«The Sandman»: cómo adaptar un cómic imposible

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Durante casi tres décadas, el sueño (nunca mejor dicho) de llevar el cómic The Sandman al live action fue uno de los más perseguidos por algunos creadores audiovisuales de occidente.

La más aclamada entre las obras de Neil Gaiman, autor también de novelas como Stardust, American Gods, Coraline y Good Omens (junto a Terry Pratchett), todas previamente llevadas a la pantalla, siempre tuvo fama de “inadaptable”, debido a la complejidad y profundidad argumental de sus textos, además del reto visual que implicaba trasladar al celuloide toda la magia contenida en los cómics dibujados por Sam Kieth y Mike Dringenberg.

En los años 90 se pensó en hacer un filme, pero las ideas manejadas fueron tan absurdas que el propio Gaiman se negó rotundamente a seguir adelante con aquello. Luego llegó el plan de hacer una serie para HBO, con Eric Kripke (Supernatural, The Boys) como showrunner, pero ello no agradó al escritor y la propia cadena tampoco estuvo dispuesta a gastarse lo necesario para llevarlo a cabo.

Finalmente, en 2018 David S. Goyer convenció al autor con su visión y más adelante contactó con su colega Allan Heinberg para sumarse al proceso de brainstorming que se materializaría en una primera temporada de 10 episodios, la cual empezó a ser financiada desde 2019 por Netflix, tras un acuerdo con Warner Bros.

Después de la odisea que significó llegar a producir The Sandman, las dudas seguían sobrevolando el estreno de la serie. Ni siquiera el elenco, formado por figuras de lujo como Charles Dance, Gwendoline Christie, Boyd Holbrook, David Thewlis, Stephen Fry o Joely Richardson, además de las voces de Mark Hamill y Patton Oswalt, convenció a la gente. Al fin y al cabo, el pasado reciente del gigante del streaming no es precisamente bueno con respecto a obras similares. Teniendo en cuenta la dificultad que implicaba esta trama en particular, la receta para el desastre parecía estar servida.

Sin embargo, la catástrofe jamás sucedió y, en cambio, nos llegó una de las adaptaciones más sorpresivamente maravillosas de los últimos años.

El relato, descrito por Heinberg como “una exploración de lo que significa ser humano”, nos cuenta la historia de Sueño/Morfeo (Tom Sturridge), uno de los seres llamados Eternos, quien es apresado por un mago durante más de cien años. Luego de escapar, él deberá intentar poner orden en su reino, la Ensoñación, buscar las herramientas que le robaron y arreglar los desastres sucedidos en el mundo real durante su ausencia.

A lo largo de su recorrido, que cubre la primera parte de esta tanda de capítulos, el también conocido como el Oniromante visitará la Tierra y el Infierno, entre otras dimensiones, y allí descubrirá que las verdades absolutas no le valdrán demasiado si aspira a recuperar su estatus. Durante esta suerte de crisis de mediana edad, el ser inmortal aprenderá sobre el amor, el dolor, la pérdida y otros sentimientos que creyó olvidados; todo ello mientras lidia con varios personajes decididos a sacarlo del juego o hacerlo fracasar en sus planes.

El desempeño de Sturridge en el rol principal es determinante para considerar a la serie como un acierto. Su actuación es una mezcla de contención, sutileza, vulnerabilidad y elegancia. Gracias a ello consigue dar muchísima vida a este delicioso y parco personaje que pareció en algún momento destinado a jamás salir de las viñetas.

La construcción de los variados mundos a los que viajamos resulta posiblemente el mayor atractivo de todos. El trabajo de CGI es increíble y nos transporta a cada sitio con una veracidad pasmosa. La traslación de los conceptos de Gaiman a este nuevo formato es posible porque escenarios y situaciones se palpan con demasiada verosimilitud, a pesar de la fantasía.

El argumento, que pudiéramos considerar algo lento a ratos, se desenvuelve justo al ritmo que un conocedor del material original esperaría. En ese sentido, le pasa igual que a The Witcher, pues tal vez resulte un poco complicado para “ajenos” adentrarse en esta narrativa que trasciende la idea de “una cosa detrás de otra” para ponernos a pensar o filosofar en torno a asuntos trascendentales.

La característica episódica de algunos segmentos puede ser acusada también como un motivo para no sentirse particularmente enganchado con la propuesta. También rompe un poco el ritmo la segunda mitad de la temporada, que se siente ligeramente desconectada del comienzo, toda vez que adapta un volumen nuevo de la historieta, con la natural separación que eso puede implicar.

En todo caso, es justo hacer la salvedad de que en The Sandman la clave suele ser el “cómo” por encima del “qué”. Aquí la lógica no es un arma demasiado útil, así que no le recomendamos intentar aplicarla a cada giro de la trama. Sí, hay mucha dispersión y eso no es siempre algo que se agradezca, pero tampoco es imprescindible en este viaje.

Para mejorar la serie podríamos pedir a sus escritores varias cosas razonables, como que se apeguen más a un desarrollo tradicional de las acciones, que se atrevan a despegarse más del material de base y creen un argumento más interconectado, con tal de darle forma a una próxima temporada que tenga más cohesión. De momento habrá que disfrutar lo que hay y soñar con que lo que esté por venir sea, como mínimo, igual de bueno.

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