Edilberto Oropesa: “Me obligaron a perder un partido en Cuba y me jodieron la vida”

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Eddie Oropesa durante su etapa en los Diamondbacks: Foto tomada de AZ Snake Pit.

La de Edilberto Oropesa es una historia de muchos hitos. Aunque su nombre no sea uno que la mayoría asocie con las leyendas más grandes de la pelota cubana, este matancero, oriundo del Central España, en Perico, tiene un currículum enorme y muchísimas historias que dan, como mínimo, para una serie de Netflix.

Sus comienzos en el deporte no fueron los que cualquiera podría esperar. Aunque empezó por el béisbol, una vez en la Vocacional de Matanzas alguien se negó a aceptarlo, alegando que no tenía calidad. Ahí optó por el fútbol y en la posición de portero tenía potencial, pero eventualmente fue expulsado de esa institución y regresó al diamante en la Escuela Superior de Perfeccionamiento Atlético (ESPA). No obstante, nunca abandonó su afición por el balompié y nos confesó que sueña con tener la salud suficiente para llegar a ver una selección cubana en una Copa del Mundo.

Uno de los momentos más increíbles de su vida tuvo lugar en la ciudad neoyorquina de Buffalo, en donde protagonizó una “escapada” que, junto a la del pesista Roberto Urrutia, está entre las más memorables protagonizadas por un atleta cubano fuera del país.

No hay persona en el mundo que pueda contarnos de aquellos momentos mejor que él mismo.

En 1993, Eddie, como todos le conocen, se encontraba concentrado en el estadio Latinoamericano como parte del equipo que asistiría al Mundial Universitario. Coincidentemente, por ese tiempo era frecuente la enfermedad del beriberi* y un día se levantó con síntomas que indicaban que él podía tenerla.

“Me desperté y apenas podía moverme. Dos días después, me dicen que tenía que pichar tres entradas contra el Cuba juvenil, porque si no, me llevarían al hospital para hacerme los análisis para detectar si tenía la enfermedad. Sabía que no podía perderme el viaje, así que me levanté y tiré dos innings contra todo pronóstico y al final sí logré ir”.

Una vez en Estados Unidos, a donde había llegado con la idea de quedarse durante la escala que realizarían en Miami, y de ahí llamar a su primo a un número que había memorizado, las cosas se complicaron, pues no hubo oportunidad de salir y siguieron camino a Buffalo.

“Recuerdo que cuando llegamos a Nueva York, Yobal Dueñas me ayudó con la llamada y lo único que me dijo mi primo fue: “¿Te vas a quedar, sí o no?”, a lo que yo contesté afirmativamente. Él respondió que nos veríamos al día siguiente.

“El viernes jugamos contra Japón y ese día hablé con mi primo por el bullpen. Quedamos en que él seguiría la guagua para que yo viera su carro y aprendiera a identificarlo. Esa misma noche deserté y estuve caminando casi dos horas buscándolos a él y a mi tía, pero no di con ellos y regresé.

“Luego tocaba partido contra Corea y, como media hora antes del juego, viene un entrenador y me dice que estaban preguntando por mí. Ahí hablé de nuevo con mi primo y me dijo que esperara unos días para hacer el movimiento, pero yo estaba desesperado y cuando vi la oportunidad de saltar la cerca del terreno, que estaba bastante alta, decidí hacerlo. Mis compañeros me gritaban que me había vuelto loco, pero yo seguí adelante, me bajé y corrí para el carro.

“De Buffalo fuimos hasta Nueva Jersey y de ahí seguimos en avión para Miami. Allí, poco a poco se me pasaron aquellos dolores que tenía antes del viaje. Resultó que todo era cosa de los nervios y nada de beriberi”.

Sonrisas y lágrimas

En conversación con Cubalite, Eddie confesó que, entre los momentos más importantes de su paso por el béisbol cubano, se encuentra el día que llegó a las Series Nacionales con Citricultores en 1988.

“Luego están las dos victorias que conseguí frente a Industriales en una misma temporada y el momento en que me eligieron para el equipo Cuba de la Universiada de 1993, este último porque sabía que, una vez allí, me quedaría”.

Además de esos instantes, guarda con enorme cariño un recuerdo que no tiene mucho glamur, pero sí un valor emocional indiscutible para él. Tal fue el caso del campeonato provincial obtenido con Perico, con el cual rompieron doce años de dominio total de la escuadra de Limonar.

¿Qué era lo más difícil de lanzar en esa época?

“En mi época no había rivales fáciles, menos aún con el bate de aluminio, pues cualquiera podía darte un jonrón. Ese fue un tiempo de gran nivel en la Serie Nacional, en donde había atletas de calidad en todos los equipos y había que prepararse bien. Pese a eso, había un gran bateador que yo sacaba con menos dificultad: el pinareño Lázaro Madera”.

