
En 1896, más de setenta años después de su independencia, Guatemala aún no tenía un himno nacional. Décadas antes, en 1879 y en 1887, hubo intentos infructuosos por llevar adelante el proyecto. Sin embargo, fue bajo la administración José María Reyna Barrios, y a propósito de la Exposición Centroamericana, que se organizó el concurso definitivo para buscar la composición principal de la república.
La música elegida fue la creada por el maestro Rafael Álvarez Ovalle, mientras que la propuesta de letra ganadora correspondió a un autor que entonces se identificó como Anónimo y que se mantendría así durante casi tres lustros.
Solo ante la presencia cercana de la muerte, el cubano José Joaquín Palma decidió romper el silencio acerca de su protagonismo en la canción más importante de la tierra del quetzal. Ahí se descubriría, además, la causa principal del anonimato de catorce años: que él mismo había sido parte del jurado que eligió su letra para el himno.
Al terminarse el misterio que mantuvo intrigada a la intelectualidad guatemalteca por largo tiempo, Palma fue homenajeado en las Fiestas Minervalias de finales de octubre de 1910. En julio de 1911, el presidente Manuel Estrada Cabrera lo coronó con laureles de plata y olivos de oro. Menos de cuatro semanas después, el 2 de agosto, el señor cónsul de Cuba en Guatemala falleció a los 66 años en compañía de sus hijos.
Actualmente, el himno de Guatemala no es exactamente el mismo que escribió José Joaquín. En 1934, José María Bonilla hizo una edición de aquel texto original, que fue escrito con el tono guerrerista de un hombre con pasado insurrecto y presencia notable en la Guerra de Independencia cubana iniciada en 1868.
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José Joaquín Palma Lasso había nacido en Bayamo, actual provincia de Granma, el 11 de septiembre de 1844, aunque creció en la hacienda que tenía su padre, Pedro Palma Aguilera, en las proximidades del pueblo.
Ya en su adolescencia, la familia compuesta, además, por la madre, Dolores Lasso de la Vega Pacheco, y sus hermanos Rosario y Juan, se trasladó a una casa humilde de la calle de San Vicente Ferrer.
La formación académica del joven José Joaquín sucedió entre el convento de San Francisco y el colegio de San José, donde se quedó como profesor de primaria tras la graduación.
Para la década de 1860 era colaborador asiduo del periódico La Regeneración. De ahí que poco después de iniciar la llamada Guerra Grande, Carlos Manuel de Céspedes le asignara la tarea de dirigir El Cubano Libre, primer periódico independentista de la Isla.
Poco antes del grito de La Demajagua, en 1867, ya este hombre era parte del Comité Revolucionario de Bayamo que fue esencial en la organización de la futura revolución.
El 15 de octubre de 1868, fue designado al frente del Gobierno Provisional y también como General en Jefe del naciente Ejército Libertador. Un día más tarde, en uso de sus facultades, ascendió a Máximo Gómez Báez al grado de sargento primero.
Durante los más de dos meses que Bayamo se irguió soberana, Palma fue parte del cuerpo de concejales del ayuntamiento municipal y en esa etapa aprovechó para presentar, el 28 de diciembre de 1868, una moción enfocada en abolir la esclavitud.
Estuvo entre los hombres de Céspedes que viajaron a la Constituyente de Guáimaro y ahí comenzó su trabajo al frente del medio de prensa oficial de los rebeldes. Ni siquiera cuando debió regresar a su casa tras la muerte de su esposa, Leonela del Castillo, para hacerse cargo de sus cuatro hijos, dejó de poner su pluma al servicio del abolicionismo y la narración de la realidad cubana de entonces.
Aunque muchos lo desconocen, este cronista formado sobre la marcha es también el autor de la primera biografía conocida sobre el Padre de la Patria, figura histórica a la que estuvo muy ligado.
Para el ‘73 partió a Jamaica con el fin de buscar ayuda y recursos para la causa. A continuación, hizo paradas en Estados Unidos (Nueva York), Perú y Honduras.
En esa última nación se quedó varios años y en 1876 se convirtió en secretario personal del presidente Marco Aurelio Soto. En paralelo, sus poesías aparecieron en el diario La Patria y se ganó el reconocimiento de los intelectuales domésticos.
En 1877 se mudó a Guatemala, donde reconectó con su arista pedagógica como profesor de la Escuela Normal para Maestros, la cual dirigía un compatriota y viejo conocido, José María Izaguirre. Juntos recibieron a José Martí cuando este arribó al país en abril de ese año.
De vuelta en Honduras, ejerció como director de La Paz, periódico al servicio del gobierno de Soto. Desde allí se encargó de tender la mano a varios coterráneos que estaban dispersos tras el final de la guerra. Entre los patriotas que contaron con su ayuda estuvieron Máximo Gómez, Antonio Maceo y Tomás Estrada Palma.
Entre el ‘79 y el ‘81, recibió una medalla de oro de manos del presidente hondureño y llegó a ser general de brigada del ejército nacional. Después de que Soto fuera derrocado, se fue a París y allí estuvo hasta el ‘84, cuando regresó a América.
De vuelta en Guatemala, trabajó como profesor de la Escuela Facultativa de Derecho y Notariado del Centro de la Universidad Nacional y eventualmente recibió el cargo de la Biblioteca Nacional. Además, inició sus funciones como Ministro y Cónsul de la República en Armas en ese país.
En su vertiente intelectual, pudo compartir espacios e ideas con autores reconocidos como Martí, el peruano José Santos Chocano y el nicaragüense Rubén Darío.
Entre sus obras poéticas más célebres, se cuentan Poesías y Tinieblas del Alma. Por otra parte, fueron de gran relevancia sus colaboraciones con los Álbumes de Minerva, publicaciones enmarcadas en las Fiestas Minervalias.
Tras su fallecimiento, el presidente guatemalteco Manuel Estrada Cabrera decretó:
“Que una comisión del gobierno presente sentido pésame a la familia del distinguido extinto; que la Secretaría de Gobernación y Justicia y de Relaciones Exteriores, inviten para asistir a la conducción del cadáver al cementerio General; que al entierro asistan, el Gobierno y funcionarios del Estado; que la oración fúnebre a nombre del gobierno, sea encomendada al Ministerio de Relaciones Exteriores, y que los gastos fúnebres sea erogados del erario nacional”.
En su honor fue nombrado el teatro sito en la calle Carlos Manuel de Céspedes #172 e/ Perucho Figueredo y Lora, Bayamo. Su casa fue declarada Monumento Nacional en 1951, mismo año en que el gobierno de Carlos Prío Socarrás trajo sus restos desde Guatemala, en coordinación con su par, Jacobo Arbenz.
Tras llegar a la Isla, sus cenizas fueron escoltadas hasta el Salón de los Pasos Perdidos del Capitolio Nacional y los días el 17 y 18 de abril fueron decretados de duelo.
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