Carlos Gilí, el galán de la TV cubana que tuvo que desaparecer cuando estaba en la cima

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Carlos Gilí. Foto publicada en Facebook por la usuaria Carmen Álvarez.

Carlos Gilí tiene una de esas caras que, aunque hayan pasado décadas, siempre van a sonarte. Tú ves una foto en blanco y negro, o un fragmento de algún dramatizado viejo, y enseguida dices: “ese era el galán”. No el galán de pose tiesa, no… el que miraba a cámara con una mezcla de seguridad y ternura, con una voz que llenaba la escena y una dicción tan limpia que parecía que estaba hablando para ti, ahí mismo, en la sala de tu casa.

Lo curioso es que, para mucha gente joven, Carlos Gilí es casi un secreto. Y sin embargo, en los 60 y buena parte de los 70 y principios de los 80, su nombre estaba metido todo el tiempo en la televisión cubana. El periódico cienfueguero 5 de septiembre lo resume con una frase que le calza perfecto: tuvo un quehacer “fugaz pero intenso”, muy querido por la crítica y por el público de aquella época.

Nació en Cienfuegos el 26 de noviembre de 1938, como Carlos Manuel José Gilí. Según el citado medio de comunicación, era hijo del farmacéutico Carlos Gilí y de Consuelo Rumbaut Yanes, y desde temprano mostró sensibilidad por las artes escénicas, metiéndose en grupos de aficionados. Uno se lo imagina: un chamaco con inquietud, con ganas de escenario, mirando más allá del malecón cienfueguero y pensando “yo tengo que probarme en La Habana”.

Y eso hizo. Alrededor de 1960 se fue a la capital buscando un futuro más promisorio y se incorporó al Taller Dramático del Consejo Nacional de Cultura. Ahí empezó a foguearse en teatro, con obras y directores que hoy son parte del mapa cultural de Cuba. 5 de septiembre menciona títulos como El peine y el espejo, Los fusiles de la madre Carrar, Las vacas gordas, Las impuras, Mulato, Ana, El robo del cochino y Vestido de novia. No es poca cosa. Era teatro de verdad, de sudar, de aprender a pararte, a respirar, a sostener un personaje sin trucos.

Luego vino el cine, aunque de manera más salpicada. En 1968 participa en La Ausencia, dirigida por Alberto Roldán, con guion de Sergio Corrieri. Y después, en 1972, aparece como periodista en El extraño caso de Rachel K., de Oscar Valdés. También trabajó en Patty Candela (1976), en el corto humorístico La cadena (1978) de Juan Carlos Tabío, y en la versión fílmica de La gran rebelión (1982), según recoge 5 de septiembre. Pero si hay un lugar donde Gilí se volvió “de la casa”, fue la televisión.

De hecho, el propio artículo cuenta que fue descubierto por el director Marcos Aguilera y que entró a la TV “para no abandonarla jamás”. Y ahí es donde se entiende el cariño: dramatizados, espacios teatrales, novelas… Gilí aparecía y tú sentías que el tipo tenía oficio. 5 de septiembre destaca su “impecable dicción, naturalidad y voz viril y seductora”. Esa combinación era dinamita para la pantalla.

A inicios de los setenta interpreta a un líder clandestino en Los Comandos del Silencio, una serie exitosa dirigida por Eduardo Moya. Y al año siguiente se vuelve figura habitual del espacio Aventuras, metiéndose en adaptaciones como El Cacique Arimao, la historia de la India Lucía y, por supuesto, Los tres mosqueteros, donde asumió a D’Artagnan, recuerda 5 de septiembre. También pasó por el seriado Tierra o sangre como Bruno Lorie, y su papel “más rotundo” llegó con El Corsario negro (1978-79), concebida en vivo y dirigida por Severino Puente. Ahí, para quien lo vio, quedó la estampa del aventurero: capa, espada, mirada firme… y esa voz, otra vez, mandando.

Pero la vida real casi nunca respeta el ritmo de una aventura. Y en la historia de Carlos Gilí hay una parte que duele, porque no es un chisme ni un “se dice”: es la voz de su hijo contando lo que pasó.

En 2021, Víctor Gilí Méndez —bailarín, hijo también de la estelar bailarina Josefina Méndez— habló en una entrevista con Abel Álvarez para el programa de YouTube Abel en cualquier parte. Ahí dijo, sin rodeos, que su padre murió por una cirrosis hepática provocada por el alcoholismo. Y lo cuenta desde un lugar muy humano, sin morbo, con esa mezcla rara de tristeza y aceptación que te da el tiempo.

Víctor admite algo fuerte: no tuvo la oportunidad de conocerlo profundamente. Sus padres se separaron cuando él tenía 8 años y su papá falleció cuando él tenía 11. Es decir, cuando uno todavía está en edad de creer que los adultos lo pueden todo… y de pronto te enteras de que no, que también se rompen.

Y hay detalles que se te quedan pegados. Víctor recuerda que su madre lo protegió de ver a Carlos en el estado físico tan deteriorado en que estaba en sus últimos días. También cuenta que no lo llevaron al cementerio y que apenas asistió a un velorio breve, rápido, porque él era muy pequeño. Como si Josefina hubiera dicho: “hasta aquí, esto no te toca cargarlo ahora”.

El día que le dieron la noticia, Víctor hizo lo que haría cualquier niño tratando de entender algo enorme con herramientas chiquitas: salió a la calle a montar bicicleta por la loma. Esa imagen es tremenda. Un niño pedaleando, subiendo y bajando, como si el cuerpo necesitara moverse para que la cabeza no se partiera en dos. Lejos de la crudeza del hospital, lejos del ruido adulto.

Con los años, la memoria de Carlos Gilí se le ha vuelto a Víctor algo agridulce, pero también gratificante. En esa misma entrevista, dice que le emociona ver cómo en redes sociales la gente recuerda a su padre con cariño, como un caballero, una persona amable y un gran profesional. Y eso, aunque no te devuelva el tiempo, te acomoda un poco el pecho. Porque a veces uno no hereda solo fotos o apellidos: hereda el modo en que otros te hablan de alguien.

5 de septiembre apunta que Gilí murió “en la plenitud de su legado” a los 46 años. Y además, varios años antes de su fallecimiento, ya se había alejado de los medios por las consecuencias que la enfermedad le trajo a su salud. O sea: no fue un final de esos que llegan de golpe y ya. Fue un apagarse por dentro, poco a poco, mientras afuera la gente seguía recordando al galán entero, al aventurero, al hombre de voz firme.

Y quizás por eso, cuando hoy alguien lo menciona, no lo hace solo por nostalgia televisiva. Lo menciona como se menciona a los que se fueron temprano: con una especie de cariño cuidadoso, como si al decir su nombre también estuviéramos tocando —sin querer— la historia de un hijo, de una madre, de una familia que tuvo que aprender a vivir con un hueco.

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