Joven actriz en Cuba que trabaja como dependienta, se desahoga: “Me he planteado dejar la actuación”

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Dejar la actuación. Decirlo así, en frío, suena como cerrar una puerta grande. De esas que pesan. Pero a veces la idea aparece sin pedir permiso, sobre todo cuando llevas tiempo empujando y empujando… y la vida te responde con silencio.

Eso fue lo que contó Lizt Guerra Cabrera, una joven actriz cubana de 22 años, en un video que subió a su Instagram y que, en pocas horas, terminó tocando una fibra sensible en muchísima gente. No porque sea un “drama” de película, sino porque se siente real. De los de a pie. De los que pasan mientras el mundo sigue girando.

Lizt lo dijo sin maquillaje emocional, como quien se sienta en el borde de la cama y suelta lo que lleva atragantado: “Me he planteado un millón de veces dejar la actuación porque es frustrante”. Y ahí mismo te das cuenta de que no estaba buscando likes por buscar. Estaba hablando desde un cansancio que se acumula.

En el mismo video contó algo que, para cualquiera que haya perseguido un sueño en Cuba, suena familiar: trabaja como dependienta en un bar. Y no lo dice con orgullo fingido ni con pose de “mira qué fuerte soy”. Lo dice con honestidad, incluso con molestia: “Yo detesto la gastronomía con todas las fuerzas de mi corazón”. Es una frase dura, sí, pero también es transparente. Porque lo triste —como ella misma remarca— no es trabajar, sino sentir que no puedes vivir de lo que de verdad te mueve.

“Es triste, es triste porque yo no puedo vivir de lo que a mí me gusta hacer”, repite. Y esa repetición no es casual. Es como cuando uno vuelve al mismo punto porque ahí es donde duele.

Ahora, lo interesante es que Lizt no se queda en el lamento. No se pone a culpar al universo ni a decir “ya, hasta aquí”. Más bien se agarra de una idea que suena a regla de supervivencia: “Las oportunidades no caen del cielo y el camino hay que construirlo y hay que trabajar y hay que luchar”. Lo dice rápido, como si lo tuviera ensayado de tanto repetírselo a sí misma.

Y suelta una verdad incómoda, pero muy humana: a veces toca hacer cosas que no son exactamente lo que quieres… “pero en pos de hacer lo que nosotros sí somos”. Esa frase tiene algo de pelea interna. Como si estuviera negociando con la realidad sin rendirse del todo.

Hay un momento que se queda dando vueltas: “Yo en un bar no voy a lograr nada como actriz, pero quizás en las redes sí”. Y ahí está el giro. Porque hoy, para muchos artistas jóvenes, las redes no son solo “un extra”. Son un escenario. Un casting permanente. Un lugar donde, con suerte, alguien te ve, te escucha, te escribe, te recomienda. O al menos te recuerda.

Lizt lo resume con una sencillez que desarma: “Con intentarlo no pierdo nada”. Y sí, suena a frase pequeña, pero detrás hay una decisión grande: no quedarse quieta.

Después del primer video, llegó otro. Y ese segundo clip tiene un tono distinto, como de alivio. Como si el apoyo recibido le hubiera dado un poquito de aire. “Nunca pensé recibir tanto apoyo como el que me han dado en el último video”, dice. Y se nota que le sorprendió. Porque cuando uno se abre así, sin armadura, siempre existe el miedo de que te caigan arriba. De que te digan “ay, deja las quejas”. Pero no.

En ese mismo mensaje, Lizt cuenta de dónde viene: “Soy de Camagüey y yo dejé mi casa, dejé mi familia, dejé mi zona de confort y vine a vivir a La Habana para abrirme paso en la actuación”. Esa imagen es clarita: una muchacha joven, con una maleta (aunque sea mental), llegando a la capital con la idea fija de que, si quiere actuar, tiene que estar donde pasan las cosas.

Y entonces suelta una frase que explica por qué el video conectó tanto: “Cuando la gente se siente identificada con lo que tú estás diciendo, eso no tiene comparación con nada y para mí es innegociable”. Ahí no está hablando solo de actuación. Está hablando de sentido. De propósito. De sentir que lo que haces le llega a alguien.

Por eso, cuando remata con “si estoy probando también por las redes es porque no quiero sentir que me quedó algo por hacer”, no suena a estrategia de marketing. Suena a necesidad. A esa vocecita interna que te dice: intenta una vez más, aunque sea por orgullo, aunque sea por paz.

Lizt no es un nombre salido de la nada. Ha formado parte de la Comunidad Creativa Nave Oficio de Isla, un proyecto con sede en los Almacenes San José, en plena Avenida del Puerto de La Habana Vieja. Un lugar que, para quien lo conoce, tiene algo de taller vivo: gente creando, ensayando, sudando, inventando.

Dentro de ese entorno participó en la puesta en escena de Ruakh, dirigida por Robert D. Luciano. Y hace cuatro años también formó parte del corto de ficción Cuando ladran los perros, del mismo director. O sea, que su relación con el arte no es un capricho de temporada. Viene trabajándose, paso a paso.

Quizás por eso su desahogo pega: porque no habla desde la fantasía de “quiero ser famosa”, sino desde la realidad de “quiero vivir de lo mío”. Y eso, en Cuba, es una pelea diaria.

En el fondo, lo que Lizt puso sobre la mesa no es solo su historia. Es la de muchos: gente que ama algo con el pecho entero, pero tiene que pagar la vida con otra cosa. Y aun así, mira para adelante, respira hondo y se dice: bueno… vamos a intentarlo otra vez.

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