
Diez días después del 11 de septiembre, cuando Estados Unidos todavía estaba con el susto metido en el cuerpo y el país funcionaba como con el corazón acelerado, el FBI arrestó a una mujer de 44 años llamada Ana Belén Montes. No tenía nada que ver con los atentados, aclara el propio Buró, pero su detención sí estaba conectada con otra urgencia de ese momento: proteger la seguridad nacional.
Lo que casi nadie imaginaba —ni en la calle ni dentro de la comunidad de inteligencia— era que esa mujer, discreta, aplicada, con fama de experta, llevaba años jugando en otra liga. Montes trabajaba como analista senior en la Agencia de Inteligencia de la Defensa (DIA), y desde ahí estaba espiando para Cuba. Y por si fuera poco, estaba a punto de recibir acceso a información clasificada sobre los planes de Estados Unidos para invadir Afganistán al mes siguiente.
En Washington le decían “la experta”. En los pasillos, según contó BBC Mundo, le decían algo más fuerte: “la reina de Cuba”. Un apodo que suena a novela, pero que en la práctica era un reconocimiento —torcido, oscuro— de lo que había logrado.
La analista más importante sobre Cuba… y el secreto mejor guardado
Montes llegó a ser la principal analista dedicada a temas políticos y militares sobre Cuba dentro de la DIA, donde hizo carrera entre 1985 y 2001. En ese tiempo recibió ascensos, prestigio y hasta 10 reconocimientos especiales, incluyendo un Certificado de Distinción de Inteligencia Nacional, el tercer galardón más importante del campo, entregado en 1997 por el entonces director de la CIA, George Tenet.
Pero, como dice el medio de prensa británico, donde realmente debían estar agradecidos era en La Habana. Porque, según la investigación, Montes trabajó como espía para el gobierno cubano durante todo el tiempo que estuvo en la DIA, dándole acceso a información “altamente clasificada”.
Peter Lapp, uno de los agentes del FBI que la investigó y luego la interrogó durante meses, lo resumió con una frase que impresiona: “El primer día que entró en la DIA, ya era una agente reclutada a tiempo completo por el Servicio de Inteligencia de Cuba”. Y explica el método: cada día iba a trabajar con un objetivo simple y frío —memorizar “las tres cosas más importantes” que Cuba necesitaba saber para protegerse de Estados Unidos.
De Alemania a Maryland: la niña brillante que creció con rabia
Ana Montes era hija de padres puertorriqueños. Nació en 1957 en una base militar estadounidense en Alemania, donde su padre trabajaba como médico, indica la referida fuente. Luego la familia se movió por Kansas, Iowa y finalmente Maryland, donde ella terminó el high school con excelentes calificaciones.
En la Universidad de Virginia estudió Relaciones Internacionales. Y en 1977, durante un viaje de estudios a España, conoció a un estudiante argentino de izquierda que, según una excompañera citada por The Washington Post, le “abrió los ojos” sobre el apoyo de Estados Unidos a regímenes autoritarios en esa época. Desde entonces, cuenta esa misma fuente, Ana hablaba mucho de las “atrocidades” que EE.UU. cometía contra otros países.
Después de graduarse se mudó a Puerto Rico, no encontró trabajo, y terminó aceptando un puesto en el Departamento de Justicia en Washington D.C. En paralelo empezó una maestría en Johns Hopkins. Y ahí, según Lapp, el espionaje cubano vio una oportunidad.
Reclutamiento: una amiga, una conversación y la puerta abierta
La historia del reclutamiento tiene ese aire de “clásico del espionaje” que luego, cuando uno lo lee, da hasta escalofríos por lo sencillo. En 1984, dice el FBI, Montes tenía un trabajo administrativo en el Departamento de Justicia y hablaba abiertamente contra la política de EE.UU. hacia Centroamérica (FBI). Sus opiniones llamaron la atención de “oficiales” cubanos que pensaron que ella sería simpática a su causa. Se reunieron. Y poco después, ella aceptó ayudar a Cuba, relata el perfil que existe sobre esta mujer en la página web del FBI.
