Salen a la luz nuevos detalles sobre asesinato de director de teatro cubano

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A veces tú lo notas sin que nadie diga nada. Falta alguien y ya. No porque uno tenga “sexto sentido”, sino porque la rutina es como una canción: tú sabes cuándo entra cada instrumento. La hora exacta en que aparece, el saludo de siempre, el chistecito bobo que suelta antes de arrancar. Y cuando esa parte no suena… se te queda una incomodidad ahí, flotando. Como si el cuarto se hubiera quedado medio frío.

Eso fue lo que le pasó a Malaka —cantante urbana y creadora de contenido— cuando, siendo parte de Mefisto Teatro, esperaban a su director, Tony Díaz, para ensayar una obra. Tony no era de los que “se pierden”. No era de los que desaparecen sin avisar. Si había que montar una escena, ajustar una entrada, repetir un número musical hasta que saliera perfecto… ahí estaba.

Por eso, cuando no llegó, el grupo se quedó con esa inquietud pegada en la garganta. Al principio, como pasa siempre, uno intenta justificar. Pero la noticia que vino después no dejó espacio para excusas. Tony había muerto.

Y lo peor es que no fue una muerte “de esas que uno entiende”, por decirlo de alguna manera. No fue una enfermedad, ni un accidente. Según contó Malaka en un video tipo storytime, publicado en su canal de YouTube Malaka Tanke, lo que ocurrió fue un asesinato (el suceso tuvo lugar el 29 de enero de 2014).

En su relato, la joven no habla de Tony como una figura lejana o “el jefe”. Habla de alguien con quien compartió trabajo, noches, escenarios y confianza. Dice que Tony era de esas personas que vivían, respiraban y comían teatro. De los que se levantaban pensando en una escena y se acostaban dándole vueltas a una luz, a una canción, a un gesto.

La relación entre ambos, cuenta ella, fue creciendo. Empezó en lo profesional —ensayos, montajes, disciplina— y terminó en una amistad estrecha. No solo coincidían en la compañía: también hacían presentaciones musicales en centros nocturnos, y eso, al final, une. Porque no es lo mismo verte en un ensayo que verte resolviendo un show con un micrófono que falla, un público que no perdona y el corazón acelerado.

Tony, además, se abría. Compartía anécdotas personales, hablaba de sus relaciones, dejaba ver esa parte íntima que no todo el mundo enseña. Malaka lo recuerda como una figura importante, de esas que te marcan el camino sin ponerse melodramático.

Cuando confirmaron que Tony había fallecido, el dolor fue inmediato. Pero el shock creció cuando se supo que no había sido “una tragedia cualquiera”, sino un crimen. Un acto violento que, de pronto, convertía a un director de teatro en una víctima más dentro de una realidad que muchos prefieren no mirar de frente.

En medio de ese caos, Malaka y su entonces pareja empezaron a hilar recuerdos. No como detectives de película, sino como gente tratando de entender qué pasó. Recordaron a un joven desconocido que habían visto días antes junto a Tony en una parada de ómnibus. Una imagen simple, casi insignificante… hasta que deja de serlo.

Con esa sospecha a cuestas, decidieron hacer lo correcto: ir a la policía y testificar. Porque cuando algo así ocurre, uno se debate entre el miedo y la necesidad de que haya justicia. Y también porque, a veces, la única forma de no quedarse con la culpa atravesada es hablar.

Según el relato de Malaka, el móvil fue el robo. El agresor —un joven de 18 años— habría atacado a Tony en su propia casa para quitarle pertenencias como una computadora, un celular y una cámara. Cosas que, en Cuba, no son “cualquier cosa”. Son herramientas de trabajo, inversión, años de esfuerzo. Y aun así… nada de eso debería valer una vida.

Malaka cuenta un detalle que se queda en la mente por lo absurdo y lo triste: la casa de Tony tenía una barbacoa, ese entrepiso improvisado tan típico de los techos altos en la isla. Y esa estructura, según explica, complicó muchísimo la logística cuando las autoridades y los equipos tuvieron que sacar el cuerpo. Es una imagen durísima: la arquitectura cotidiana, la “inventiva” cubana, convertida en obstáculo en el peor momento.