Más allá de las buenas memorias, también durante su corta carrera en el archipiélago debió sortear obstáculos duros de digerir. Entre ellos estuvo el difícil carácter del mánager Gerardo “Sile” Junco, con quien tuvo algunos roces que evitaron que fuera llamado para jugar con Henequeneros, el principal elenco de la provincia. No fue hasta 1992, cuando se juntaron ambos planteles en la plantilla de Matanzas, que el mánager se vio forzado a sumarlo a sus órdenes.

En su etapa universitaria, recuerda también cómo le facilitaban el aprobado en las pruebas a él y a otros compañeros deportistas. Sin embargo, en cierta oportunidad, vivió un episodio triste.

“El rector me chantajeó. Yo hice el equipo de Occidentales para Selectiva del ’93 y se había dicho que, de los cuatro planteles de ese torneo, casi todos viajarían. Al día siguiente de dar las nóminas por el noticiero, llego a la escuela y, mientras mis compañeros me felicitaban, el rector me mandó llamar.

“Me dijo que, si me iba para Pinar del Río con Occidentales y no jugaba más con el equipo de la universidad, me botaba y no jugaba más pelota allí. Al final no pasó nada malo y seguí con mi carrera, pero ese fue un momento amargo”.

Más allá de aquel trance, sin dudas el detonante para que se decepcionara por completo del béisbol en Cuba ocurrió el día en que le dijeron que tenía que perder un juego entre Citricultores-Henequeneros.

“Yo estaba ganando 2-0 en el sexto inning y me llamaron aparte para decirme que tenía que perder porque Industriales había ganado y si Henequeneros también caía se les iba la punta del campeonato. En principio dije que no y empecé a llorar de la rabia, pero luego una persona amiga me recomendó que lo hiciera, porque me iban a botar de la universidad si no cumplía con aquello.

“La instrucción fue que saliera en la séptima entrada y diera una base. Luego el mánager me visitaría y a continuación daría un segundo boleto, tras el cual me retirarían del box. Sin embargo, la rabia me hizo plantarme y tirar el strike más certero de la tarde en el primer lanzamiento. Después sí hice lo otro hasta que me sacaron. Recuerdo que los aficionados de Industriales, que eran muchos en el Victoria de Girón, me gritaban cosas, me decían que estaba vendido. Para no hacer más larga la historia: al final Henequeneros hizo como diez carreras y perdimos. Ese día me jodió la vida. Me quitó el amor puro que uno tiene por el béisbol”.

Un camino accidentado hasta la Gran Carpa

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“Después de un año sin jugar pelota, debido a la no existencia de agencia libre para peloteros cubanos, me seleccionaron Los Dodgers en el draft de 1994. El cambio fue brutal. El béisbol profesional me enseñó muchas cosas, desde las Menores hasta Grandes Ligas”.

Lo otro que le golpeó por aquellos años fue la separación de su esposa y su hijo, al cual no vio ni siquiera nacer, pues su pareja se encontraba en estado de gestación cuando él se quedó en Buffalo. En 1996 pudieron reunirse.

De vuelta al diamante, en el ’95 vino la huelga de peloteros y Oropesa se vio en medio de aquel torbellino.

“En ese tiempo no había tanta información como ahora y se decía que quien se involucrara en el paro más nunca iba a jugar pelota. Yo, en principio, no iba a ser de los rompedores, pero necesitaba el dinero para sacar a mi esposa, a mi hijo y a mi papá, y de pronto los Dodgers dijeron que le darían 10 mil dólares y un aumento de salario al prospecto que decidiera continuar activo, incluso en Ligas Menores.

“Empecé a jugar y pronto se arregló todo, tras lo cual me entero de que todos los que decidimos dar el paso al frente estábamos en una lista negra. Supuestamente terminaríamos un año y nos iban a botar, pero lo más importante era que yo tenía el dinero para poder sacar a mi familia. Después de aquello supe que a mi gente la habían castigado con la llamada ‘tarjeta blanca’ por tres años y pensé que me había jodido por todos lados”.

Después de ese paso en falso, Eddie volvió a las Menores, en donde ya había defendido los colores de St. Paul Saints y Vero Beach Dodgers (A+). Primero se incorporó a los San Antonio Missions (AA), pasó nuevamente por Vero Beach y se integró al San Bernardino Spirit (A+) hasta 1996.

En el 97’ pasó al sistema de los Gigantes de San Francisco y estuvo al servicio de Shreveport Captains (AA). Más adelante, en el 98’, se fue a China para jugar con los Uni-President Lions de esa liga profesional. Del 99’ al 2001 ascendió a AAA con los Fresno Grizzlies y se fue a la Liga Mexicana con los Broncos de Reynosa. Además, jugó para Bakersfield Blaze (AA) y también tuvo otro ciclo con Shreveport.

A la altura del 2000, cambió de jefe y se puso al servicio de los Phillies de Filadelfia, quienes le mandaron a los Scranton/Wilkes-Barre Red Barons (AAA) y a los Clearwater Phillies antes de invitarlo al entrenamiento primaveral e incluirlo en el roster de 40 para la temporada 2001.

