La fascinante historia de la cantante cubana que pasó de empleada doméstica a estrella

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Fredesvinda García. Foto tomada de desmemoriados.com.

El 31 de julio de 1961, en Puerto Rico, el corazón de Fredesvinda (o Fredelina) García Valdés no aguantó más. Víctima de muchas desilusiones y de un sobrepeso con el que cargó toda su vida, esta mujer, que había cruzado la frontera del cuarto de siglo, partió rodeada de pobreza, añoranza y soledad tras solo año y medio de fama.

Sobre la fecha de nacimiento de la «Freddy» han existido varias dudas. Unos afirman que sucedió en 1933 y otros que fue en 1935. La prueba conclusiva la aporta la investigadora Rosa Marquetti en un texto de 2015:

“Después de escribir este trabajo, tuve acceso al sitio www.ancestry.com y ahí pude acceder al Registro Civil de  Puerto Rico. En él hallé y consulté el Certificado de Defunción emitido por el Dpto. de Salud del Estado Libre Asociado de Puerto Rico. (…) El documento aporta datos de importancia sobre la cantante, si se tiene en cuenta que hasta ahora, al parecer, no ha sido localizado ningún documento que los proporcione: su nombre verdadero se indica como Fredelina García. Según el mismo documento, nació en La Habana el 11 de noviembre de 1934 y sus padres fueron Justo García y Manuela Herrera, ambos de La Habana, Cuba”.

Tenía 12 años cuando empezó a trabajar como empleada doméstica en la casa de una familia pudiente. Así creció y fue madurando, hasta que un día descubrió que era capaz de cantar fragmentos que su voz “normal” nunca supo cómo decir.

Con más de 20 años cumplidos, mientras trabajaba en la mansión de Arturo Bengochea, presidente de la Liga Profesional Cubana de Béisbol, en 1959 comenzó a frecuentar en sus ratos libres el ya desaparecido bar Celeste, ubicado en la intersección de las calles Humboldt e Infanta, muy cerca de la emisora Radio Progreso. Allí demostró de lo que era capaz, cantando a capela delante de los músicos y artistas de renombre que frecuentaban el establecimiento.

Descrita por el célebre escritor Guillermo Cabrera Infante como “una mulata enorme, gorda, de brazos como muslos y de muslos que parecían dos troncos sosteniendo el tanque de agua que era su cuerpo”, pronto la voz de contralto de Freddy se ganó al público en una época en la que le tocó coincidir con verdaderas divas de leyenda como Olga Guillot, Elena Burke, La Lupe o Berta Dupuy.

“Suerte de ángel guardián, Humberto Anido (su descubridor) apostó sin reservas por aquella voz que no tenía el respaldo seguro de una belleza moldeada en la esbeltez de un cuerpo, o en un rostro fascinante. Freddy era un amasijo de potencia vocal, expresión palpable y sentimiento en estado puro, transmutado en una capacidad inusual de comunicación e inducción al éxtasis del disfrute”, dijo de ella la musicóloga Rosa Marquetti en el texto citado anteriormente.

Su éxito llegó a ser tal que la contrataron para ser parte de la revista musical Pimienta y Sal, que se presentaba en el cabaret del hotel Capri. En ese lugar de moda interpretó, con arreglos del estelar pianista y director de orquesta, Rafael Somavilla, temas como El hombre que amo, de George Gershwin, y Noche de ronda, de Agustín Lara.

Al verla desarrollar su talento sobre el escenario, el abogado, promotor artístico y periodista, Carlos Palma, más reconocido como “Palmita”, publicó lo siguiente en el número correspondiente a julio de 1959 de la revista Show:

“Del servicio doméstico surge una bolerista que ha de ser célebre. (…)  Se llama Freddy García y pesa nada menos que 220 libras.  Su rostro parece una luna llena color sepia. ¡Pero cómo canta boleros esta voluminosa mujer! La escuchamos en el bar Celeste, junto a integrantes del Cuarteto Los Riveros y el bailarín Arnaldo Silva y nos quedamos estupefactos. Hizo una creación de “Cada vez más” de René Touzet. Siguió en sus interpretaciones, con un estilo tan original, tan único, tan distinto, que su poder creador nos permitió a todos vaticinarle un porvenir triunfal, un futuro sin inquietudes.  Sus días en el servicio doméstico naturalmente que están contados, porque cuando cualquier empresa la lance habrá enseguida que programarla en televisión, en radio, la harán cantante favorita y las compañías disqueras se disputarán sus grabaciones”.

