“Me fundí” y “comencé a recibir terapia”: dos actrices de «Calendario» hablan desde la herida (aquí detalles)

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A veces uno mira las redes y piensa que todo el mundo está bien. Que todos siguen, producen, sonríen, suben fotos, hacen reels, cumplen, resuelven. Pero no. Detrás de muchas de esas pantallas hay gente rota, cansada, confundida… tratando de sostenerse como puede. Y en estos días, dos jóvenes actrices cubanas a las que mucha gente recuerda por Calendario, Darianis Palenzuela y Anabel Arencibia, decidieron hablar de eso sin demasiados adornos. De la tristeza, del agotamiento, de la soledad, del duelo, de la terapia. En resumen: de salud mental. Y lo hicieron de una forma que se sintió muy humana, muy de verdad.

En su reel de Instagram, Darianis fue directa desde la primera frase: “A lo cubano, caballero, me fundí, me fundí y toqué fondo”. No intentó suavizarlo ni envolverlo en frases bonitas. Dijo que 2026 había empezado con proyectos, rodajes y la promesa de hacer un buen año en lo profesional, pero que de pronto todo se detuvo. Y cuando dice todo, parece que habla de esa clase de parón que no solo te cambia la agenda, sino también el ánimo, la manera de mirar el día, las ganas de levantarte. Su vida, contó, se redujo a estar en casa, cuidar a sus mascotas, sembrar plantas, leer, ver mucho cine y, por suerte, seguir entrenando.

Dicho así, incluso podría parecer una rutina tranquila. Pero no lo era. Porque por dentro estaba pasando otra cosa. Darianis confesó que empezó a caer en un estado de tristeza que la estaba llevando a la depresión. Comenzó a cuestionarse muchas cosas, dejó de entrar a redes sociales, dejó de crear contenido y también de aceptar colaboraciones de trabajo. Y explicó por qué: sentía que no era justo seguir publicando con normalidad en medio de todo lo que estaba ocurriendo en Cuba. Ahí aparece un peso que mucha gente conoce, aunque no siempre lo nombre: la culpa de seguir, la culpa de trabajar, la culpa de intentar estar bien cuando alrededor hay tanto dolor.

Aun así, Darianis no se quedó en una especie de mea culpa. También señaló que hay personas con muy poco sentido común y cero empatía, y dejó claro que le duele profundamente lo que pasa en el país. “Me duele Cuba, me duele la gente, me duele todo”, soltó. Pero enseguida llevó el foco hacia otro lugar: le dolía más verse apagándose ella misma dentro de cuatro paredes. Y ahí tomó una decisión. Ponerle punto final a ese encierro emocional, buscar motivación en algún sitio, volver a asomarse. Su reel fue, de alguna manera, una forma de decir: aquí estoy, no desaparecí, estaba tratando de no romperme del todo.

Lo de Anabel Arencibia va por otro camino, pero termina tocando una fibra parecida. En su video, contó que comenzó a recibir terapia. Lo dijo con una mezcla de honestidad y alivio, como quien por fin encuentra una palabra para algo que llevaba tiempo sintiendo sin entender del todo. Explicó que al llegar a su nuevo destino (España), los primeros meses fueron maravillosos: ver tiendas llenas, comprarse ropa, visitar lugares, estar con su esposo. Todo parecía ir bien. Sin embargo, después algo empezó a cambiar. Se estaba sintiendo sola. No sola del todo, aclaró, pero sí sola. Y esa precisión dice mucho, porque hay soledades que no dependen de cuánta gente tengas al lado.

Anabel contó que extrañaba muchísimo a su gente y que además vivía preocupada por la situación de quienes se habían quedado allá. Lloraba mucho. Había días en que ni siquiera se reía. Se sentía rara. Y como no entendía bien lo que le estaba pasando, intentaba minimizarlo, como hacen tantas personas. Se decía a sí misma que no llorara más “por gusto”, que sí, que extrañaba, pero que ya. Como si el dolor obedeciera a órdenes. Como si bastara con decir “hasta aquí” para que el cuerpo y la cabeza hicieran caso.

Fue entonces cuando apareció una palabra que para muchos migrantes lo explica casi todo: duelo migratorio. Anabel dijo que descubrió que eso existe, que puede ser muy duro y que ella necesitaba ayuda. Así llegó a su vida una psicóloga cubana emigrada, Hedels, a través del proyecto Emigrar Hacia Adentro, un espacio de salud mental pensado para personas que han tenido que empezar de nuevo en otro país y no están sabiendo gestionar lo que sienten. La actriz explicó que allí comenzó a encontrar respuestas, a entender esa versión distinta de sí misma que estaba conociendo y que hasta le resultaba extraña.

Hay algo especialmente valioso en cómo Anabel contó su experiencia: habló también de sus propios prejuicios. Dijo que siempre tuvo tabúes con la terapia, que pensaba que era para otro tipo de personas. Y ahora, en cambio, espera sus sesiones con ganas, porque se han convertido en un espacio liberador donde llora, se ríe y se entiende mejor. “Esto también es prosperizarse”, dijo en una frase preciosa, muy suya, como resignificando la idea de salir adelante. No solo prosperar es tener más cosas, resolver papeles o adaptarse a un nuevo lugar. A veces prosperar también es atreverse a pedir ayuda.

Aunque las experiencias de Darianis y Anabel no son iguales, hay un punto donde se tocan con mucha fuerza. Las dos hablan desde lugares distintos del dolor emocional. Una, desde el desgaste de quedarse, de mirar el país, de apagarse por dentro mientras intenta seguir. La otra, desde el peso de irse, de extrañar, de sentirse descolocada en una vida nueva que, en teoría, debía hacerla feliz. Y en ambos casos aparece algo que durante años se ha barrido bastante debajo de la alfombra: la salud mental no es un lujo, ni una moda, ni una exageración. Es una parte central de la vida, aunque a veces se nos olvide hasta que el cuerpo o la cabeza dicen basta.

También hay algo generoso en que ambas lo hayan compartido. Porque hablar de tristeza, depresión, terapia o duelo migratorio en redes sociales -donde tantas veces todo parece editado para lucir bien- sigue siendo un acto de valentía. Más todavía cuando se trata de figuras jóvenes, conocidas, expuestas al comentario fácil, al juicio rápido, al “ay, pero si lo tiene todo”. No, no lo tienen todo. Nadie lo tiene todo. Y quizá por eso sus videos conectan: porque no hablan desde una tarima, sino desde la herida, desde la duda, desde ese momento en que una persona decide dejar de fingir que está bien.

En tiempos donde tanta gente anda sobreviviendo en silencio, lo que hicieron Darianis Palenzuela y Anabel Arencibia tiene un peso especial. Una habló de tocar fondo. La otra, de empezar terapia. Las dos, en el fondo, hablaron de lo mismo: de lo difícil que puede ser sostenerse cuando por dentro algo empieza a quebrarse. Y también de ese instante, pequeño pero enorme, en que una decide mirarse de frente y decirse, aunque sea bajito: así no puedo seguir.

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