Si creciste en Cuba (o con la TV cubana “puesta” en casa), seguro te ha pasado: alguien menciona una aventura, una novela, un dramatizado de esos que te dejaban pegado al televisor… y cuando vas a buscarlo, no aparece. O aparece “a medias”. O lo que hay es un capítulo suelto, con la imagen lavada, el audio bajito, y una esquina del cuadro como mordida por el tiempo. A veces solo queda la presentación, como el caso de la primera versión de las aventuras Los fugitivos, protagonizada, entre otros, por Sergio Pons, Osiel García, Alexis Valdés y Manolo Melián; o Los campeones, de la que solo aparece en YouTube un clip de poco más de un minuto.
Y no es que sea un capricho de la nostalgia. Es que, literalmente, muchas de esas obras no se conservaron. No por falta de amor al patrimonio (que lo hay también), sino por una mezcla complicada de tecnología, dinero, clima, almacenamiento… y decisiones durísimas sobre qué salvar primero.
Un archivo enorme… pero frágil
En 2023, en un trabajo publicado en la revista EnVivo, Otto Braña González, al frente del departamento de Patrimonio del entonces ICRT (hoy Instituto de Información y Comunicación Social, ICS), explicó que hasta ese momento el Archivo Fílmico de la Televisión Cubana contaba con 80 mil rollos: soportes analógicos en cine de 16 y 35 milímetros, divididos entre copias positivas y negativos.
A eso súmale el universo del video. Desde 2017 se inició un proceso de inventario de los soportes analógicos existentes, y solo por poner un ejemplo, se estimaba que en La Habana había cerca de 120 mil casetes de video, de los cuales alrededor del 40% estaba inventariado completamente, como parte de una estrategia de digitalización.
Entre los contenidos más importantes en formatos como BETACAM SP, BETACAM SX, UMATIC, DVC PRO y DV CAM, están colecciones de la historia política del país (con congresos, actos públicos, eventos internacionales) y también, claro, la colección de dramatizados: novelas, teleseries y otros géneros producidos desde los años 80 hasta la actualidad.
El trabajo “invisible” de rescatar imágenes
Hay un detalle que a veces se nos olvida: rescatar un material viejo no es “ponerlo y ya”. En 2015, un reportaje del Portal de la TV Cubana describía el trabajo de seis personas del Archivo Fílmico, en 23 y M, en el Vedado. Ellos digitalizaban grabaciones antiguas donde está atrapada parte de la memoria audiovisual del país.
La escena que pintaba ese texto es casi de película: desempolvar cintas de 16 y 35 mm, cambiar envases, revisar líderes y centros del celuloide, oxigenar el material, restaurarlo, aplicar solventes, pasar limpieza ultrasónica para quitar polvo, hongos, humedad, manchas… y luego, con máquinas especiales, digitalizar la imagen, convertirla en ceros y unos, ajustar color, retocar, repetir el proceso si hace falta.
Y en medio de ese silencio de cubículos refrigerados, vuelven cosas que uno creía perdidas: La Caminadora de Los Zafiros, Trompoloco cantando rodeado de niños, Consuelo Vidal invitando a mirar Detrás de la fachada.
En ese mismo trabajo se explicaba algo clave: el fondo creativo de los archivos cinematográficos empezó a disminuir su ritmo de crecimiento con la entrada masiva del video tape en los años 70. Y, lamentablemente, muchas cintas no superaron la prueba del tiempo: hongos, humedad, mal estado de conservación… hasta quedar inservibles.
Decidir qué se salva primero (y por qué duele)
Dos veces al año —contaba el reportaje— se hace inventario para determinar el próximo grupo de materiales a digitalizar. Un comité de especialistas se reúne y decide qué priorizar. Y ahí viene lo duro: la tecnología es limitada y el espacio también. Se analiza qué es verdaderamente trascendental para enriquecer la memoria histórica.
En cuatro años, decía el texto, se había digitalizado alrededor del 10% del fondo. Pero incluso ese número es frágil: el porcentaje podría “cambiar” de golpe si se detectaba que una parte grande se echó a perder y resultaba irrecuperable.
Y hay más obstáculos: equipos caros (aunque relativamente modernos), riesgos por el uso de solventes tóxicos sin siempre contar con la protección necesaria, y problemas para retener personal por salarios bajos, pese a que, quienes trabajan ahí, saben el valor de lo que custodian.
“Tenemos la obra, pero no las condiciones”
En 2021, en una entrevista en Cubadebate, Yuzaima Cardona, funcionaria de la antigua Dirección de Patrimonio del ICRT, lo resumió sin adornos: el principal reto era tener una obra grande resguardada, pero sin las debidas condiciones para su perdurabilidad.
Ella explicó que tampoco alcanzan los recursos para digitalizar y conservar; que falta capacitación en parte del personal (aunque destacó que son “celosos guardianes” que conocen el valor de lo que custodian). También dio datos concretos: en 2019, de un plan de 5 000 horas para digitalizar, solo se cumplió el 40% por falta de espacio de almacenamiento; y en 2020 tampoco se rebasó el 40% por la escasa disponibilidad tecnológica y el golpe de la pandemia.
Y remató con una idea que, aunque duela, es real: conservar patrimonio audiovisual es una actividad cara, especializada, que necesita financiamiento grande y en moneda dura, y en Cuba compite con otras prioridades “en las que nos va la vida”. Por eso la máxima de determinar bien qué es patrimonio y avanzar año por año, aunque no al ritmo deseado.
Lo que se perdió… y lo que se salvó en casas
Como consecuencia de todo eso, una parte del acervo audiovisual cubano desapareció. Sobran ejemplos de aventuras y telenovelas de las que se conserva muy poco o casi nada: cintas originales sobre las que se grabaron encima otros contenidos, deterioro químico, capítulos incompletos, seriales que para retransmitirlos han tenido que armarlos “a retazos”… y otros casos donde no queda ni un episodio.
Pero aquí viene el giro bonito (y medio increíble): en los años 90, algunos cubanos que tenían videocaseteras Betamax o VHS grabaron directamente de sus televisores las transmisiones originales. Hoy, muchas veces, son esos archivos familiares, digitalizados y subidos a plataformas como YouTube, los que mantienen vivas imágenes que el archivo oficial no pudo proteger como hubiera querido.
No es la solución ideal, claro. Pero es una especie de salvavidas colectivo: gente guardando, sin proponérselo, pedacitos de memoria.
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