Uno de los momentos más importantes de su brevísima carrera tendría lugar en el mismo 1960, cuando fue invitada los estudios de CMQ para participar en el programa Jueves de Partagás del canal 6. En ese espacio compartió con nada menos que Celia Cruz y Benny Moré. Al terminar la actuación, el Bárbaro del Ritmo se acercó para felicitarla, y tras este gesto, la Freddy declararía:

“¡Ay, Dios mío, perdóname, ¡pero ya puede darme otro infarto! (tiempo atrás había sido ingresada como consecuencia de un primer ataque cardíaco) Ahora sí voy a morirme tranquila”.

Más adelante, refiere Marquetti, que en el mismo 60 apareció en el show Casino de la Alegría y fue parte de un espectáculo presentado por la marca de cerveza Cristal. En esos meses también lanzó su único disco, Noche y día, con la empresa Puchito, propiedad de Jesús Goris.

En aquel fonograma fueron incluidos, además de sus temas ya conocidos, otros como Tengo (Marta Valdés), La cita, (Gabriel Ruiz), Noche y día (Night and day, Cole Porter), Vivamos hoy (Wilfredo Riquelme), Freddy (escrito para ella por Ela O’Farril), Tengo que decirte (Rafael Pedraza), Debí llorar (Piloto y Vera), Sombras y más sombras (Humberto Suárez), Gracias mi amor (Jesús Faneity) y Bésame mucho (Consuelo Velásquez).

El sueño de Freddy, según dijo ella misma en cierta ocasión, era “convertirse en una estrella de cabaret, ganar mucho dinero y recorrer el mundo llena de joyas y lentejuelas”. Con el objetivo de desarrollar su carrera y cumplir sus deseos, la intérprete salió de gira por Latinoamérica y triunfó.

De acuerdo con Marquetti, algunas fuentes han señalado que por esa época la artista comenzó a grabar un nuevo disco en México. La investigadora cita a Marta Valdés, quien a inicios de 1961 recibió una carta del productor musical Julio Gutiérrez y este le comentó que comenzarían a grabar el álbum la semana siguiente. Hasta la fecha no se conoce si se llegó a materializar aquel proyecto.

En tierra de los aztecas la historia no terminó bien y el grupo de artistas que integraban, entre otros, Freddy, Gutiérrez y varios bailarines de Tropicana liderados por el coreógrafo Roderico Neyra —alias Rodney—, se fue a Miami. En ese lugar la cantante estuvo poco tiempo antes de partir hacia Puerto Rico.

Su paso por esa nación vecina tuvo buenos momentos y otros oscuros, sobre todo por el hecho de que la joven había dejado en Cuba a su hija de nueve años. Su salud, condicionada por la angustia y sus problemas físicos, se resintió y le provocó un segundo infarto que la diva no pudo rebasar.

“La hora del fallecimiento se indica a las 4 pm y las causas del deceso, insuficiencia cardíaca congestiva, hipertensión y obesidad”, reza su certificado de defunción.

“Una rareza, y cuando digo rareza no hablo del físico, sino de una persona que de criada deviene a una artista sensacional, con una voz que no había existido nunca en la historia de la música cubana (…)”, declaró al referirse a ella el musicólogo Radamés Giró.

De su carrera, que apenas duró año y medio, quedan huellas imborrables como su solitario LP y el homenaje que le hizo Cabrera Infante en su novela Tres tristes tigres, en donde la retrató con el nombre de Estrella Rodríguez. En 1996 la editorial Alfaguara publicó Ella cantaba boleros, libro del autor cubano que reunía los capítulos donde hacía alusión a la cantante en su obra cumbre, además de un pasaje de su texto La Habana para un infante difunto.

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