
Lo primero con Federico Beltrán Massés es ponerse de acuerdo en algo que parece simple… pero no lo es: ¿de dónde era, realmente?
En algunos sitios lo llaman cubano. En otros, hispano-cubano. Y al final, la respuesta suena a esas biografías que vienen con maleta desde temprano: nació en Cuba, pero su vida (y su obra) se hicieron lejos de la Isla.
Con Beltrán pasa eso. Solo que, en su caso, el “afuera” fue enorme: Madrid, París, Venecia, Londres, Nueva York… y hasta Hollywood. Y durante un tiempo, no fue “un pintor más”, no. Fue el pintor de moda.
Un nacimiento cubano y una carrera que despega en España
Según un texto publicado en la web Cubaencuentro, Beltrán Massés nació en Güira de Melena en 1885 y su padre era un militar de ascendencia catalana, mientras que parte de su familia materna era cubana. Sus padres regresaron a Barcelona en 1893, y allí él empezó a estudiar pintura en la Escuela Superior de Artes e Industrias y en Artes y Oficios. Más tarde completó estudios en Madrid, adonde se trasladó en 1905.
En la capital española fue discípulo de Joaquín Sorolla y, además, se dedicó a mirar con calma a los grandes maestros en el Museo del Prado. Esa combinación —taller y museo— suele marcar a los pintores: técnica, por un lado, ambición por el otro.
Al inicio pintó paisajes y personajes rurales. Cubaencuentro cuenta que pasó una larga temporada en los Picos de Europa, y de ahí salieron obras con tipos y costumbres montañeses. Pero en 1905 pinta una pieza que le cambia el rumbo: La maja marquesa.
“Repugnante y ofensivo para la moral”: el escándalo que lo catapultó
La maja marquesa no era un cuadro “tranquilo”. Cubaencuentro describe la escena: tres mujeres, dos vestidas y una desnuda con mantilla blanca. Y el detalle que incendió el ambiente moralizante: esa mujer desnuda era María de la Gloria Collado y del Alcázar, conocida como la Condesa de Gloria Laguna, una aristócrata famosa por su independencia y por escándalos que no encajaban en los moldes sociales.
Beltrán presentó la obra a la Exposición Nacional de Bellas Artes… y se la rechazaron. El jurado la calificó de “repugnante y ofensivo para la moral”, y hasta insinuó que el autor aludía a “cierta individua marquesa y lesbiana” de vida escandalosa. Le pidieron cambiar el título por Las majas para bajar el ruido. Él se negó.
El resultado fue el clásico efecto boomerang: el cuadro se expuso en la redacción de un periódico y luego en el Salón de Arte Moderno, y la censura le hizo publicidad gratis. La gente fue a verlo en masa. La prensa, además, lo defendió con entusiasmo.
Y no se quedó solo. Cubaencuentro recuerda que salieron en su defensa pintores como Sorolla, Ignacio Zuloaga, Julio Romero de Torres y Marcelino Santa María. Este último escribió una frase preciosa sobre el lienzo: “Me atraen irresistiblemente los cuadros entonados… Así veo yo el cuadro de Beltrán; no hallo otra cosa en La maja marquesa”.
París: el “himno de la forma, del color y de la luz”

En 1916, tras el incidente con la censura, Beltrán Massés se va a Francia. Antes se despide de Madrid con una exposición en el Hotel Palace, con cerca de 80 lienzos. Cubaencuentro cita al crítico José Francis Francés: “Regalo de la mirada y deleite del espíritu son estos cuadros…”. Hasta el rey Alfonso XIII fue a respaldarlo y compró Noche galante por mil pesetas.
Ya en París, el pintor se conecta con lo más destacado del mundo artístico y mundano. Se vuelve “el pintor de moda”, según Cubaencuentro, y eso le da algo que muchos artistas sueñan: pintar sin premuras, sin adular, sin correr detrás de nadie.
En 1922, un joven cubano que estudiaba en Francia lo visita, lo entrevista y escribe sobre él en Bohemia: Jorge Mañach. Y lo que describe es casi una película. Habla de salones lujosos, de “voluptuosidad de decorado” … y en las paredes, “el himno de la forma, del color y de la luz”. Mañach enumera: “cielos hondos y estrellados”, “brocados que arden al sol”, “fruta madura”… y mujeres con ojos oscuros, labios “color de vino”, como ciruelas o granada.