BBC añade un detalle concreto: fue identificada por una compañera de clase, Marta Rita Velázquez, también puertorriqueña, que se hizo su amiga, supo que trabajaba en Justicia y que tenía acceso a información clasificada. Meses después la presentó a un diplomático de la misión de Cuba en la ONU. Y ahí quedó montado el puente.
Montes, según Lapp, no cobró dinero. De hecho, él dice que ella aseguró que se habría sentido ofendida si le pagaban. El FBI coincide: su motivación fue “pura ideología” y solo aceptó reembolsos de algunos gastos.
Cuando enfrentó a la justicia en 2002, Montes dijo que actuó por una obligación moral: “Creo que la política de nuestro gobierno hacia Cuba es cruel, injusta y profundamente inamistosa”, y que se sintió obligada a ayudar a la isla a defenderse.
Lapp, sin embargo, no la pinta como una romántica de la revolución. Para él, Montes era más bien “antiestadounidense” que procubana, alguien muy molesta con Reagan y con lo que EE.UU. hacía en Nicaragua, El Salvador y con su política hacia Cuba.
Su arma favorita: la memoria (y una rutina casi doméstica)
Aquí viene una de las partes más inquietantes: Montes no necesitaba robar papeles. El FBI explica que nunca sacó documentos del trabajo, ni en digital ni en físico. En vez de eso, guardaba los detalles “en su cabeza”, llegaba a casa y los tecleaba en su laptop. BBC lo cuenta parecido: leía durante horas, memorizaba, y por la noche transcribía en una Toshiba en su casa.
Luego pasaba la información a disquetes encriptados y recibía instrucciones por radio de onda corta, en clave, como esas “emisoras de números” donde una voz suelta secuencias tipo “Atención, atención. Tres, uno, cuatro…”, indica el referido medio inglés. Después se reunía con su contacto y entregaba el material.
Y lo más loco es el tono cotidiano del intercambio. Lapp dice que no había grandes escenas de película: “simplemente iba a almorzar” con su contacto y le entregaba el disco. Un hombre y una mujer hispanos, un almuerzo largo en un restaurante chino un domingo por la tarde. Así, sin humo, sin túneles, sin maletines con doble fondo.
Según el FBI, Montes no solo filtró información militar clasificada: también “distorsionó deliberadamente” la visión del gobierno sobre Cuba. Identificó a personas que trabajaban para EE.UU. en la isla, de forma abierta o encubierta, y reveló identidades de agentes. El FBI confirma que ella reconoció haber revelado las identidades de cuatro oficiales estadounidenses encubiertos en Cuba.
Lapp considera que el mayor daño pudo haber sido la transferencia de información sobre un programa satelital tan sensible que ni siquiera se incluyó en la acusación para evitar hacerlo público.
Cómo cayó: una corazonada, una carpeta guardada y el 11-S acelerándolo todo
Durante años, dice el FBI, los oficiales de seguridad conocían sus posturas políticas y les preocupaba su acceso a información sensible, pero no tenían razones para creer que compartía secretos. Incluso había pasado una prueba del polígrafo.
Su caída empezó en 1996, cuando un colega de la DIA, por pura intuición, reportó que sentía que Montes podía estar bajo influencia de la inteligencia cubana. La entrevistaron. Ella no admitió nada. El reporte quedó archivado… hasta que, cuatro años después, ese oficial supo que el FBI buscaba a un agente cubano no identificado operando en Washington. Contactó al Buró. Se abrió una investigación y, con vigilancia física y electrónica y registros encubiertos, armaron el caso.
Los agentes querían identificar al contacto cubano de Ana y esperaban un encuentro cara a cara, por eso tardaron en arrestarla. Pero el 11-S cambió el tablero: Montes iba a ser asignada a trabajo relacionado con planes de guerra, y el FBI y la DIA no quisieron correr el riesgo. Entonces la arrestaron.
Montes se declaró culpable en 2002 y recibió 25 años de prisión. Fue liberada en enero de 2023 tras 20 años bajo custodia, con cinco años de supervisión, control de internet y prohibición de trabajar para el gobierno o contactar agentes extranjeros sin permiso.
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