Conozca a uno de los atletas extranjeros que compite por Cuba en Santo Domingo 2026

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Miguel Ríos. Foto tomada de La Jornada.

El deporte puede llegar a ser así de frío: tú estás metido, entrenas, te rompes el lomo, te imaginas el próximo torneo… y de pronto te dicen, sin mucha explicación, que ya no vas. No es que estés lesionado, ni que te hayas “caído” de nivel. Es esa frase seca que te deja mirando al techo: no estás en la lista. Y ahí es donde muchos se quedan en pausa, como esperando que alguien los vuelva a llamar.

Pero Miguel Ángel Ríos Palau no se quedó quieto. Con 23 años, el waterpolista nacido en la capital mexicana decidió cambiar el rumbo y, en los Juegos Centroamericanos y del Caribe de Santo Domingo 2026, apareció defendiendo a Cuba, el país de su madre, después de haber competido antes por México. Él mismo lo contó al diario La Jornada desde la Embajada de Cuba en México, y lo explicó sin vueltas: se acercó al grupo, entrenó con ellos y sintió algo que le hizo clic… que ese equipo tiene “hambre de ganar”. Y cuando tú notas eso en un vestuario, a veces no hace falta mucho más para tirarte al agua.

Para ubicarlo rápido: Miguel venía de competir con México en San Salvador 2023 y salir de ahí con medalla de bronce. O sea, no era un “inventico” ni un atleta de paso. Pero después de esa justa, según explicó, no siguió en el proceso con la selección mexicana por decisiones del cuerpo técnico. “No quería quedarme con los brazos cruzados al no tener opción de seguir con la selección nacional”, dijo a La Jornada. Y entonces miró hacia el otro lado de su historia personal: Cuba.

En el periódico cubano JIT, él mismo lo resume con una naturalidad que casi desarma: “Entonces, quise continuar jugando y me dispuse a hacerlo por el país en el que nació mi mamá”. Y ya. No hay discurso grandilocuente. Hay una idea muy clara: yo amo este deporte y quiero seguir en el agua.

El waterpolo, por cierto, no es precisamente un deporte “cómodo”. Es una piscina profunda donde no puedes tocar el fondo, con contacto, golpes que a veces ni se ven desde la grada, y un desgaste físico que te deja sin aire si te descuidas. La Jornada lo explica bien: dos equipos, manos, portería, goles… y un nivel de exigencia que no perdona. Por eso, cuando un jugador decide cambiar de bandera para seguir compitiendo, normalmente no es por capricho. Es porque la vida deportiva también tiene sus puertas cerradas.

Miguel cuenta que estuvo un mes entrenando con el representativo cubano y ahí sintió algo que lo terminó de convencer. En JIT lo dice así: “Desde que llegué fui acogido como uno más… los muchachos tienen mucha sed de ganar, lo cual los motiva y me inspira a mí también”. En La Jornada repite la idea con otras palabras: esa “hambre” los empuja, incluso con las limitaciones típicas de los países que no son potencia.

Y ojo, que esto no es un caso aislado en la delegación cubana. JIT recuerda que en esta misma cita hay futbolistas que no nacieron en la Isla (uno en Italia y otro en Bélgica), y también varios atletas que compiten en ligas extranjeras con contratos fuera de las federaciones nacionales.

Volviendo al agua: hay un detalle que le pone picante a todo esto. La Jornada trae un mini flashback histórico que está buenísimo: México y Cuba tuvieron duelos memorables en waterpolo entre los 60 y los 80, con fuerte influencia de la escuela húngara. En México estuvo Kálmán Markovits; en Cuba, Károly Laky. Y de esa etapa salió, por ejemplo, el quinto lugar olímpico de Cuba en Moscú 1980 bajo Juan Almeneiro (auxiliar de Laky), solo por detrás de potencias como la URSS, Yugoslavia, Hungría, España. México, por su parte, tuvo como mejor resultado olímpico un décimo puesto en Montreal 1976 y un oro panamericano en 1975.

Ese contexto hace que la historia de Miguel tenga un sabor doble: no es solo “cambié de selección”. Es que se mete en una rivalidad regional con memoria, con tradición, con orgullo. Y encima, él mismo aprovecha para señalar un problema que muchos en México han repetido bajito durante años: el waterpolo allá, dice, tiene “muchas áreas de oportunidad”, sobre todo en difusión. Incluso afirma que la disciplina se ha deteriorado por falta de competencias locales y espacios para crecer; que antes había más equipos, más piscinas, más vida.

En Santo Domingo 2026, el torneo cerró con un dato que parece escrito por el destino: Puerto Rico revalidó el título al vencer 15-12 a Colombia, y en la discusión del bronce México derrotó a Cuba 17-13. O sea: Miguel terminó enfrentando, en la práctica, a la selección con la que había subido al podio tres años antes.

Al final, más allá del marcador de un día, lo que queda es la imagen de un atleta que no se resignó a quedarse parado. Que buscó agua donde hubiera agua. Y que, en plena capital dominicana, se tiró a la piscina con otros colores, con la misma idea de siempre: competir, sudar, y tratar de ganar.

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