
En la televisión cubana hubo rostros que no necesitaban presentación. Salían dos segundos y ya tú sabías por dónde venía la cosa: el conflicto, la intriga, el personaje que te iba a revolver por dentro. Era como cuando en una novela entra alguien y en la sala se siente un “ay, no…” colectivo.
Josefina Henríquez pertenecía a esa liga. La “mala” que se te quedaba pegada, la que lograba que la gente la odiara con ganas —y ese odio, en realidad, era respeto puro, porque no cualquiera consigue que un país entero se lo crea así, tan de verdad.
En estos días, su nombre volvió a circular gracias a una publicación de la usuaria Lisbeht Díaz en Facebook, que recordó su final triste y poco comentado en Cuba. Según escribió Díaz, Josefina murió en 1992, “recordada por sus papeles de villana en la televisión”, y convertida en una de las actrices más reconocidas “gracias a sus brillantes interpretaciones de personajes malvados”.
Y es que Josefina venía de lejos. Desde los primeros años de la televisión cubana, en la década de 1950, se ganó una reputación sólida asumiendo roles difíciles en programas dramáticos. Díaz la ubica dentro del grupo de actrices “de primera línea”.
Esa confianza que inspiraba también la confirma el director de televisión Eugenio Pedraza Ginori, radicado fuera de Cuba, en un texto que publicó en 2014 en su blog. Allí la describió como una actriz en la que los directores “confiaban porque sabían que iban al seguro”. “Ella simplemente lo hacía bien”, escribió, recordando que desde los años 50 fue construyendo su prestigio “sacando adelante papeles difíciles en multitud de espacios dramáticos”.
Pedraza incluso la sitúa en momentos concretos de su carrera: contó que Josefina protagonizó, junto a Ángel Toraño, un Teatro ICR dirigido por Modesto Centeno y él el 17 de febrero de 1969, titulado Despierta y canta, de Clifford Odets. Y que en enero de 1973 la llamó para integrar el grupo de actrices del primer Siempre es 26.
Pero lo más duro no está en la lista de trabajos. Está en el contraste: el público la veía como “la mala”, mientras quienes la trataban de cerca hablaban de otra Josefina.
Pedraza lo dijo sin rodeos: en la vida real, ella “distaba mucho de ser ‘la mala’”, ese apodo que el público le adjudicó por sus roles. La describe como “una mujer afectuosa”. Y cuenta algo que suena muy de esa Habana de amistades que se visitan: desde los años 80, él y su esposa, la directora y guionista Loly Buján, la visitaban a veces en su casa del Vedado, donde Josefina vivía sola y con problemas de salud.
Ese detalle coincide con lo narrado por Lisbeht: Josefina vivió durante más de 35 años en un apartamento de un edificio en calle 2, entre Línea y 11, en el Vedado. Y, a pesar de sus achaques, “continuó trabajando en la televisión hasta 1992”.
Entonces llega la parte que cuesta leer sin apretar la mandíbula.
Díaz cuenta que una mañana de 1992 sus amigos empezaron a preocuparse: Josefina había “desaparecido”. Llevaba más de 24 horas sin responder llamadas, y nadie sabía nada. Un grupo de amistades decidió ir al apartamento, con el encargado del edificio como testigo. Entraron y encontraron el lugar vacío, sin señales de violencia. Los vecinos, igual: no la habían visto en días.
Pedraza relata prácticamente la misma secuencia, con un tono de memoria personal que duele: una amiga común lo llamó y le pidió que la acompañara porque tenía llave del apartamento, pero temía encontrarla muerta. Él cuenta que, ante la gravedad, llamaron a la policía. Incluso admite que llegó a pensar en “secuestro o suicidio”.
La clave apareció en una respuesta de los vecinos: el ascensor estaba roto desde hacía varios días, detenido en un piso superior. Y lo peor: a veces, al apretar el botón, se abrían las puertas aunque la cabina no estuviera, dejando el hueco vacío. Los vecinos —según ambos relatos— habían reportado la avería a la empresa responsable, pero no hubo solución.
A partir de ahí, todo se vuelve oscuro, literal.
Uno de los policías pidió la llave de la puerta que daba acceso a la base del hueco del ascensor. Al abrir, encontraron un lugar húmedo, oscuro, con basura y el motor del aparato. Y allí estaba el cuerpo de Josefina.
Díaz explica la tragedia con una frase que te parte: Josefina padecía diabetes severa y tenía la vista muy afectada. Creyó que el ascensor estaba, avanzó… y cayó por el hueco. No se sabe —añade— si murió al instante o si agonizó varios días sin poder pedir ayuda. “Fue una muerte terrible”, escribió Pedraza Ginori.
En la mencionada publicación en Facebook, el tema removió a muchísima gente: más de 500 comentarios, entre ellos el del músico Ángel Bonne, quien recordó haber trabajado con ella en un teleteatro: “Fue un muy triste final… Qué horrible manera de morir”, escribió. Otros usuarios confesaron que nunca habían escuchado la historia; algunos mencionaron accidentes similares, como si la ciudad guardara más de un silencio parecido.
Y queda el otro golpe: el después.
Díaz afirma que todo se consideró “un simple accidente” y que “nadie asumió responsabilidad alguna”. Pedraza va más allá: dice que el caso fue silenciado, que se le dio “carpetazo” y que, en aquella Cuba del Período Especial, todo quedó como fatalidad sin consecuencias. Y remata con una idea que todavía hoy incomoda: que la biografía y la trayectoria de Josefina, “oficialmente”, parecían borradas, “como si nunca hubiese existido”.
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