«Dead Boy Detectives»: fantasmas que dan muchísima vida a Netflix

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En años recientes, Netflix vivió una etapa difícil. Las pésimas decisiones en torno a nuevos proyectos live action inspirados en animes, comics, videojuegos o novelas de fantastía —más o menos juveniles— les hizo perder millones en dólares y suscriptores, además de llevarlos a cancelar varios shows que parecían bastante prometedores.

Los fracasos de títulos como October Faction, Jupiter’s Legacy, Cowboy Bebop, The Irregulars o Resident Evil, así como el paso errático de otras grandes apuestas como The Witcher o Shadow and Bone, pusieron en jaque a la plataforma de streaming más grande del planeta.

Si bien en cierto punto la situación fue preocupante, eventualmente los lanzamientos de series como The Sandman, One Piece, Avatar: The Last Airbender, 3 Body Problem así como las animadas Cyberpunk: Edgerunners y Castlevania: Nocturne, por citar algunos de los aciertos, confirmaron la remontada de la empresa que, mientras tanto, prepara, entre otras, nuevas adaptaciones de Assasin’s Creed y Tomb Raider, dos marcas a las cuales pudieran sacar muchísimo partido.

Siguiendo esa línea de pensamiento, nos toca referirnos al más reciente aplauso conseguido por Netflix. Se trata de Dead Boy Detectives, cuya primera temporada de ocho episodios llegó el pasado 25 de abril e inmediatamente se convirtió en una propuesta celebrada por fans de todo el mundo.

Basado en las historietas creadas en 1991 por el escritor Neil Gaiman junto a los artistas Matt Wagner y Malcolm Jones III, este relato se ambienta en el mismo universo televisivo que nos fue presentado hace dos años con The Sandman, obra también creada a partir de un producto original de Gaiman.

El argumento de la historia, desarrollada por Steve Yockey, mezcla todo tipo de elementos sobrenaturales y gira en torno a Edwin Paine (George Rexstrew) y Charles Rowland (Jayden Revri), dos chicos muertos en diferentes épocas que decidieron pasar del Más Allá y quedarse a ¿vivir? en la Tierra. De este “lado”, los jóvenes trabajan como detectives paranormales al servicio de aquellos espíritus necesitados de sus servicios, ya sea para cerrar asuntos pendientes o resolver algún nuevo entuerto.

Todo va bien para la dupla cuando conocen a Crystal Palace (Kassius Nelson), una psíquica a quien le practican un exorcismo. Una vez concluido ese caso, las circunstancias los llevarán desde Londres hasta Port Townsend, un pueblo costero de Estados Unidos desde donde han recibido una llamada espectral.

En esa localidad norteamericana comenzarán realmente sus problemas: deberán lidiar con una bruja obsesionada con la juventud, un par de hadas asesinas, animales hechizados, decididas funcionarias del Más Allá, e incluso contra la mismísima Muerte —a quien ya conocimos en The Sandman— y hasta con una psicópata de toda la vida.

Como es normal en esta época, la narración mezcla el formato de un nuevo caso por capítulo con una línea argumental que se mantiene “viva” durante toda la temporada. Hacia el final, se cierran varios conflictos mientras que otros nuevos quedan abiertos, con la esperanza de una renovación que le permita a Yockey y su equipo de guionistas seguir contando más aventuras.

Esta primera tanda de episodios tiene un ritmo excelente que nos mantiene interesados y entretenidos durante los ocho segmentos que la componen. Con un tono fresco juvenil, el audiovisual tira de humor macabro y algunos chistes verdes para balancear los matices oscuros y adultos que, lógicamente, aprovecha para deslizar no pocas reflexiones sobre temas de nuestra realidad presente.

A través de sus variopintos roles, interpretados con gran carisma por un elenco que incluye también a Yuyu Kitamura, Brianna Cuoco, Ruth Connell, Jenn Lyon, Lukas Gage, Michael Beach y Joshua Colley, la serie trata de forma orgánica asuntos de actualidad que nunca está de más “colar” detrás de la fachada de un material de este tipo.

Así, se aprovecha para hablar del acoso, el bullying, el descubrimiento de la sexualidad, la aceptación, las relaciones de dependencia emocional, el abuso intrafamiliar y la identidad en un sentido amplio, todos temas recurrentes en las conversaciones contemporáneas y que en esta oportunidad resultan perfectamente puestos en función de enriquecer a los personajes y también al argumento central.

Visualmente, este spin-off se acerca un poco a lo que ya vimos en su predecesora, aunque en este caso los realizadores se permiten jugar y arriesgar más con la paleta de colores y servirse de esa “magia” que aportan los neones para darle a la serie algo de esa vibra ochentera y noventera que tan de moda está ahora mismo.

Dead Boy Detectives es una propuesta muy divertida que se atreve a mezclar el drama juvenil con el procedimental, para regalarnos una suerte de “hijo” de Supernatural con Scooby-Doo. El resultado es un show para mayores de 16 años que nunca renuncia a su frescura, a pesar de tener aspiraciones mucho más serias de lo que parece. Aún a la espera de que se confirme su segunda temporada, desde ya queda hecha la recomendación de verla y, por supuesto, de acudir igualmente a leer los deliciosos cómics que la originaron.

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