
A ver, dime si esto no suena perfecto para contarlo un día cualquiera.
Un muchacho nacido en Guanabacoa, hijo de madre cubana y padre español, se va a París, estudia arquitectura, se mete en el círculo de Gustave Eiffel y termina siendo el cerebro práctico detrás de la Torre Eiffel. No “un ayudante”, no “un tipo que pasaba por allí”… sino el que supervisaba cada remache, el que subía hasta la cima mientras el propio Eiffel —según el cuento— no pasaba del primer piso por vértigo.
El nombre, para rematar, tiene ese aire de novela: Guillermo Pérez Dressler. O Guillaume Dressler, si lo quieres más parisino.
Y la historia no se queda corta: hay versiones que le atribuyen el diseño de una cuarta parte de la torre, o que lo pintan como el verdadero responsable técnico de la obra. Luego viene el giro dramático: muere en un naufragio, su contribución queda “enterrada” y el mundo se queda repitiendo un solo apellido: Eiffel.
¿Ves por qué engancha? Tiene orgullo, misterio, injusticia histórica y un final trágico. Es de esas cosas que uno lee en internet y piensa: “¿Cómo no me habían contado esto antes?”.
Lo curioso es que este relato lleva años rodando por ahí: en blogs, videos, páginas de curiosidades… incluso en medios cubanos. Y como se repite con tanta seguridad —con fechas, nombres de padres, lugares exactos— termina dando esa sensación de verdad. Porque cuando un cuento viene con tantos detalles, uno baja la guardia.
El problema: cuando buscas el rastro, no aparece
El asunto es que la Torre Eiffel no es una obra pequeña, ni un proyecto improvisado que se levantó “a ojo” y sin papeles. Se construyó para la Exposición Universal de 1889, que celebraba el centenario de la Revolución francesa. Y el propio sitio oficial del monumento explica con claridad quiénes estuvieron detrás del proyecto: Gustave Eiffel (como empresario), los ingenieros Maurice Koechlin y Émile Nouguier, y el arquitecto Stephen Sauvestre, que trabajó la parte estética del diseño.
Según esa historia documentada, Koechlin y Nouguier ya habían concebido desde 1884 una torre de 300 metros con cuatro grandes columnas metálicas que se unían arriba. Sauvestre le metió mano para hacerla más “presentable” a ojos del público: arcos monumentales en la base, salas acristaladas, una cima más elaborada. Luego el diseño se simplificó, sí, pero los arcos de las patas —los que hoy todo el mundo reconoce— se quedaron.
Y después viene la parte que a mí siempre me pone los pies en la tierra: las cifras.
La Torre Eiffel necesitó 18.038 piezas metálicas, 5.300 planos de taller y 2,5 millones de remaches. En la obra trabajaron entre 150 y 300 personas, la parte metálica se montó en 21 meses (tras cinco meses de cimientos) y todo quedó listo el 31 de marzo de 1889, después de dos años, dos meses y cinco días de trabajo.
En un proyecto así, si alguien hubiera diseñado “una cuarta parte” de la torre o hubiera sido el responsable técnico real, lo normal es que apareciera en algún lado: en planos, contratos, registros profesionales, crónicas técnicas, archivos de la empresa, prensa de la época… algo.
Pero cuando se busca a Guillermo Pérez Dressler, lo que hay es silencio.
No aparece como arquitecto en registros confiables. No aparece como empleado o colaborador clave en la documentación asociada al monumento. No aparece en los relatos históricos serios sobre la torre. Y eso, por sí solo, ya es una alarma.
El detalle del vértigo: suena buenísimo… pero no cuadra
Hay otro elemento que hace que el cuento se sienta “redondo”: lo del vértigo de Eiffel.
Porque claro, imagínate la escena: el gran ingeniero, el hombre del apellido, incapaz de subir; y el cubano, valiente, trepando por el hierro como si fuera una escalera de su casa. Dramático, cinematográfico.
El problema es que la cronología oficial del monumento cuenta otra cosa: Gustave Eiffel fue condecorado con la Legión de Honor en la plataforma de la cima, una vez terminada la obra. O sea, que sí subió. Y no subió “un poquito”: subió hasta arriba, al lugar simbólico.
Cuando un mito necesita que la realidad se comporte de cierta manera para funcionar, y la realidad no se comporta así… ya tú sabes.
¿Entonces de dónde sale todo esto?
Aquí es donde la cosa se pone interesante, porque el mito no parece venir de una tradición antigua, ni de un documento perdido que alguien encontró en un archivo polvoriento. Lo que se puede reconstruir —por el rastro digital— es más bien otra película: una historia moderna, nacida y amplificada en internet.
Una pieza clave en esa cadena es EcuRed, donde aparece una ficha con el relato completo: que nació en Guanabacoa en 1860, que estudió en la Sorbona, que conoció a Eiffel gracias a un profesor, que fue administrador ejecutivo, que diseñó parte de la torre, que dirigió la obra por el vértigo de Eiffel y que murió en un naufragio en el estrecho de Dover.
Son demasiados datos específicos como para que parezca “una simple anécdota”. Y, justamente por eso, convence. Porque el detalle da autoridad. Es como cuando alguien te cuenta un chisme y te dice la hora exacta, la esquina y el color de la camisa: tú dices “ok, esto viene con pruebas”.
Después de ahí, la historia se ve replicada casi palabra por palabra en blogs y portales. Uno de los rastros tempranos que aparece es un post de enero de 2012 titulado El verdadero constructor de la Torre Eiffel. Y más adelante, en 2013, circula otro texto con un título que ya suena a película: Un cubano en la corte de Gustave Eiffel.
Con el tiempo, el mito se va inflando. Pasa de “participó” a “diseñó una parte” y luego a “la torre se debe íntegramente a él” o “Cuba tiene el 50% de la gloria”. Esa es otra señal típica de internet: el cuento crece porque cada quien le agrega un poquito más de épica.
Incluso hay contenidos recientes que lo presentan como “leyenda” y, aun así, vuelven a soltar los detalles como si fueran una posibilidad real. Y ahí es donde el mito se vuelve peligroso, porque se queda flotando en esa zona rara de “no está probado, pero suena bonito”.
Por qué nos gusta tanto creerlo
Ahora, seamos honestos: no cuesta entender por qué esta historia prende.
Cuba tiene un historial largo de gente brillante que se fue, triunfó afuera y aquí quedó medio borrada, o contada a medias. Y también tenemos esa necesidad —bien humana— de encontrar huellas nuestras en los grandes símbolos del mundo. Como decir: “mira, ahí también hay un pedacito de nosotros”.
Un guanabacoense detrás de la Torre Eiffel sería el descubrimiento perfecto. Orgullo nacional, misterio, ingeniería, París… todo en un solo paquete.
Y por eso mismo funciona tan bien: porque apela a una emoción real. A un deseo. A una idea que nos gustaría que fuera cierta.
Pero una historia no se vuelve verdadera porque sea seductora. Ni porque se haya repetido mil veces. Ni porque venga con fechas exactas.
Y aquí viene el giro final —el que casi nadie quiere escuchar cuando ya está metido en el cuento—: no existen fuentes verificables que prueben que Guillermo Pérez Dressler participó en la construcción de la Torre Eiffel. La historia documentada atribuye el proyecto a Eiffel, Koechlin, Nouguier y Sauvestre, y el famoso relato del “cubano que la levantó” no deja rastro en archivos confiables.
En otras palabras: es una historia buenísima… pero es falsa.
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