Su debut oficial en el mejor béisbol del mundo no pudo ser mejor. Sucedió nada menos que un Opening Day, el 2 de abril de 2001, ante los Marlins en Miami, y eso permitió a su familia poder ir a verlo, pues de otra forma hubieran tenido que esperar más tiempo, debido a que no tenían dinero para pagar pasajes hasta Filadelfia. Ese día, el novato de 29 años, Eddie Oropesa, salió a cumplir con su trabajo como zurdo situacional, sacó el out que le tocaba y, una vez de vuelta al dugout, las lágrimas salieron solas. Mucho había pasado y la emoción era inevitable.

Grandes compañías y un hito

Tras un curso con los Phillies, entre 2002 y 2003 el matancero se mudó hacia Arizona para jugar con los Diamondbacks, en donde compartió vestuario con dos monstruos como Randy Johnson y Curt Schilling.

“Recuerdo que me dieron un casillero cercano a ellos. Verlos entrenando para mantenerse al más alto nivel fue impresionante y se ganaron todo mi respeto. También tuve el honor de compartir con mi compatriota Luis González, el hombre que había decidido el año anterior la Serie Mundial”.

Su último año en la Gran Carpa lo vivió en San Diego con los Padres. Allí, el 8 de abril de 2004 dejó otra huella en la historia al apuntarse la victoria (4-3) frente a los Gigantes, en el primer choque oficial realizado en el Petco Park de esa urbe californiana.

Mientras estuvo en la MLB, alternó varios períodos en AAA con los Tucson Sidewinders y Portland Beavers. Ya una vez desvinculado de los “frailes”, siguió su camino en ese nivel de las Menores dentro del sistema de los Cachorros de Chicago.

Sus tres últimos equipos como atleta profesional, fueron los Joliet Jackhammers (Independiente) y el Sparta-Feyenoord de la liga neerlandesa, con quienes estuvo entre 2006 y 2007, respectivamente. Años después, en 2014 regresaría a Países Bajos por un tiempo corto para desempeñarse como lanzador de los Mamparey Hawks de Dordrecht.

Cuando le preguntamos por su novena ideal de peloteros cubanos, se negó a dar uno solo por posición y, en cambio, seleccionó hasta tres estrellas por puesto. Como receptores, eligió a Pedro Medina, Pedro Luis Rodríguez y Juan Manrique.

En primera colocó a Antonio Muñoz, Juan Luis Baró y Julio Germán Fernández; en la segunda almohadilla a Antonio Pacheco, Yobal Dueñas y Alexander Ramos, mientras que el campocorto lo dejó para Rey Ordóñez, Eduardo Paret y Germán Mesa. Su tercera la ocuparían hombres como Pedro José “Cheíto” Rodríguez, Omar Linares y Gabriel Pierre.

En el jardín central estarían José Estrada, Lázaro Contreras y Víctor Mesa; en el derecho, Luis Giraldo Casanova, Lázaro Junco y Ermidelio Urrutia, mientras que en el izquierdo colocaría a Fernando Sánchez, Armando Capiró y Wilfredo Sánchez.

Como designados tendría a Romelio Martínez y Orestes Kindelán, a la vez que sobre la lomita le gustaría contar con el zurdo Jorge Luis Valdés y el derecho Lázaro Valle.

Un coach que aspira a regresar

Tras el retiro, trabajó con el cienfueguero Yasiel Puig en los Dodgers, y más adelante estuvo a las órdenes de los D-Backs, quienes lo llamaron para que se encargara de preparar al lanzador pinero Yoan López. A ambos les transmitió lo que había vivido y cómo eran de diferentes el béisbol y la sociedad estadounidense, para ayudarlos a asimilarlo todo, que es lo más difícil.

Tras varios años como parte del cuerpo técnico de Arizona, en 2018 llegó una gerencia nueva y no lo volvieron a renovar. De ahí pasó a ser coach de los Missoula Osprey (conocidos como PaddleHeads desde 2019) por un tiempo. Poco después se desvinculó totalmente de la pelota y se acogió a vivir del retiro de la MLB.

Otra oportunidad importante que tuvo fue la clínica beisbolera que impartió en Barcelona gracias a su amigo Félix Isasi Jr., quien jugó varios años en el club catalán de igual nombre. Por esa vía pudo conocer las instalaciones del club y ver un partido del plantel de fútbol blaugrana, el equipo de sus amores.

Recientemente trabajó en el aeropuerto, en donde un accidente laboral lo obligó a quedarse en casa, en donde se recupera desde hace un año. No obstante, confesó a Cubalite que, si tuviera la oportunidad de regresar al béisbol, lo haría sin dudarlo.

*Enfermedad provocada por la falta de tiamina (vitamina B1).

P.D: Esta entrevista fue realizada en febrero de 2022. Tiempo después, Eddie se convirtió en uno de los rostros más visibles del equipo Cuba independiente que participará en los venideros días en la Serie Intercontinental a celebrarse en Barranquilla, Colombia.

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