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Mudarse de país no es solo cambiar de dirección. Es cambiar de ritmo, de clima, de gente, de idioma… y, muchas veces, de la manera en que uno se mira por dentro. Por eso llama tanto la atención lo que está haciendo la actriz cubana Alicia Hechavarría en Dinamarca, donde vive desde hace un tiempo junto a su esposo, Yaniel Felizola. No es la típica historia de “me fui y ya”. Es más bien una reinvención en voz baja: con proyectos, con comunidad, con teatro… y con esa mezcla rara de nostalgia y ganas que te da cuando empiezas de cero.
Alicia, nacida el 15 de agosto de 1989, se hizo de un nombre rápido en Cuba, porque talento tenía —y porque la cámara la quería, vamos a decirlo así. También porque viene de una familia donde el arte se respira: es hija del actor Fernando Hechavarría, uno de los rostros más respetados y premiados de la actuación en la Isla. Pero ojo, que lo suyo no fue “apellido y ya”. Alicia se ganó su lugar trabajando, probándose en cine, teatro y televisión, y metiéndose en personajes que mucha gente todavía recuerda.
En la gran pantalla debutó joven, en Ciudad en Rojo (2009), dirigida por Rebeca Chávez. Y luego llegó uno de esos papeles que te cambian el mapa: el protagónico de Fábula (2011), bajo la dirección de Lester Hamlet, interpretación que significa su trabajo más aclamado en el cine. Después siguió sumando títulos que, para el público cubano, son casi parte del álbum familiar: Sumbe, Sergio & Sergei y Los buenos demonios, entre otras.
En televisión, sin embargo, fue donde más se le vio. Se convirtió en un rostro muy querido de telenovelas y series juveniles, con producciones como Mucho Ruido, Adrenalina 360, Vidas cruzadas, El rostro de los días, Tú, Asuntos pendientes y Regreso al corazón. Y si eras de los que se sentaban a ver la novela con la familia, seguro en algún momento la viste entrar en escena y alguien comentó algo —porque en Cuba la gente comenta la novela como si fuera deporte nacional.
Pero hay un dato que a veces sorprende a quien solo la ubica por la actuación: Alicia se graduó como licenciada en Psicología en la Universidad de La Habana en 2013. Y eso, aunque parezca “otra cosa”, se le nota. En la manera en que habla del trabajo con niños, por ejemplo, o en cómo entiende el escenario como un lugar para expresarse, para conectar, para sanar incluso. Fuera de los sets también se le conoce por su compromiso con la protección y el bienestar de los animales, una causa que ella ha defendido con constancia.
A finales de diciembre de 2025, Alicia contrajo matrimonio con Yaniel Felizola y reubicó su residencia en Dinamarca. Y aquí viene lo interesante: lejos de desaparecer o quedarse en pausa, desde Copenhague ha seguido vinculada al arte, pero desde otro lugar. No solo como actriz esperando un casting, sino como creadora de espacios, como puente cultural, como alguien que entiende que la comunidad también se construye.
En ese camino aparece DeaKínO, un espacio de pódcast que ella ha impulsado para conectar con migrantes. La idea, según se ha ido viendo, es simple y poderosa: compartir historias de migración, cultura y arte. Porque cuando tú estás lejos, escuchar a otro que pasó por lo mismo —o parecido— te aterriza. Te recuerda que no estás solo. Y, de paso, te devuelve un pedacito de casa.
Y no se quedó ahí. Recientemente, Alicia compartió en sus redes que está esperando a niños de 5 a 9 años en sus clases de teatro, auspiciadas por la asociación Los Cervantitos, formada por familias hispanohablantes residentes en Dinamarca. La invitación tiene un tono precioso, de esos que dan ganas de apuntar al niño (o de colarse uno mismo): los espera para “jugar, imaginar y descubrir juntos la magia del teatro”.
Ella misma explicó que en sus clases los pequeños “aprenden a expresarse, estimulan su imaginación, fortalecen su confianza y desarrollan habilidades para comunicarse y trabajar en equipo… ¡mientras juegan y se divierten!”. Y ahí hay algo clave: el teatro como juego, no como presión. Como un lugar donde un niño tímido puede hablar un poquito más alto, donde uno que no se concentra puede canalizar energía, donde otro aprende a mirar al compañero y escuchar. Cosas que parecen pequeñas… pero que se quedan.
En el fondo, esta etapa de Alicia en Dinamarca se siente como una mezcla de continuidad y cambio. Continúa el arte, continúa la vocación, continúa esa sensibilidad que la gente le reconoce. Cambia el escenario: ahora es nórdico, con otros códigos, otras rutinas, otro frío. Pero ella no está esperando a que “le pase” la vida. Está armando su propio espacio, creando comunidad, sembrando teatro en niños que crecen entre idiomas, y manteniendo vivas —a su manera— las raíces cubanas y latinas.
Y eso, en tiempos donde tanta gente se va y se siente arrancada, tiene algo bonito: la idea de que uno puede moverse de país… sin dejar de ser uno mismo.
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