Steven Conrad es un nombre que llevaba sonando más de tres décadas en Hollywood cuando dio el salto a la televisión. Guionista de cintas como Wrestling Ernest Hemingway (1993), The Weather Man (2005), The Pursuit of Happyness (2006), The Secret Life of Walter Mitty (2013) y Wonder (2017), el escritor demostró sus dotes para el formato serializado con dos títulos aclamados, y ciertamente poco conocidos, como son Patriot (2015-2018) y Perpetual Grace LTD (2019).
Cinco años después de su último lanzamiento, Ultra City Smiths, una serie animada de misterio, realizada en stop motion, Conrad ha vuelto a demostrar sus dotes como “forjador” de historias con un estreno lleno de humor negro y suspense, además de la presencia de tres actores de peso como Jason Bateman (Arrested Development, Ozark), David Harbour (Stranger Things, Thunderbolts) y Linda Cardellini (Dead To Me, No Good Deed).
DTF St. Louis, estrenada en HBO Max en marzo último, es una historia levemente inspirada en un caso real, la cual se desarrolla a partir del triángulo amoroso que comparten los cuarentones Clark Forrest (Bateman), un presentador del clima con una familia hecha; Floyd Smernitch (Harbour), un intérprete de lenguaje de señas y su esposa, Carol Love-Smernitch (Cardellini), quien trabaja como contable en la empresa Purina.
Clark y Floyd son compañeros de trabajo en la cadena local WTGK y un día, mientras comparten en una reunión de amigos, el primero le habla a su colega de DTF (siglas para Down To Fuck, traducido como Listo Para F*llar) St. Louis, una aplicación mediante la cual personas casadas que no desean abandonar su matrimonio, eligen “condimentar su vida” teniendo sexo con desconocidos.
Ambos, sexualmente descontentos con sus parejas, deciden probar la plataforma y ver qué sale. De repente, la acción pasa a un plano aéreo acompañado de un cartel de “ocho semanas después”. Lo siguiente que vemos es a Floyd sentado, muerto en la zona aledaña a una piscina comunitaria clausurada.
Luego de este terrible suceso, comienza una investigación en la que coinciden el veterano detective del condado de San Luis, Donoghue Homer (Richard Jenkins) y la agente de delitos especiales Jodie Plumb (Joy Sunday), asignada por el departamento de Twyla.
A lo largo de sus siete episodios, este material nos presenta la secuencia de hechos de una forma no lineal. De esta forma, consigue mantener vivas en nosotros muchas dudas, encabezadas por el cómo y por qué murió Floyd Smernitch. El juego que nos plantea el creador es uno repleto de medias verdades, y durante el cual nos movemos en círculos entre diferentes escenas, a las que regresamos de forma recurrente para descubrir nuevos detalles cada vez.
En el proceso de entender the bigger picture, como suelen decir los angloparlantes, entendemos el verdadero sentido del relato: diseccionar a cada uno de los tres personajes centrales, sus vínculos, deseos (incluso los más oscuros) y motivaciones, como una vía para explicar la complejidad que pueden alcanzar las relaciones humanas y hasta dónde eso puede llevarlas, lo mismo en el buen que en el mal sentido.
El trío de protagonistas, Cardellini, Harbour y Bateman, está imperial en todo momento. Sus personajes en cada versión de la historia resultan creíbles y cercanos, y se nota cómo, a ojos de los demás y de sí mismos, hay sutiles matices que cambian su presentación en escena.
El resto del elenco que integran, entre otros, Peter Sarsgaard, Chris Perfetti, Wynn Everett, Chastity Dotson, Chris Conrad y Todrick Hall, se suma a la puesta con la misma sintonía que los encargados de los roles principales, y aportan una organicidad pasmosa a este argumento que, más allá de los elementos ficticios que lo componen, resulta plausible y nos mantiene enganchados a la trama, tanto, que cuesta no ver todos los capítulos del tirón.
El tono de la serie se mueve entre el clásico cuento sobre asesinatos y policías, pero, debajo de esa superficie, se esconde un drama donde coexiste el humor, la ternura, el hastío de la mediana edad y, al final de todo, el amor. La investigación, más que una meta, es un vehículo para develar la escala de grises que puede haber detrás de una escena del crimen.
DTF St. Louis nos ofrece una reflexión poderosa sobre la relevancia de lo cotidiano, pero también acerca del sentido de la vida después de haber pasado lo que muchos llaman, equivocadamente, “los mejores años”.
Sencilla, que no simple, también desmonta la masculinidad desde lo sexual, al mostrarnos cómo las convenciones sociales convierten a los hombres en cazadores en busca de “carne”, pero casi nunca tiene en cuenta la persona que subyace debajo de ese supuesto deseo perenne que puede llegar a caracterizar a algunos.
En un final que resulta incómodo, pero que cierra el argumento de una forma trágicamente bella, esta obra nos deja con un montón de preguntas. Justo cuando creíamos que cada variable estaría despejada, Conrad nos abre la puerta a un mundo de cuestionamientos que bien vale la pena aprovechar. Puede que no sea la serie del año, pero seguro que, si le dan un chance, será difícil olvidarla una vez terminada.


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