¿Te acuerdas del bodeguero de «Renacer»? Rehace su vida fuera de Cuba y te contamos a qué se dedica

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En estos días se ha esparcido por medio internet un clip de una entrevista al actor cubano Roberto Salomón. La gente lo comparte con cara de “no puede ser”, porque él cuenta una etapa durísima: cuando trabajó en el Zoológico de 26, en pleno periodo especial, metido entre jaulas y animales grandes, sin casi protección y con el miedo pegado a la piel.

Y sí, el relato es fuerte. Pero lo curioso es que, en la entrevista completa —mucho más larga— Roberto suelta otra bomba, más callada, más de vida real: se marchó de Cuba y ahora reside en Estados Unidos. Nadie reparó en eso. O casi nadie. Como si el algoritmo hubiera decidido que lo “viral” era el susto del zoológico, pero no el giro de su historia.

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Roberto nació en Guantánamo y cuando habla de su niñez lo hace sin dramatismo barato. Dice, en la mencionada conversación, que fue una etapa marcada por la escasez material, pero vivida con una felicidad enorme. Recuerda, por ejemplo, que tenía un solo par de zapatos y había que cuidarlos como si fueran de oro. Y que su entretenimiento favorito era subirse a los árboles o a los techos de las casas vecinas, como hacen los muchachos cuando el mundo todavía parece grande y uno se cree invencible.

A los 10 años se mudó a La Habana con su madre y su padrastro, Raúl Texidor, a quien menciona como una influencia positiva en su vida. No fue un cambio fácil, claro. También cuenta que tuvo dificultades en la escuela, incluso dos años académicos suspendidos. Él lo explica como cosas de la vida, no como falta de capacidad. Y lo dice con una filosofía que suena a alguien que se ha dado golpes y ha aprendido a leerlos: que esas experiencias fueron parte del camino que el destino le tenía preparado, el mismo que, con el tiempo, lo llevó a encontrar satisfacción personal y profesional.

El clip viral, sin embargo, se concentra en otra etapa: su trabajo como cuidador en el Zoológico de 26 durante el periodo especial. Y ahí Roberto no adorna nada. Describe condiciones de mantenimiento deplorables. Habla de un almacén con pericos sin comida, y el agua acumulada en el piso le llegaba a los tobillos. Lo cuenta con tristeza, como quien todavía puede oler ese lugar.

Luego viene lo peor: el peligro constante. Dice que trabajaba en jaulas de animales grandes —tigres, leones, leopardos— sin medidas de seguridad adecuadas. Y suelta un detalle que te deja frío: entró a ocupar el puesto de un compañero que había muerto después de que se escapara un leopardo. Imagínate tú llegar a un trabajo con esa historia rondando por ahí, como una sombra.

El punto de quiebre llegó cuando lo asignaron a limpiar el área de los grandes monos. Roberto insiste en que son animales muy inteligentes… y “tramposos” con los candados. Y cuenta un accidente que lo marcó: una cuidadora perdió los dedos de la mano al intentar retirar un caramelo de la jaula. Ahí mismo, dice, decidió renunciar. Sin pensarlo más.

Esa etapa le dejó un pánico profundo hacia los animales salvajes. Incluso años después, ya con su hijo, le costaba visitar zoológicos sin que le regresaran esas imágenes, ese peligro extremo.

Lo interesante es que Salomón llegó al teatro casi por accidente. Estudiaba en la cátedra de educación artística y se acercó a unas pruebas por curiosidad, porque vio a otras personas participando. Y entonces pasó lo que pasa a veces: alguien te mira y te descubre antes de que tú mismo te descubras. Profesores notaron su capacidad para actuar de forma natural y lo alentaron a seguir.

Él mismo confiesa algo que dice mucho de su punto de partida: antes de ese momento, nunca se había leído un libro. Fue una profesora quien le dio su primer texto, Dafnis y Cloe, y ahí se le abrió una puerta. Lectura, cultura, otra manera de entender el mundo. Como si de pronto alguien le hubiera encendido una luz en un cuarto donde siempre había estado medio oscuro.

