanzamientos, y él no tuvo una gran primavera”, explicó Kotsay, según declaraciones recogidas por la agencia AP. “Sentimos que podía hacer el ajuste para poder corregir mecánicas en las que necesita trabajar”.
Y remató con algo que, si eres pitcher, te duele más que un jonrón: “También se notaba la falta de confianza en general; se podía ver en la última apertura. Así que creo que es un buen reinicio para Luis. Mi expectativa es que baje, recupere su confianza y que en algún momento vuelva con nosotros”.
Ese regreso ocurrió este sábado 2 de mayo, pero no trajo la calma que muchos esperaban. Salió como relevista ante los Guardians y volvió a ser una montaña rusa, de las que se descarrilan: dos entradas, 13 bateadores enfrentados, cuatro hits (incluido un jonrón de tres carreras de Kyle Manzardo), cuatro boletos, dos ponches… y, otra vez, cinco limpias. El mismo número. Como si tuviera un daño programado.
Lo inquietante es que, antes de volver a MLB, su paso por AAA no mostró señales claras de “arreglo”. En 12.1 innings permitió 12 limpias, con cuatro jonrones, nueve boletos y ocho ponches. O sea: el descontrol no se quedó en el Big Show. Se fue con él.
Y aquí es donde entra el tema de las mecánicas, que a veces suena a palabra de laboratorio, pero en realidad es más simple: cuando un pitcher la pierde, pierde su casa. Se le va el punto donde suelta la bola, se le abre el hombro, se le cae el brazo, llega tarde con la cadera… y de pronto el home plate parece más chiquito. Empiezas a “guiar” la pelota en vez de soltarla. Y cuando haces eso, pasan dos cosas: o no cae en la zona (boletos), o cae demasiado “limpia” (y te la batean duro).
Los números de Morales este año cuentan exactamente esa historia. En MLB ha lanzado 116 strikes y 96 bolas. Demasiadas bolas para un tipo con material de Grandes Ligas. Y cuando le hacen contacto, el perfil tampoco ayuda: 48.6% de los batazos que le han pegado han sido flies, y de esos, casi un tercio han terminado en jonrones. Es como si cada elevado viniera con amenaza.
Para colmo, solo 14.3% de los contactos han sido catalogados como débiles. O sea, no está “engañando” casi a nadie. Le están viendo la pelota, le están cuadrando los envíos, y cuando se equivoca en la zona… lo castigan.
Ahora, comparemos con el 2025, que fue el año que encendió la ilusión. En aquella temporada de debut, ganó cuatro juegos, perdió tres y dejó una efectividad de 3.14. Casi ponchó a un bateador por inning: 43 en 48.2 episodios. No era solo el radar, era la sensación de que tenía armas y sabía usarlas.
En 2025, su recta representó el 52.4% de sus envíos y promedió 97.3 mph. En 2026 la usa menos (40.6%) y promedia 96.3, una milla menos. Parece poco, pero en Grandes Ligas una milla es una puerta que se cierra. Y hay otro detalle: el año pasado no usó sinker en MLB; este curso la ha empleado en 17.5% de sus lanzamientos. También usa 5% menos la slider y el cambio (el cambio apenas 0.7% menos, pero igual baja). La pregunta cae sola: ¿está probando cosas porque no se siente cómodo con lo que antes le funcionaba? ¿O perdió confianza con esos dos lanzamientos y está buscando un “plan B” en plena autopista?
Hay números todavía más llamativos. En 2025, los bateadores solo le hacían contacto al 55.9% de sus pitcheos fuera de la zona (o sea, se perseguían menos). En 2026 le conectan al 75.8%. Eso sugiere que sus lanzamientos “para sacar swings malos” no están siendo tan malos… están quedándose cerca, o están saliendo con menos movimiento, o simplemente se ven venir.
Y dentro de la zona, el dato es casi una alarma: en 2025 le conectaban al 86.2% de los pitcheos en zona; en 2026 le batean al 94.2%. Cuando viene a tirar strike, está siendo poco engañoso. Ahí entra esa idea que una vez explicó Curt Schilling y que resume el problema mejor que cualquier gráfico: el comando no es solo tirar strikes, es tirar strikes de calidad. Strikes que no se puedan golpear con el alma tranquila.
Morales también ha reducido la cantidad de strikes cantados sin swing y ha bajado en swings fallidos. En otras palabras: está consiguiendo menos “respeto”. Y cuando un pitcher pierde respeto, el bateador se agranda. Espera mejor. Decide mejor. Y el pitcher, apretado, empieza a fallar más.
Lo duro de todo esto es que el espirituano no es un improvisado ni un “cuento” inflado por redes. Su camino con los Athletics empezó oficialmente en enero de 2023, cuando firmó como agente libre internacional por un bono de tres millones de dólares. Era el quinto prospecto de su clase y el mejor lanzador disponible en ese momento. Desde el primer día, las expectativas fueron enormes.
Y en Cuba, antes de cualquier bono, ya venía con cartel. Probablemente de las Series Nacionales no haya salido un talento más grande en el último quinquenio que este bisoño atleta. Desde categorías inferiores dio de qué hablar: a inicios de 2020, todavía en el juvenil, asombró por la velocidad —llegó a 96 mph— y por un récord que no se olvida: 135 ponches en 85.2 innings en un torneo sub-18. Tuvo un juego de 18 ponches en siete entradas, encadenó cuatro blanqueadas consecutivas y hasta tiró un no hit no run cuando era sub-15. Cosas de “película”, pero en un terreno de provincia, con gente pegada a la cerca.
Su debut en la Serie Nacional fue en la Serie 50 (2020-2021): 11 partidos (dos como relevista), balance de 3-3, 58 ponches, 30 boletos, efectividad de 5.95 y WHIP de 1.95. Números discretos, sí, pero con el contexto de un muchacho eléctrico, todavía “crudo”. Aun así, lo seleccionaron para representar a Cuba en el Mundial Sub-23 en Aguascalientes, México, en 2021. Allí abandonó la delegación y se fue detrás del sueño.
Por eso este 2026 se siente tan raro: porque el talento está, la historia está, el brazo está… pero el pitcher, ahora mismo, parece estar buscando el botón correcto en medio de un panel lleno de luces. Y cuando un tipo así pierde la zona, pierde la calma, y encima los elevados se le van del parque, el margen se vuelve mínimo.
La temporada es larga, sí. Pero en Grandes Ligas también es cruel: te da oportunidades, y al mismo tiempo te exige respuestas rápidas. Morales, por lo pronto, tiene delante el reto más incómodo de todos: volver a ser él, pero sin apurarse, sin “forzar” la solución… y sin que el juego le siga cobrando cada error con intereses.
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