Decir “la fortuna de los Manso de Contreras” en Cuba es como decir “ya tú sabes”… y que a algunas personas se les active una memoria colectiva rarísima. Una mezcla de esperanza, chisme de barrio, papelitos amarillentos, y esa fe obstinada que aparece cuando la vida aprieta. Porque esto no fue un cuento contado una vez y ya: fue una fiebre. Una fiebre con nombre y apellidos, que se metió en casas, familias, municipios enteros.
El periodista Mauricio Vicent lo describió perfecto en El País (6 de mayo de 2001): “decenas de miles de cubanos” llevaban años “prisioneros de una singular fiebre del oro” por una supuesta herencia millonaria nacida en el siglo XVIII, pero engordada por el tiempo y por la imaginación popular hasta volverse una novela con de todo: “corsarios, monjas de clausura, tesoros emparedados en conventos, un velero llamado El Titán, un misterioso banco en Londres e incluso a Fidel Castro y al propio Papa”. Así, con esa mezcla de historia, leyenda y “surrealismo criollo” que solo aquí cuaja tan fácil.
La cosa se puso seria —seria de verdad— a finales de los 90. Vicent contaba que la mayor parte de los supuestos herederos vivían en las provincias centrales, “la mayoría gente humilde de campo”, y que durante cinco años “legiones de posibles descendientes” se lanzaron sobre archivos y registros civiles buscando partidas de nacimiento, árboles genealógicos, cualquier papel que sonara a “prueba”. Y no era un par de locos: el asunto creció tanto que se crearon “comisiones municipales y provinciales de herederos”. Delegados que iban y venían, exploraban bibliotecas y hemerotecas, consultaban abogados, bancos… e incluso intentaban implicar instituciones del Estado como el Comité Central del Partido Comunista, el MINREX y el Consejo de Estado. Todo eso, y aun así, nada concreto: “ni siquiera saber a ciencia cierta que la herencia existe ni cuál sería su valor”, decía el reportaje. Pero la fe estaba puesta. Y cuando la fe se pone, ya tú sabes lo demás.
Lo más duro es que esa fe movió vidas. Según El País, la “fiebre Manso de Contreras” afectaba a unas 25 mil personas “documentadas debidamente como parientes e hipotéticos beneficiarios”. Y había gente que, convencida de que “a más tardar este año” serían millonarios, dejó el trabajo o vendió parte de lo poco que tenía. Otros, “más espabilados”, encontraron en el furor un modo de vida. Porque en cualquier fiebre siempre aparece el que vende el termómetro… y el que vende el “remedio”.
¿Y de dónde salió todo? Aquí es donde el cuento agarra sabor a pergamino viejo. Vicent recogía una de las versiones más difundidas: todo arrancaría en 1615, cuando llegó a Cuba don Andrés Manso de Contreras por orden de la corona española para combatir piratas. Luego, un descendiente suyo, el hacendado Bartolomé Manso de Contreras, se casó en 1739 con Josefa de Loyola y Monteagudo, heredera de otra familia fuerte en tierras del centro del país. Tuvieron cuatro hijos: un varón que murió pequeño y tres niñas con nombres de esos que parecen de novela barroca: María Isabel del Santísimo Sacramento, María Dolores de la Resurrección y María Manuela de San Agustín. Según la leyenda, las tres se hicieron monjas y recibieron de sus padres un legado que suena a película: “seis grandes arcas de hierro repletas de lingotes de oro y joyas familiares”.
La historia siguió creciendo como crece lo que se cuenta “por arriba” en una cola. Un periódico cubano llamado El País (en 1947) recogió la versión de que las monjas empotraron los bienes “sobre la arcada monumental de la puerta del convento de Santa Clara”, en La Habana. Y que en 1776, ante el rumor de un ataque pirata, enviaron el tesoro a Inglaterra en un velero llamado El Titán. La prensa, en su momento, llegó a evaluar la fortuna en “30 millones de dólares de la época” y dijo que se depositó a “un 5% de interés anual” en un banco británico: algunos mencionaban el Banco de Orfola, otros el Banco de Inglaterra. La revista Bohemia incluso hablaba de una travesía de 38 días, con piratas rondando, pero con final feliz: el barco llegó “sano y salvo”. Y antes de morir, según esa misma leyenda, las monjas habrían dejado un testamento a favor de sus tíos y, si estos faltaban, “a favor de su descendencia sin límites”. Ahí fue donde el mito conectó con el presente: si el testamento era “sin límites”, entonces… cualquiera podía ser “el último eslabón”.