El caso, según narra, llegó a un punto decisivo cuando el responsable se entregó. Hubo proceso, hubo juicio, hubo sentencia. Y Malaka tuvo que estar ahí, como testigo, reviviendo partes de una historia que nadie quiere repetir en voz alta.

En su video, ella insiste en lo doloroso que fue todo: no solo perder a alguien cercano, sino enfrentarse a la brutalidad del crimen y a la frialdad del trámite legal. Porque una cosa es llorar en privado, y otra muy distinta es sentarte a declarar, recordar, señalar, responder preguntas… mientras por dentro estás hecha polvo.

Malaka también deja una reflexión que no suena a discurso, sino a preocupación real: la vulnerabilidad de algunas personas dentro de la comunidad gay en Cuba ante ciertos delitos. No lo plantea como una teoría, sino como algo que se siente en la calle, en las historias que se comentan bajito, en los “ten cuidado” que se dicen entre amigos.

Tony Díaz, en su relato, no queda reducido a una estadística. Queda como lo que fue para ellos: un director apasionado, un compañero, un amigo. Y también como una ausencia que todavía pesa, porque hay muertes que no se acomodan con el tiempo… solo cambian de lugar dentro de uno.

***

Tony Díaz no era “solo” un director de teatro. Para mucha gente fue, primero, un artesano de la escena. De esos que no se conforman con que el actor diga el texto y ya, sino que se obsesionan con todo lo demás: la luz exacta, el color que cae sobre una cara, el vestuario que cuenta una historia sin abrir la boca. Y eso no salió de la nada.

Según escribió Pepín Canetti de las Cuevas en una publicación en su página de Facebook, Jesús Antonio Díaz Valladares nació en Cienfuegos, Cuba, el 9 de octubre de 1944, y trabajó durante cuatro décadas como diseñador de escenografía, vestuario e iluminación para “las más importantes compañías de teatro”, además de colaborar con el ICAIC y la Televisión Cubana. O sea: antes de ser “Tony” para su gente, ya era un nombre respetado en el oficio, con callo y con historia.

En ese mismo texto, Canetti lo describe como un destacado diseñador de luces y escenógrafo ligado al grupo Rita Montaner, con sede en una calle céntrica de El Vedado, y cuenta que después fundó su propio grupo, Mefisto, donde empezó también su camino como director de escena. Y ahí, en ese salto de diseñador a director, se ve el tipo de artista que era: alguien que no quería quedarse en una esquina del escenario, sino agarrar la obra completa y empujarla hasta donde hiciera falta.

Canetti también recuerda cuál fue, quizá, su puesta “más incómoda para la oficialidad”: Huevos, del dramaturgo matancero Ulises Rodríguez Febles, estrenada en La Habana en 2007. Y esa palabra —incómoda— dice mucho. Porque en Cuba, cuando una obra incomoda, no es por un chiste malo: es porque toca nervios, porque se atreve, porque no pide permiso.

Otro detalle que pinta a Tony de cuerpo entero lo aporta el dramaturgo Amado del Pino, citado por Canetti: “Es importante destacar la maestría que tuvo Tony en llevar a la escena las obras de Brene, un autor fundacional de la dramaturgia cubana del que se habla últimamente poco”. No es un elogio cualquiera. Habla de alguien con oficio, sí, pero también con memoria cultural, con ganas de rescatar lo que vale aunque no esté de moda.

Y hay más: según Canetti, con Mefisto Tony se metió de lleno en el rescate del teatro musical, asumiendo clásicos como Cabaret y Chicago, y adaptando otros títulos como Fresa y chocolate. Uno de sus trabajos más reconocidos fue Escándalo en la trapa (2005), de José Ramón Brene, con el que obtuvo el Premio del Festival de Teatro de Camagüey. Ese dato, además de prestigio, te habla de constancia: años de trabajo, de montar, de insistir, de sostener un grupo y una visión en un país donde hacer teatro muchas veces es, literalmente, remar.

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