Uno se sienta a ver una entrevista pensando que va a escuchar anécdotas, dos o tres chistes, algún recuerdo bonito… y ya. Pero la conversación que subió Cubamastv el 31 de julio al canal de YouTube, con Jorge Martínez como anfitrión, va por otro lado. Es de esas charlas que empiezan suaves y, sin darte cuenta, te tienen con el pecho apretado, porque el invitado no está “actuando”: está hablando desde la vida.
El protagonista es Mario Aguirre, un actor que para muchos cubanos es parte del paisaje emocional del país. De la televisión, del teatro, de los personajes que se te quedan pegados como una muletilla familiar. Pero en el programa Todos Hablan él se muestra sin el brillo del escenario: repasa su carrera, sí, pero también cuenta heridas, silencios, y esa mezcla rara de orgullo y cansancio que traen los años.
El niño que ya sabía lo que quería
Mario cuenta que desde pequeño tenía clarísimo su destino: quería ser actor. Y no cualquier actor. Él soñaba con ser dramático, trágico, de esos de novelas de época, como las que veía o escuchaba durante sus primeros años de vida. Lo dice con una honestidad que da risa y ternura a la vez, como quien confiesa un capricho de infancia que terminó siendo una brújula.
Sus inicios pasaron por la Academia de Arte Dramático, en un curso infantil impartido por Elvira Cervera, y luego siguió formándose allí mismo cuando alcanzó la mayoría de edad. Después vinieron las tablas, los teatros privados, el fogueo real. Y, en medio de esa etapa, aparece algo que parece pequeño, pero no lo es: su nombre artístico.
“Mi nombre es Mario Rodríguez Aguirre, pero lo mudé un día”, cuenta. En la Sala Prometeo, el director Francisco Morín le soltó una frase que le cambió el cartel: Mario Rodríguez podía ser cualquiera; Mario Aguirre sonaba más particular. Y así se quedó.
Del Cotorro a Teatro Estudio: la escuela dura
En la entrevista, Aguirre vuelve a sus comienzos en el Cotorro y a su paso por instituciones que son palabras mayores, como Teatro Estudio. Ahí, dice, aprendió lo que no se aprende en ningún manual: rigor, disciplina, y el valor de trabajar con gente grande.
Él mismo lo resume con humildad: ha logrado muchas cosas, sí, pero no solo por el talento “que la naturaleza pudo haberle dado”, sino por haber compartido con figuras como Raquel y Vicente Revuelta, Héctor Quintero, Nelson Dorr… gente que te obliga a subir el nivel o quedarte atrás.
Y Raquel Revuelta, en particular, aparece como una influencia decisiva. No solo por lo artístico. También por lo humano, por el tipo de respaldo que, en determinados momentos, te salva la carrera.
La depuración: cuando el arte estorbaba
Aquí la conversación se pone seria. Mario habla de la censura y de la homofobia que atravesaron su vida profesional, sobre todo en los años 70. Lo cuenta sin adornos: hubo una “depuración” en el ámbito cultural y a él, como a otros, intentaron sacarlo del camino con el argumento de que no reunía “los parámetros necesarios”.
Él lo traduce a lenguaje claro: era una manera de marginar a quienes no encajaban en ciertos criterios ideológicos o morales. Y lo que más duele es lo concreto: le llegaron a decir que, si no podía trabajar como artista, tendría que buscarse la vida en otros oficios. Hasta menciona uno, con una crudeza que se te queda: limpiar zapatos.
En esa parte, Mario también habla de la prohibición del travestismo en la televisión cubana. Dice que existía una política explícita, pero aplicada con doble rasero: “hecho por ti es una gracia, hecho por mí es una perversión”. O sea, el problema no era el recurso escénico; era quién lo hacía.
Y ahí aparecen nombres que, según cuenta, fueron claves para que no lo borraran del mapa.
Recuerda la intervención de Tania Castellanos, quien, tras reconocerlo y enterarse de lo que estaba pasando, se movió para ayudar. También menciona el respaldo de Lázaro Peña, esposo de Tania, cuya mediación fue determinante para revertir la medida.
