Angelina Castro volvió a sentarse frente a una cámara y, como era de esperar, no dejó una conversación tibia. En el pódcast Como yo lo veo (puedes disfrutarlo completo en el encabezado de esta nota), de la actriz cubana Claudia Valdés, habló sobre su vida con esa mezcla de desparpajo, dureza y sinceridad que la ha acompañado siempre. Pero esta vez la charla no se quedó solo en la imagen pública con la que muchos la asocian. Hubo cuestiones relacionadas con la infancia, la familia, decisiones difíciles, orgullo, heridas… y también una mirada bastante cruda sobre cosas que, según ella, la gente prefiere no ver.
Contó que nació en San Miguel del Padrón, en La Habana, y que salió de Cuba cuando tenía 10 años. Primero pasó por República Dominicana y luego llegó a Estados Unidos a los 12. Al recordar su niñez, no se pintó como una niña delicada ni mucho menos. Dijo, entre risas, que era “un macho”, que se fajaba con los varones, andaba en bicicleta, robaba guayabas y que su padre prácticamente la crio “como un varón”. Esa imagen dice bastante. Uno casi puede verla corriendo por el barrio, sin mucha paciencia para el drama, con más ganas de calle que de muñecas. Y sí, esa personalidad fuerte -medio peleona, medio irreverente- parece haber estado ahí desde el principio.
Antes de entrar al mundo que la hizo conocida, ya había sentido el tirón del espectáculo. Recordó que siendo adolescente leyó una carta en el Orange Bowl, en un acto multitudinario vinculado a Hermanos al Rescate, y que aquella experiencia le dejó “la cosquillita” de estar frente a tanta gente. Más adelante, mientras estudiaba y trabajaba, varias personas le insistieron en que tenía carisma para el entretenimiento. Sin embargo, según explicó, su entrada a la industria para adultos no fue el resultado de un plan de vida ni de una fantasía temprana. Llegó en un momento en que necesitaba dinero, después de haber vendido su negocio para seguir estudiando. O sea, apareció como aparecen muchas cosas en la vida: de golpe, en medio de la necesidad, cuando una puerta rara se abre y tú decides si cruzas o no.
Ahí nació Angelina Castro, el personaje. Ella misma contó que eligió ese nombre porque quería algo con fuerza, que sonara grande, casi como una marca, y que además dejara claro que era cubana. A partir de entonces, su ascenso fue rápido. Según relató, llamó la atención porque no respondía al molde tradicional que dominaba ese mercado: era una mujer grande, ruda, sin demasiadas poses y muy dueña de sí. Eso, lejos de frenarla, la hizo destacar. Con el tiempo llegó a convertirse en una de las latinas más reconocidas del sector y ganó incluso un AVN, uno de los premios más importantes de esa industria. Y lo dice con orgullo, sobre todo porque lo logró como figura independiente, sin estar amarrada a una gran compañía.
Si hubo una idea que repitió varias veces durante la entrevista fue esta: no se arrepiente de nada. Lo dijo así, sin rodeos. “No me arrepiento de nada”, soltó. Y cuando explicó por qué, fue todavía más clara: todo lo que hizo, lo hizo porque quiso, sin sentir que estaba traicionando sus principios ni dañando físicamente a nadie. Para ella, la ética no depende del trabajo de una persona, sino de “la brújula moral de cada quien”. Ahí fue donde se puso más filosa. Defendió que existe mucha hipocresía en la sociedad y que, muchas veces, quienes más señalan son precisamente quienes viven con dobles discursos o toman decisiones mucho más dañinas que aquellas que critican.
También habló bastante de su familia, que parece ser el centro real de su vida. Se definió como madre, empresaria y mujer de familia. Contó que tiene dos hijos varones, que uno ya está casado y que ambos se sienten orgullosos de ella, no por la fama ni por el personaje, sino por la madre que han tenido. En un momento dijo algo que resume bastante bien su idea de felicidad: “Yo no quiero ser millonaria, yo quiero levantarme y no trabajar”. Y no lo dijo desde la pereza, sino desde esa aspiración más doméstica, más terrenal, de haber construido una vida donde pueda desayunar con su madre, estar cerca de sus hijos, hacer una barbacoa en familia o montarse en un avión cuando le dé la gana.
Sobre su matrimonio también dejó varias frases que retratan bien su manera de entender las relaciones. Contó que conoció a su esposo, un exmilitar que luego se vinculó como productor a la misma industria, y que se casó con él apenas 28 días después de conocerlo. Ya llevan 17 años juntos. Según explicó, entre ellos ha existido siempre una idea muy clara de compromiso, libertad y construcción compartida. Nada de posesión, nada de cuentos románticos demasiado perfectos. Más bien acuerdos, lealtad y esa sensación de estar levantando algo entre dos, poco a poco, como quien va ampliando una casa con el paso de los años.
Uno de los momentos más serios de la charla llegó cuando habló de los niños y las redes sociales. Ahí cambió el tono. Se puso más dura, más preocupada, más frontal todavía. Dijo que lleva años alertando sobre el riesgo de exponer a menores en internet y fue tajante al describir esa práctica como una forma de abuso. Insistió en que muchas madres y padres no tienen idea del peligro real que existe detrás de la circulación de imágenes infantiles en plataformas digitales. Según explicó, habla con tanta fuerza de ese tema porque ha visto cosas que, en sus palabras, mucha gente ni imagina. Y en medio de una entrevista llena de frases punzantes, bromas y provocaciones, fue ahí donde se le notó algo distinto: no el personaje, sino la mujer hablando desde una alarma muy real.
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