
La historia de Cuba está llena de hechos y personajes pintorescos, cuyas peripecias dan para todo tipo de textos y audiovisuales. Sin embargo, hay un tema tabú que desde siempre ha sido poco asociado a la Isla, y no por falta de casos.
Los asesinos en serie son un fenómeno que hemos visto mil veces en libros, series o películas extranjeras, pero está lejos de ser ajeno a la Mayor de las Antillas. Nombres como el de Jesús Aguilera, emigrante del Mariel que mató varias personas en el Nueva York de los 80, o recientemente Willy Suárez Maceo, quien cometió homicidios contra vagabundos en el Miami de 2020, son ejemplos claros de esto. Sin embargo, están lejos de ser los más notorios de todos.
Para empezar a conocer la historia de asesinos en serie más abarcadora de Cuba, hay que ir hasta el siglo XVIII, justo al 2 de abril de 1796, día en que nació en Málaga Francisco Rondán Rodríguez. De familia pobre y casi iletrado, de joven se fue a Barcelona, donde se enroló como tripulante de una de las naves que hacían la ruta de las Américas.
Según algunas fuentes, el jovenzuelo Rondán, que medía más de 1.80 metros y era bastante corpulento, se hizo a la mar a bordo de un buque de velas llamado Cabo de Hornos, el cual comerciaba entre el viejo y el nuevo mundo azúcar, café, caballos, maíz, herramientas, algodón, telas y otros enseres de valor, además de mover esclavos de forma ilegal.
Durante su primer tour por este lado del planeta, Rondán estuvo en Colombia, Venezuela, Panamá y Cuba, país adonde juró regresar a vivir algún día.
Tras regresar a salvo de aquella aventura, volvió a zarpar con el Cabo de Hornos, aunque esta vez no tendría tanta suerte. Cerca de las costas de Colombia, el barco fue asaltado y ocupado por piratas. En medio de la reyerta, Rondán salió a pelear, espada en mano, pero su batalla duró poco, pues pronto recibió un golpe que le cercenó de tajo la mano izquierda.
Tras este hecho, fue noqueado y terminó en el navío invasor junto a otros cinco compañeros. Tras ser curado, los trasladaron a Isla Tortuga, donde conoció a Carmen, su primera mujer. Además, Rondán aprovechó la oportunidad para sumarse a la tripulación del mismo capitán que lo había capturado.
En su primera incursión de piratería, fechada en 1824, el Manco viajó junto a sus nuevos colegas para saquear La Habana. Una vez perpetrada la fechoría, el barco pasó por el oriente del país y allí Francisco saltó al mar solo, luego de que su mujer, quien no sabía nadar, se negara a ir con él.
Rondán llegó a nado a la localidad holguinera de Gibara, donde consiguió trabajo como carpintero del astillero y recibió hospedaje en casa de una pareja española. Conocedor del valor que tenían los esclavos africanos, se dedicó a ahorrar casi todo su dinero con la idea de entrar lo antes posible en ese lucrativo negocio.
Tras un tiempo de estrechez económica, el Manco tuvo el monto suficiente para irse a Colombia a comerciar. De allá volvió con cinco esclavos. La primera venta la hizo a un rico comerciante local de nombre Casiano, y sacó hasta siete veces su inversión. En lo adelante los negocios fueron tan bien que Rondán dejó su trabajo en el astillero.
Con casi 35 años, en 1830, ya era un emprendedor establecido y decidió comprar dos inmuebles en el pueblo vecino de San Marcos de Auras —hoy Floro Pérez—, un sitio de paso, a medio camino entre Holguín y Gibara. Allí abrió hosterías e instaló un horno y una barbería para darle más valor al lugar.
Poco tiempo después de llegar a esa zona, Francisco se había hecho con todos los edificios que rodeaban a la hostería, para crear un complejo que él mismo llamó la Casa Larga. También quiso comprar las haciendas de la zona, pero los propietarios se negaron a vender.
Ante esta negativa, optó por el camino de la extorsión y el asesinato de algunos propietarios. Finalmente logró su objetivo y fue incluso más allá, pues comenzó a crear una red de pasadizos que conectaban toda la manzana.