En 1925, El Heraldo de Cuba echó más gasolina: publicó un artículo con pormenores y aconsejó a los herederos reclamar, porque habían pasado 200 años sin movimiento en el depósito y los intereses —decía el diario— “tenían al banco al borde de la quiebra”. Resultado: revuelo. Miles de personas asegurando llevar el apellido, ya mezclado con otros “no menos honorables”, como Rodríguez de Mendoza, Pérez de Prado, Ladrón de Guevara, Loyola, Buenaventura o Arroyo, indica el diario español El País. Y en los años cincuenta, Bohemia contó el caso de tres pasteleros humildes de Camagüey que intentaron cobrar; y el abuelo que había reclamado antes terminó en Mazorra, encerrado por otros presuntos herederos que no querían compartir. Sí: así de feo puede ponerse un sueño cuando se vuelve multitud.
Luego llegó la etapa más “cubana” de todas: la de los rumores con fecha y promesa. Vicent narraba que, “macerados por cuatro décadas de escasez y sacrificios socialistas”, empezaron a circular bolas de herencias paralelas y de que el Gobierno ya había cobrado parte del dinero. Y que a finales del 2000 empezarían a pagar. Que darían casa y carro. Que habría una tarjeta de crédito para sacar “350 dólares al mes”. ¿Te imaginas el efecto de eso en una guagua repleta, o en una barbería con el radio bajito? Eso no era un rumor: era una película completa en la cabeza de la gente.
Pero en 2001, desde Londres llegó el jarro de agua fría. En una nota de Reuters, firmada por Andrew Cawthorne, en julio de 2001, se decía que el subsecretario permanente de la cancillería británica, John Kerr, aseguró que habían buscado en el Banco de Inglaterra y en archivos, y “no han encontrado ningún rastro de los fondos ni de los nombres”. Y remató con una frase que suena a disculpa y a sentencia: “Lo siento mucho por todas aquellas personas que se estaban haciendo esperanzas sin mucho fundamento…”, añadiendo que veía “improbable” una demanda si el banco no encontraba los fondos.
Aun así, el mito ya había cruzado el mar. Vicent contaba que el “virus” se extendió incluso a Miami, con exiliados-herederos como Margueritte Padín Ladrón de Guevara, que llevaba una década peleando por “su dinero” y calculaba la herencia en “más de 300 mil millones de dólares”. Cuando una cifra llega a ese punto, ya no es economía: es fantasía pura… pero una fantasía que se siente real cuando la repites mucho.
Y por si faltaba algo, el cine terminó de sellar la leyenda en la cultura popular. Un artículo de Granma (2024) recordaba que esa historia se escuchó “hasta el cansancio” en “barberías, guaguas, registros civiles, estadios, funerarias…” a finales de los 90. Y explicaba cómo el director Juan Carlos Tabío, con su olfato para el costumbrismo, tomó esa leyenda urbana para concebir, junto a Arturo Arango, El cuerno de la abundancia (2008). En la película cambian el apellido por Castiñeiras y sitúan la acción en el poblado imaginario de Yaragüey, pero el corazón del asunto es el mismo: la ilusión colectiva, la fiebre, el “ahora sí”, y ese modo tan nuestro de convertir cualquier promesa en conversación diaria.
Al final, la fortuna de los Manso de Contreras quedó como quedan muchas cosas aquí: flotando entre papeles, versiones, y una pregunta que nunca termina de cerrarse del todo. Porque aunque te digan que no hay rastro en los archivos, la historia ya hizo su trabajo… se metió en la gente, cambió rutinas, rompió familias, inventó comisiones, y hasta se volvió película. Y cuando algo llega a ese nivel, deja de ser solo “una herencia”. Se convierte en otra cosa. En un espejo raro, donde cada cual ve lo que más le falta.
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