Este artista cubano llegó a Hollywood con un director legendario… pero nunca salió de Cuba (aquí la historia)

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A veces Instagram te tira una de esas curiosidades que te obligan a parar. Estás viendo reels como quien no quiere la cosa y, de pronto, te sueltan un dato que suena a chisme culto: un cuadro de un pintor cubano —uno que, para colmo, jamás salió de la Isla— aparece en una película de Alfred Hitchcock. ¿Cómo?

La historia la contó recientemente el escritor, compositor y guionista Carlos Ramos Gutiérrez en un video que se le coló a mucha gente en el feed. Y él mismo lo dijo, con esa mezcla de asombro y “espérate, déjame entender”: “¿Sabías que una obra del pintor cubano Fidelio Ponce de León aparece en una película del legendario cineasta Alfred Hitchcock? Bueno, te confieso que yo la había escuchado, pero no entendía cómo fue posible que la obra de un artista que nunca salió de Cuba pudiera volar tan lejos y tan alto”.

Para buscarle el “cómo”, Carlos se fue hasta el Patricia and Philip Frost Art Museum de la Universidad Internacional de Florida, donde hay una muestra de arte cubano con piezas de Ponce, y allí conversó con Cristina Figueroa, una de las curadoras. Y es aquí donde la cosa se pone buena.

Según explicó Figueroa, la obra en cuestión se titula Cinco mujeres y aparece en la película Rope (conocida en español como La soga), estrenada en 1948. “La obra de Fidelio Ponce que aparece en la película de Alfred Hitchcock es una obra que estuvo en la exposición del MoMA… desde que se inauguró la exhibición en el MoMA en el 1944. Fue comprada por Alfred Hitchcock, y estuvo en su colección, y luego la incluye en su película de Rope”, contó.

O sea: Hitchcock no solo la vio. La compró. La tuvo en su casa. Y después la metió en el set como quien coloca una pieza clave del ambiente. Y ahí quedó, colándose en la cultura popular de Estados Unidos sin pedir permiso.

La ruta de ese cuadro —de Cuba a un filme icónico— no salió de la nada. Un texto de Rialta Magazine, titulado “Fidelio Ponce de León y Hitchcock: cinco mujeres y una soga en común”, reconstruye el mapa con paciencia de detective.

En 1944, el Museum of Modern Art (MoMA) de Nueva York organizó la exposición Modern Cuban Painters, que fue como una puerta grande para la vanguardia cubana. De ahí salió una muestra itinerante llamada Cuban Painting Today, que recorrió unas doce ciudades estadounidenses. En ese viaje, Hitchcock —ya famoso, ya afilado, ya con ese ojo de cazador de atmósferas— adquirió Cinco mujeres (1941) por 300 dólares, según los registros citados por Rialta.

En esa misma exposición se movían nombres enormes del arte cubano: Amelia Peláez, Víctor Manuel, Carlos Enríquez, René Portocarrero, Mario Carreño, Cundo Bermúdez… y, claro, Fidelio Ponce de León, que era (y sigue siendo) un caso aparte.

Porque Ponce no pintaba “la Cuba postal”. Nada de palmeras felices ni colores de carnaval. Su mundo era otro: ocres, blancos, grises; figuras como fantasmas; una sensación de pobreza, enfermedad, aridez social. Nació en Camagüey el 24 de enero de 1895 (su nombre completo era Alfredo Ramón Jesús de la Paz Fuentes Pons) y murió en La Habana el 19 de febrero de 1949, con apenas 54 años.

Su primera gran exposición individual fue en el Lyceum del Vedado, en 1934, y dicen que dejó a la crítica con la boca abierta. Entre sus obras más recordadas están Beatas (premiada en 1935), Tuberculosis y Niños (1938). Y su vida, marcada por la tuberculosis y el alcoholismo, terminó filtrándose en la atmósfera de sus lienzos: todo parece un poco enfermo, un poco cansado, un poco a punto de apagarse.

Cristina Figueroa lo resumió con una imagen que duele: “Fidelio regalaba muchas obras… incluso hay esta historia donde él cambiaba obras por comida”. Y añadió otro detalle que hace todavía más increíble la anécdota: “Fidelio Ponce, increíblemente, es el único artista de este grupo que nunca viajó fuera de Cuba… toda su obra la realizó en su taller, un taller muy humilde, muy modesto”.

Entonces imagínate la escena: un hombre trabajando en un cuartico, con salud frágil, en una Cuba dura de los años 30 y 40… y, al mismo tiempo, su pintura viajando por Estados Unidos, colgándose en museos, y terminando en manos del “Rey del Suspenso”.

Hitchcock, por su parte, era un obsesivo del detalle. Nacido en Londres en 1899, criado en una familia católica estricta, convirtió miedos y tensiones en cine. Tras brillar en Inglaterra con thrillers como The 39 Steps (1935) y The Lady Vanishes (1938), se mudó a Estados Unidos en 1939 y arrancó su etapa dorada con Rebecca (1940), que ganó el Óscar a Mejor Película. Luego vinieron Rear Window, Vertigo, North by Northwest, Psycho… una lista que parece un manual de cómo manipular al espectador sin que se dé cuenta.

Y en 1948 estrenó Rope, su primera película en color, famosa por ese truco técnico de parecer filmada en una sola toma, con planos secuencia largos y cortes escondidos, “metiendo” la cámara en la espalda de un personaje. Todo ocurre en un apartamento neoyorquino construido al milímetro. Ahí, en una pared, aparece Cinco mujeres.

Rialta describe el cuadro como un grupo de mujeres “fantasmales”, con colores terrosos, un jarrón de flores marchitas y un guante. Es fácil entender por qué Hitchcock lo quiso cerca: ese cuadro ya trae suspense puesto. No te grita nada, pero te inquieta.

Hay un detalle que suena a leyenda bonita: se cuenta que, tras el estreno, el propio Ponce le envió una carta de agradecimiento a Hitchcock. Lo que sí aparece documentado en Rialta es una carta de Ponce a José Gómez Sicre donde suelta, con crudeza y alegría a la vez: “Estoy muy contento que el señor Hitchcock incluyó mis Cinco mujeres en su película La soga”.

La obra hoy está en una colección privada, según recordó Cristina Figueroa. Pero quedó inmortalizada en esa película, como una firma silenciosa en medio del drama.

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