Pero Mañach también advierte: no era serenidad. Había cuerpos, joyas, fondos azules, esclavas con instrumentos, pavorreales, góndolas venecianas… una pintura “de idilio”, sí, pero “delicadamente carnal”, con una naturaleza cómplice.
Ahí está una de las claves: Beltrán no pintaba “la realidad tal cual”. Cubaencuentro lo dice claro: la enriquecía con recuerdo, fantasía, onirismo, exotismo. Y se obsesionaba con los detalles: ropas, joyas, fondos lujosos. Era un retratista mundano, de marquesas, príncipes, banqueros, embajadores, bailarinas, escritores… lo que hoy llamaríamos la jet set.
El “azul Beltrán”, Venecia y la consagración
En su pintura más libre aparece algo muy suyo: la noche y los tonos azules. Tanto, que se habló del “azul Beltrán”. Cubaencuentro cuenta que lo usó para captar el crepúsculo, la oscuridad, la seducción de la noche, siempre con un misterio difícil de descifrar.
Y en 1921 llega un punto de inflexión: la Exposición Internacional de Venecia le dedica una sala completa, al lado de Cézanne y Ferdinand Hodler, un honor rarísimo para un artista vivo. La Galería Uffizi de Florencia incluso le encarga un autorretrato para su colección de pintores.
Venecia, desde entonces, se le mete en la cabeza como ciudad soñada: canales, arquitectura, motivos venecianos que empiezan a aparecer una y otra vez en sus cuadros.
Hollywood, Valentino… y el éxito que se evapora
El diario español El Mundo lo resume con una frase que engancha: Beltrán Massés fue “algo así como el Warhol de la era del jazz”. Según ese diario, fue pintor de cámara del famoso actor Rodolfo Valentino, se codeó con Charlie Chaplin y Gloria Swanson, e incluso llegó a retratar a la alta sociedad como si fuera un teatro de lujo y deseo.
El galerista Guy Stair Sainty, citado por El Mundo, dice que “todos los marchantes de arte se lo rifaban en los años 20”, que Alfonso XIII y la aristocracia británica lo adulaban, y que él mismo asumió el control de una carrera que terminó desbordándolo. El mercado cambió, los gustos se movieron hacia lo abstracto, y él siguió fiel a la figuración.
El Mundo también se refiere al escándalo londinense de Salomé, descrita por la prensa como “el desnudo más atrevido jamás pintado”. Beltrán admitió que luchó “dos arduos meses con el color y la proporción del escorzo”.
La historia con Valentino, además, parece de película: se conocieron en la Riviera francesa en 1924, presentados por el célebre escritor Vicente Blasco Ibáñez. Valentino lo invita a Hollywood, lo introduce en la farándula, compra cuadros suyos… y cuando el actor muere en 1926, La gitana estaba colgada sobre su cama. Luego esa obra y otras desaparecieron “de la noche a la mañana”, según El Mundo.
Y Cuba… mirando desde lejos
Beltrán Massés murió en 1949. Cubaencuentro dice que en los años 30 su fama decayó y en 1943, enfermo, dejó París y volvió a Barcelona, adaptándose al gusto religioso de la España franquista.
Pero lo que más duele (y lo dice Mañach con una tristeza que se siente) es que muchos de los que lo aclamaban ni sospechaban que había nacido “bajo el sol noble… en un rinconcito entre palmeras”. Y Beltrán se lo remató al propio Mañach en la entrevista: en París le compraban cuadros latinoamericanos de todas partes… “Pero jamás un solo cubano… Ni un solo cubano; ponga eso ahí”.
En Cuba, apunta Cubaencuentro, no fue hasta 1950 que el Lyceum lo reivindicó con una exposición retrospectiva. Tarde. Como suele pasar.
Y aun así, cuando uno mira su recorrido —la censura que lo hizo famoso, el azul que se volvió firma, Venecia rindiéndose, Londres escandalizándose, Hollywood abriéndole la puerta— queda esa sensación rara: la de un artista nacido en Cuba que se convirtió en mito lejos de la Isla… y que todavía hoy, de vez en cuando, alguien rescata para recordarnos que estuvo ahí, brillando a lo grande.
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