El misterio del cubano desaparecido en el atentado a las Torres Gemelas que la policía no pudo cerrar

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Juan Lafuente. Foto tomada de la web de la Universidad de Columbia.

Del 11 de septiembre hay relatos que todo el mundo tiene grabados: las imágenes repetidas mil veces, los nombres que se volvieron titulares, el estruendo, el polvo en el aire. Pero también existen otras historias más calladas, de las que casi no se habla, como una foto vieja guardada en el fondo de una billetera. La de Juan Lafuente entra justo ahí.

Juan era cubano, de Cienfuegos. Tenía 61 años cuando desapareció aquel martes de 2001. Y lo raro —lo que todavía hoy hace que uno frunza el ceño— es que nadie, ni su esposa ni sus compañeros de trabajo, tenía idea de que fuera a estar cerca de las Torres Gemelas. Ni razón aparente.

Su esposa era Colette Lafuente, alcaldesa de Poughkeepsie, una ciudad al norte de Nueva York. En un reportaje del New York Times lo describen como un hombre “lacónico”, tímido, de hábitos fijos. De esos que arreglan cosas en la casa, cortan el césped, cuidan el carro como si fuera un miembro más de la familia. Un viejo Volvo. Y cuatro hijas ya grandes.

El 11 de septiembre, Juan se esfumó. Sin una llamada, sin un mensaje, sin una despedida. Solo el vacío.

Un detective en el caos

Ocho días después del ataque, el New York Post contaba que el detective Walter Horton —con 20 años de experiencia en Poughkeepsie— estaba metido “en el caos de la zona de Wall Street” buscando al esposo desaparecido de la alcaldesa. Horton no era un investigador novato, pero el caso tenía algo que lo descolocaba: Juan trabajaba en Citibank, en el 111 de Wall Street, y el World Trade Center quedaba a unas 10 cuadras. ¿Qué hacía por allí? ¿Por qué?

Lo primero que revisaron fue lo básico, lo que hoy suena frío, pero en ese momento era una tabla de salvación: tarjetas de crédito, deudas, motivos para huir. Y nada. Según el Post, Horton no sospechaba “juego sucio” porque las tarjetas de Juan no se habían usado desde el 11 de septiembre. Tampoco había deudas, ni una razón clara para abandonar a su esposa de 37 años y a sus cuatro hijas, que entonces tenían entre 21 y 34.

Colette, mientras tanto, vivía en dos mundos a la vez. Por un lado, la ciudad: el presupuesto que vencía el 15 de octubre, actos públicos, incluso una ceremonia de juramentación de bomberos. Por el otro, la angustia doméstica: llamadas a hospitales, gestiones, la esperanza terca. “Mi esperanza es que esté en algún hospital con otro nombre y quizá no pueda comunicarse”, dijo, citada por el New York Post.

Siguiendo pasos, como antes

El rastreo fue “a la vieja usanza”, decía el periódico: con trabajo de calle, con preguntas, con zapatos gastados. Horton y el oficial Matthew Nataro se montaron en el tren Metro-North de las 6:27 a.m. desde Poughkeepsie, preguntando a pasajeros, mostrando un volante con la foto del programador.

El New York Times aporta una pieza que parece pequeñita, pero en estos casos es oro: el último acto “aparente” de Juan quedó registrado por la Autoridad Metropolitana de Transporte. Su tarjeta de metro fue pasada por el torniquete en Grand Central Terminal a las 8:06 a.m. del 11 de septiembre. Su parada habitual era Wall Street, a dos cuadras al sur de las Torres.

Horton lo explicó con claridad en el Post: sabían que Juan no llegó a su oficina porque para entrar al edificio debía pasar una tarjeta y no había registro. “Así que en algún punto entre Grand Central y su lugar de trabajo es donde estamos concentrándonos”, dijo.

Y ahí empieza la película rara: un hombre que llega a Grand Central, que entra al metro, y luego… nada. Solo ruido, humo, sirenas, la ciudad partida.

Un nombre sin conexión “conocida”

El Times subraya algo que lo vuelve todavía más extraño: entre unas 2 800 víctimas, Juan Lafuente era de los pocos que no tenían una conexión conocida con el Trade Center. Incluso los defensores de personas sin hogar sabían cuáles de ellas frecuentaban las torres; incluso los inmigrantes indocumentados tenían familiares que sabían dónde trabajaban. En el caso de Juan, no.

El detective Horton, con ese ojo “entrenado para lo inesperado”, mantuvo abierto el caso de persona desaparecida. “No quiero enterarme dentro de seis meses de que está viviendo en las Bahamas”, dijo al Times. Y la frase suena casi a chiste negro, pero no lo es: Horton recordaba otros casos en los que la verdad tardó meses en salir, como cuando la policía encontró cuerpos enterrados de prostitutas desaparecidas que terminaron con la condena de un asesino.

