
Vladimir Hernández Solás no es de los que sueltan bombas por gusto. Quien lo haya visto lanzar —o dirigir— sabe que siempre fue más de apretar los dientes y resolver “en el box”, sin mucho show. Por eso, cuando en una entrevista reciente con la Agencia Cubana de Noticias dijo, casi como quien no quiere la cosa, que “hubo dos deportistas que se vendieron y tengo las pruebas”, a más de uno se le paró el café a mitad del sorbo.
No estamos hablando de un comentario al aire, de esos que se dicen en una esquina y se pierden. Él lo soltó en público, por primera vez, y con una frase que pesa: “tengo las pruebas”. Y lo dijo, además, hablando de su etapa como director de Villa Clara, entre 2015 y 2017, un período que él mismo describe como complicado, con decisiones apuradas y poco respaldo.
En esa conversación con ACN, Vladimir no se vendió como un héroe perfecto. Al contrario. Reconoció que se apresuró en el salto del Sub-23 al equipo grande y que no contó con suficiente apoyo. Y ahí, en medio de ese balance personal, fue que soltó lo otro, lo más duro: “Hubo dos deportistas que se vendieron y tengo las pruebas, algo muy triste porque uno se sacrificaba y otros actuaban mal”.
La frase tiene un filo particular porque viene de alguien que habla mucho de sacrificio. De hecho, su historia está contada así, con ese tono de gente que se hizo a base de turnos y sudor. La ACN recuerda que trabajaba como taladrista en talleres de reparación de piezas de centrales azucareros, y que después de cumplir turnos de madrugada, entrenaba por las tardes. Imagínate eso: salir de una madrugada con olor a grasa y metal y, en vez de irte a dormir, dedicarte a correr, a tirar, a prepararte. “Tras cumplir sus turnos de madrugada, dedicaba las tardes al entrenamiento físico”, dice el texto.
Y antes de todo eso, estaba el abuelo. Vladimir cuenta que su infancia se le fue entre tardes en el Estadio Mártires del 9 de Abril, adonde lo llevaba Antonio Solás Betancourt. “En esa época jugábamos con pelotas de goma y había mucho ambiente beisbolero, muy distinto a lo que se ve hoy”, comentó. Esa imagen es fácil de ver: el sol bajando, la pelota de goma, la grada con gente hablando duro, y un muchacho que todavía no sabe que un día va a estar en el equipo grande de Villa Clara.
Llegó. Y se quedó. Él mismo recuerda que Pedro Jova lo subió “para verlo lanzar” y desde entonces se mantuvo. Incluso, al principio jugaba tercera base, pero Antonio Roca le dijo que debía inclinarse por el pitcheo. “Y así lo hice”, contó. De esa etapa gloriosa de los 90, habló como se habla de una familia: aprendizaje, camaradería, disciplina. Dijo que Pedro Pérez “fue el mejor entrenador de pitcheo en Cuba, porque nos enseñaba la teoría y cómo pensar en el box”, y también reconoció la disciplina que inculcaba Roberto Pupo.
Como lanzador, Vladimir tuvo números que no se consiguen “por casualidad”. En 16 Series Nacionales ganó 72, perdió 41 y salvó 21; dejó efectividad de 3.62, ponchó a 604 y dio 314 boletos en 965.2 innings. Y cuando recuerda la temporada 2002-2003, aquella en la que le ganó 11 y solo perdió dos frente a Santiago de Cuba, lo explica sin romanticismo: control, recta de 92-94 mph y slider. “Eran bateadores buenos, pero muy agresivos, y ahí estaba su debilidad”, dijo. Esa mezcla de lectura del juego y sangre fría lo llevó al equipo Cuba en Rótterdam y a los Panamericanos de Santo Domingo.
Entonces, cuando alguien así —con ese recorrido, con esa forma de hablar— dice que dos atletas “se vendieron” mientras él dirigía, la cosa no se queda en chisme. Se vuelve una herida abierta. Porque él lo enmarca como una traición al esfuerzo colectivo: “algo muy triste porque uno se sacrificaba y otros actuaban mal”. No dio nombres en la entrevista, no explicó el “cómo” ni el “cuándo” exacto… pero dejó la puerta abierta de par en par con lo de “tengo las pruebas”.
Hoy, a sus 55 años y lejos de esa silla caliente de director, Vladimir anda en otra: un proyecto comunitario en Sagua la Grande para rescatar el béisbol en su municipio. “Es algo muy bonito y necesario”, dijo. También admitió que físicamente ya no lanza como antes, aunque todavía compite en torneos provinciales. Y cuando habla de motivaciones, se le nota el orgullo de padre: “ellos me han motivado mucho en mi carrera deportiva y trato siempre de inculcarles los mejores valores”, comentó sobre sus tres hijos.
Pero esa frase ya quedó ahí, flotando sobre el terreno como una línea de foul que nadie sabe si va a caer o no. Dos atletas, una etapa difícil, y un director que por primera vez decide decirlo en voz alta. Ahora el béisbol villaclareño —y el país entero— se queda mirando, esperando el próximo lanzamiento.
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