Más adelante formó parte del grupo de teatro folclórico Orilé. Participó en obras y recuerda, por ejemplo, el personaje de Ruandy en una pieza escrita por Gerardo Fulleda, con la cual recorrieron ciudades como Santiago de Cuba y Camagüey. Después llegó la televisión. Su debut fue en un docudrama titulado Escuela de Conducta, dirigido por Jimmy Sariol.

Y para mucha gente, su cara quedó asociada a las telenovelas. Él menciona su participación en Entrega y, sobre todo, Renacer, donde interpretó a Omar, un bodeguero. Sobre esta última confiesa que fue un periodo difícil a nivel personal por problemas de salud mientras grababa.

De hecho, en la entrevista cuenta que en Cuba llegó a tomar medicamentos para el corazón que le causaban reacciones adversas. Se le inflamaba el cuerpo de una manera brutal: sangraba por la boca y tenía dificultades para hablar o moverse. Ya en Estados Unidos, su hermana —que es enfermera— le administró diuréticos y la inflamación bajó casi de inmediato, lo que le permitió empezar un tratamiento médico adecuado y perder peso.

En medio de todo eso, Roberto habla con cariño de la química que logró con colegas. Recuerda especialmente su trabajo con la actriz Yudexi de la Torre: aunque no se conocían personalmente, la relación fluyó tan natural que el público creía que eran pareja en la vida real. También menciona la amistad que formó con Maite Galbán tras coincidir en un proyecto.

Y su filosofía de actor es sencilla, pero seria: para él la actuación no es recitar un texto, es vivir el personaje y conectar desde adentro. Eso se nota cuando habla: no suena a pose, suena a oficio.

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Actor de la telenovela “Renacer” confiesa que estuvo preso en Cuba (aquí detalles)

Ahora bien, si uno conecta esta entrevista con cosas que ya se habían contado sobre él, la vida de Roberto parece una de esas novelas donde el personaje principal tiene que reinventarse varias veces. En Cubalite ya habíamos recordado que, antes de la actuación, trabajó como bodeguero de verdad. Después de pasar un curso de dependiente integral, estuvo dos años en una bodega en el Casino Deportivo, en el municipio Cerro.

Ahí vivió un episodio que parece sacado de un teleplay: un robo en el mercado, el custodio dormido, jabones y cajas de cigarros desaparecidos, la policía, y Roberto terminando preso como sospechoso durante una semana. Luego lo soltaron, lo volvieron a detener unas horas, cambiaron a la oficial del caso y finalmente decidieron no privarlo más de libertad. Casi al salir, dejó ese trabajo.

En el teatro, sus comienzos lo llevaron por agrupaciones como Mefisto Teatro y la Compañía Rita Montaner, y por obras como Vientos de cuaresma y El mercader de Venecia. También se formó en la ya inexistente escuela Carlos Moctezuma, enfocada en actores para televisión. En la pequeña pantalla apareció en telenovelas como Vidas cruzadas, La otra esquina, Vuelve a mirar, En fin, el mar y El rostro de los días. Y también en series como Tras la huella y U.N.O., además de algunos teleplays.

Ya en Estados Unidos, Roberto cuenta que se ha reinventado también como artesano. Dice que esa faceta le ha servido como descarga emocional tras los desafíos de emigrar. Entre sus obras menciona una pieza que representa una “iglesia rota”, como símbolo de sus sentimientos hacia las instituciones y la importancia de seguir su propio camino. Y otra vinculada a la migración, donde usa elementos como fichas de ajedrez y barrotes para representar obstáculos y complejidades cuando uno intenta alcanzar metas en un entorno nuevo.

Por eso el clip del zoológico pega tanto: porque es una historia extrema, contada sin maquillaje. Pero la entrevista completa deja otra sensación, más amplia. La de un actor que viene de una infancia humilde y feliz en Guantánamo, que tropezó en la escuela, que se metió en un zoológico en tiempos de hambre, que encontró el teatro casi por accidente, que se ganó un lugar en la televisión… y que, en algún punto, se fue de Cuba y empezó otra vida en Estados Unidos, con su salud, sus miedos y sus reinvenciones a cuestas.

Y mientras el video sigue rodando por ahí, recortado, repetido, viral… Roberto, en la versión larga, está contando algo más que una anécdota de animales. Está contando, sin gritarlo, el mapa completo de una vida.

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