«Blanco y negro ¡no!», la serie juvenil cubana que sigue vigente 30 años después

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La Cuba de inicios de los 90 vivió también una etapa complicada en cuanto a la realización audiovisual. Sin embargo, en esa época de tantas carencias económicas y materiales, hubo personas lo suficientemente osadas para plantarse en el desierto, sacarles partido a varias ideas y producir algunas de las mejores obras que se recuerdan en nuestro país.

Charlie Medina fue uno de ellos. Suyo fue el mérito de liderar detrás de cámaras Blanco y negro ¡no!, uno de los proyectos televisivos más aplaudidos de aquellos años.

Estrenada en 1994, la serie contó con guion de José Victor Herrera, quien decidió basarse en Anatol y Desireé (Anatol und die Wurschtelfrau), novela de la autora austriaca Christine Nöstlinger, publicada en 1983.

El relato orbita fundamentalmente en torno a Adriana (Laura de la Uz) y Tito (Roberto González), dos muchachos de clase acomodada que viven con sus padres (Julio Alberto Casanova y Coralita Veloz). Todo cambia para ellos cuando la chica, cansada de la poca atención que recibe, dinamita el núcleo familiar con la noticia de que ha decidido irse a vivir con Julio, su abuelo paterno (Raúl Eguren).

A partir de esa historia central se desprenden varias subtramas “jugosas”, que sirven como vehículos perfectos para explorar el mundo adolescente y el correspondiente ambiente escolar, además de un grupo de problemas sociales y generacionales destapados por esa dura etapa que fue el Período Especial.

En este show, compuesto por 40 episodios de aproximadamente 25 minutos, Medina, Herrera y compañía construyeron un ecosistema variado y profundo, a través del cual nos ofrecieron valiosas reflexiones en torno a temas universales como la amistad, el amor, la educación en su sentido más amplio, la convivencia y las relaciones intrafamiliares, siempre “aterrizados” con autenticidad en el contexto cubano.

Con una realista manera contar, pero también muy sensible, Blanco y negro… se atrevió a expandir los límites del espacio Aventuras, cuyos títulos solían centrarse más en el “capa y espada” que en la crítica social. El resultado final fue un retrato fiel a su tiempo, que incluso fue capaz —tal vez sin pretenderlo— de mostrarnos guiños hacia un futuro que estaría marcado por fenómenos como la pérdida de valores y la ampliación de fisuras clasistas que fracturarían la sociedad de la Isla más allá de cualquier reparación.

El elenco de la serie incluyó además a figuras noveles como Caleb Casas, Humberto Miranda (Yosvani en Los campeones) o José Luis Pérez, quienes estuvieron acompañados en escena por los consagrados Alden Knight, Ángel Toraño, Manolo Melián, Cristina Palomino, Manuel Marín, Jackie de la Nuez, Herminia Soto, Oscar Llaguno y Héctor Noas, entre otros.

El trabajo actoral resultó paradigmático y destacó, sobre todo, por la dirección de los intérpretes más jóvenes e inexpertos. La guía de Medina y sus colaboradores hizo que aquellos muchachos pudieran estar a la altura de sus colegas adultos y soportaran dignamente el peso dramático de una obra que supo enriquecer el drama con precisos toques de comedia.

“Para mí Blanco y negro, ¡no! fue un regalo, una suerte de privilegio por el resultado que logró Charlie Medina haciendo una serie necesaria, con pocos recursos, en condiciones de absoluta austeridad económica y donde gracias al talento, la buena energía que creó y el excelente gusto de Charlie, todos logramos sentirnos muy estimulados mientras filmábamos el proyecto”, declaró hace una década Héctor Noas, quien interpretó al comprensivo maestro de Historia de la secundaria en donde sucedía parte de la trama.

Por su parte, José Luis Pérez, quien hizo de El Oso, un niño que vivía solo con su padre, contó sobre su experiencia a propósito de una de las reposiciones del material: “(…) cuando fui al casting tenía  12 años, tres días después estaba en maquillaje y vestuario, me entregaron el guion y a la  semana estaba filmando. Tuve mucha suerte. Desgraciadamente,  el actor seleccionado sufrió un accidente y yo lo sustituí. Los demás llevaban seis meses ensayando y lo mío todo fue muy rápido. Ni entonces ni ahora me lo creo. Cuando la filmaba era como un sueño muy agradable. (…) Creo que ahora se está recibiendo mejor, se trata de problemas universales y un excelente producto televisivo”.

Tiempo después llegaron a las pantallas cubanas otras propuestas que podríamos considerar, en mayor o menor medida, como secuelas espirituales de dicho audiovisual. En esa lista entran títulos como Enigma de un verano (2001), Doble juego (2002), Mucho ruido (2009), Entrega (2019) o Calendario (2022-2024), todas dignas sucesoras en esa intención de contar las vivencias de un grupo de jóvenes mientras cruzan la barrera entre la niñez y la mayoría de edad.

Treinta años han pasado desde que, entre apagones y “alumbrones”, el público de la Mayor de las Antillas disfrutó por primera vez de Blanco y negro ¡no!. El tema de presentación de la serie, creado por Alejandro Martínez, rezaba en uno de sus versos: “el mundo cambió / ya la vida no es un reino ideal”. Tal vez lo único que se mantenga igual sea la vigencia de una historia repleta de lecciones sobre los “grises” de la vida.  

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