Por una parte, logró crear una suerte de “centro comercial” donde se ofrecían varios servicios, que iban desde barberías, comida o caballerizas, hasta prostitutas. Con el tiempo, La Casa Larga se convirtió en un sitio de parada casi obligatoria para todos los viajeros que hacían la ruta Holguín-Gibara, o viceversa. No obstante, detrás de esta fachada de éxito, se ocultaba algo mucho más oscuro.
La poco conocida historia del asesino en serie cubano que estrangulaba a sus víctimas
El Manco, en confabulación con el barbero del lugar, solía invitar a los huéspedes que parecían más adinerados a una partida de cartas exclusiva, en un salón apartado del ojo público. Una vez allí, tras un rato de juegos, accionaba una trampilla oculta en el piso, mediante la cual enviaba al invitado a un sótano donde lo esperaba su cómplice para degollarlo y robarle las pertenencias valiosas que trajera. A continuación, lanzaba el cuerpo a un pozo en el que las ratas se encargaban de hacerlo desaparecer.
Después del homicidio, Rondán se dirigía a la habitación de la víctima, sustraía todo su dinero y continuaba apropiándose de los demás bienes y mercancías que estuviera transportando. Si alguien preguntaba por la persona desaparecida, solo se limitaban a decir que había seguido camino y listo.
El modus operandi que usaban con los clientes acaudalados era el más elaborado, pero no el único. Si Rondán no estaba para las cartas, solo esperaba que el huésped se durmiera y acudía a su cuarto junto al barbero, para eliminarlo ahí mismo y enviarlo luego al pozo.
Se calcula que, mediante estos métodos violentos, el Manco hizo desaparecer a más de un centenar de personas, cuyos paraderos quedaron como incógnitas para siempre. Mientras, él se hacía más rico cada día con sus múltiples negocios, incluida la trata, que lo llevó a ser dueño de cerca de 800 esclavos, a quienes mantenía viviendo en casuchas insalubres y mandaba reprimir al menor intento de rebelión.
El estatus que alcanzó lo llevó a construirse una enorme mansión en Holguín a la que llamó Casa Rondán. Allí se instaló con su mujer, quien vino desde Barcelona con sus seis hijos.
En el campo, siguió imponiendo su mano dura entre esclavos y chinos que tenía como trabajadores asalariados, aunque no los trataba mucho mejor que al resto. En una ocasión, al descubrir los incendios provocados por los asiáticos en sus plantaciones, como represalia silenciosa por los maltratos, colgó vivos a varios enfrente del resto.
Su influencia llegó a ser tan importante, que en 1866 fue elegido como alcalde de Holguín. Al percibir el clima revolucionario que había en el país, ofreció su casa al coronel Francisco de Camps Feliú y a los colonos españoles que vivían en el área. De esta forma mostraba su “patriotismo” y, de paso, protegía su mansión.
Una vez iniciada la guerra, más de 600 personas armadas habitaban el lugar, ahora fortaleza, el cual empezó a ser llamado La Periquera por los insurrectos, como una burla a los uniformes multicolores de los españoles. Tras repeler varios ataques mambises, la casa fue sitiada durante seis semanas, hasta que los refuerzos ibéricos hicieron que los rebeldes se tuvieran que retirar. El señor Rondán fue condecorado con una medalla por sus actos heroicos.
En los años siguientes, se retiró a Gibara y rentó La Periquera a los españoles, quienes repararon y convirtieron el lugar en la sede del gobierno local. Tras años de beneficiarse de sus vínculos con criollos y realistas, murió en 1875, con 79 años en las costillas e impune por todos y cada uno de sus crímenes.
La Periquera es hoy el Museo Provincial de Historia de Holguín y, durante todos estos años, aún se cree que existe un túnel que lo conecta con la Loma de la Cruz. No obstante, este pasadizo sí existe, pero pertenece al primer acueducto de la ciudad, el cual traía agua desde el río Marañón.
A día de hoy, ya la Casa Larga no existe en Gibara, ni se sabe si realmente debajo de ella yazcan los cientos de esqueletos de las víctimas de El Manco Rondán. Se cuenta que aún en Floro Pérez y otras partes de Holguín, cuando la gente quiere referirse a algo muy negativo, dicen que es “más malo que el Manco Rondán”.
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