La vida de antes: rutina, distancia, silencios

Juan había crecido en Cienfuegos y, según contó su esposa, escapó de Cuba “justo antes” de la revolución de 1959. Colette Mericle era de Indianápolis. Se conocieron en un bar de Poughkeepsie en abril de 1963: ella estudiaba en Vassar, él trabajaba en la famosa empresa tecnológica IBM. Se casaron en 1964 y, en los cinco años siguientes, lograron sacar de Cuba a su madre, su hermana y su hermano. Tuvieron cuatro hijas: Cynthia, Christine, Ruth y Catherine.

“Fue un buen matrimonio”, dijo Colette al Times. Pero también estaban, muchas veces, separados por el ritmo de la vida. Ella trabajaba en el ayuntamiento y como profesora de secundaria. Él hacía un viaje diario de cinco horas entre su casa de Poughkeepsie y su oficina en Wall Street.

La imagen que deja el Times es durísima por lo cotidiana: “la vida tenía un impulso brutal e imparable, como un tren que va demasiado rápido como para saltar”. Y Colette lo resumió sin adornos: “Él se levantaba a las 5 de la mañana y yo me levantaba a las 5… Los dos llegábamos tarde a casa. Al día siguiente empieza todo de nuevo”.

Pistas, rumores y un desayuno gratis

En medio de la incertidumbre, surgieron hipótesis. Las hijas sugirieron que quizá vio la torre en llamas y fue a ayudar, porque era jefe de seguridad contra incendios en su oficina. Pero la policía aclaró que su rol realmente era más bien administrativo: asegurarse de que todos evacuaran.

También apareció una teoría extraña, casi absurda, pero que el Times narra con detalle: una feria comercial, el Risk Waters Financial Technology Congress, que se celebraba el 11 de septiembre en el piso 106 de la torre norte. Habían repartido volantes en la oficina de Juan, pero ni él ni sus colegas se registraron para participar.

Entonces Colette sugirió algo que, por increíble que parezca, sonaba posible: quizá lo atrajo la comida. Dijo que Juan era tan ahorrativo que recogía su periódico de un contenedor de basura. “Era un desayuno gratis… y Juan, ya sabes, si había una oportunidad de un buen desayuno en un gran lugar y el precio era el adecuado, él iba”, declaró en corte.

El problema es que esa idea se sostenía en un testimonio sin corroborar. El dueño de un establecimiento gastronómico, Mario Colantuono, dijo que un cliente, Barry Horowitz, había escuchado a Juan comentar que iba a una reunión en las Torres.

El duelo sin cuerpo

Con el paso de las semanas, la esperanza se volvió una mezcla rara de fe y miedo. Colette seguía revisando tarjetas de crédito, esperando —o temiendo— ver un movimiento. Hubo un servicio memorial el 20 de octubre, impulsado por amigos. Ella incluso se resistió a publicar una breve reseña biográfica en Portraits of Grief de The New York Times; un amigo dijo que no se reconciliaba con la idea de su muerte.

A mediados de diciembre, inició el proceso para declararlo muerto bajo una ley estatal que exigía probar que la persona estuvo expuesta a un peligro específico. No hubo coincidencia de ADN.

Finalmente, encontramos un documento firmado por la Corte de Sucesiones del condado de Dutchess (Nueva York), fechado el 15 de mayo de 2002, sobre la solicitud para declarar la muerte de Juan M. Lafuente. La petición, presentada por su esposa Colette, pedía dos cosas: que el tribunal declarara que Lafuente murió el 11 de septiembre de 2001 y que se le permitiera a ella iniciar el proceso de sucesión de un testamento firmado por él el 30 de junio de 2000. Tras una audiencia con testigos (incluida la propia Colette, una hija adulta, Barry Horowitz y el detective Walter Horton) y la revisión de evidencias documentales —como artículos de prensa y un informe investigativo exhaustivo— el tribunal concedió la solicitud.

En esencia, la corte concluyó que, aunque no se recuperó el cuerpo ni hubo coincidencia de ADN, existía evidencia circunstancial “clara y convincente” de que Lafuente estuvo expuesto a un “peligro específico de muerte” el 11-S, tal como permite la ley EPTL 2-1.7(b).

El juez consideró probado que ese día Lafuente se desvió de su rutina, tomó un tren temprano, usó su tarjeta de metro temprano en la mañana y quedó a pocos minutos del World Trade Center antes del impacto del primer avión.

Después de una búsqueda diligente sin resultados y sin una explicación razonable alternativa para su ausencia, la corte determinó finalmente que Lafuente murió el 11 de septiembre de 2001 y autorizó a su esposa a tramitar la sucesión del testamento.

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