Y vuelve Raquel Revuelta, otra vez, como puente y como escudo. Pero hay un gesto que él destaca con especial gratitud: el de Ana Viña, secretaria del Consejo de Trabajo de Teatro Estudio. Ella se negó a votar en contra de los artistas afectados y exigió que se cumplieran los acuerdos del Congreso de Cultura. Esa resistencia obligó a las autoridades a desistir.
Mario dice que tuvo que esperar alrededor de dos años para que su situación se resolviera, y que finalmente pudo retomar su carrera con normalidad en 1975. Dos años pueden parecer “nada” en un calendario. En una vida, pesan como una piedra.
El humor llegó “sin querer”… y se quedó
Aguirre insiste en algo: él siempre se ha visto como un actor integral, no solo humorista. Pero el humor le llegó casi por accidente.
Cuenta que Atanasio Pindueles nació durante una convocatoria para reinaugurar la sala Hubert de Blanck. Era, al inicio, un cantante que ganaba un premio con una canción horrible: una sátira sobre la falta de contenido y la prepotencia de ciertos artistas. Luego, gracias a Orlando Quiroga, el personaje saltó a la televisión, al programa Buenas tardes, y se convirtió en una herramienta de crítica social.
Más tarde llegó Regla, creada durante una gira con la cantante Maggie Carlés. Nació de una improvisación, de un camerino, de un vestuario “inventado” para entretenerse antes de una función. Y, como pasa con las cosas buenas, se fue de las manos: la llevaron a la TV, se hizo famosa, y terminó siendo uno de esos personajes que la gente te grita por la calle como si fuera un pariente.
Mario habla del humor con respeto. Dice que un humorista no debe ser agresivo ni atacar al público, y que improvisar es un riesgo constante: hay que tener oído, tacto y verdad para no ofender. También confiesa que siempre buscó no encasillarse: le interesan el drama, la poesía, la comedia clásica.
El golpe más duro: su madre
Hay un momento en la entrevista que cambia el aire del entorno. Mario cuenta que su madre falleció de manera repentina mientras él grababa un programa de televisión muy popular, ¿Quién sabe?.
Y aquí viene lo que te desarma: decidió seguir trabajando porque el programa ya estaba comprometido con la audiencia y, según sus palabras, a su madre “lo que más le gustaba en la vida era verme actuar”.
Al terminar, la producción le dio un ramo de flores para llevárselo a ella. Mario dice que ahí fue cuando se derrumbó. Como si el cuerpo hubiera aguantado todo el tiempo “por profesional”, y al final, con las flores en la mano, ya no hubiera manera.
La soledad, el padre que no conoció y las ganas de seguir
En la charla también aparecen temas íntimos: la soledad, la herida de no haber conocido a su padre, y esa sensación de que a veces el mundo sigue y tú te quedas con preguntas viejas.
Aun así, Mario no habla desde la amargura. Habla desde una lucidez tranquila. Reconoce que antes le dolía no recibir tantas convocatorias para trabajar, pero que hoy ha aprendido a no vivir pendiente de eso. Y, a pesar de todo, reafirma su amor por Cuba y su deseo de seguir entregándose al público.
No es poca cosa decir eso después de más de 60 años de vida artística, de haber pasado por dramatizados, humorísticos, teatro musical, cabarets, peñas semanales, hoteles, giras… y de haber recibido premios como el ACTUAR por la obra de la vida y el Premio Nacional de Humor.
Jorge Martínez lo escucha con respeto, dejando que el invitado marque el ritmo. Y Mario, con esa mezcla de actor y ser humano que ya no necesita demostrar nada, va soltando verdades como quien deja migas en el camino.
Cuando termina la entrevista, uno se queda con una imagen: la de un hombre que ha vivido mucho, que ha trabajado con rigor, que ha sido querido por el público… y que todavía, de alguna manera, sigue esperando el próximo llamado. Como si el escenario, al final, fuera también una casa a la que siempre se quiere volver.
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