Rubén Araujo tiene ese tipo de “fama cubana” que no se mide por alfombras rojas, sino por algo más simple: tú dices su nombre y a alguien se le activa un recuerdo. Una canción, una escena, un uniforme escolar frente al televisor. Hace unos días, el actor se sentó a conversar en el podcast Háblate Asere (YouTube) y lo que salió de ahí fue una entrevista bien sabrosa, de esas que van de la nostalgia a la vida real sin ponerse pesadas. Con risas, con verdades, con pausas…
Lo primero que cuenta Rubén es que su camino no empezó con “padrinos” ni con una familia metida en el mundo artístico. Nada de eso. Todo arrancó en tercer grado, en Centro Habana, cuando en su barrio se creó una Colmenita para integrar a niños de familias vulnerables o con situaciones complejas. Y él —que, según dice, no encajaba exactamente en ese perfil— igual se apareció en la dirección de su escuela y pidió entrar. Así, sin pena. Con esa insistencia de niño que quiere algo y ya. Gracias a esa perseverancia empezó a participar en intercambios con la Colmenita central… y terminó quedándose dentro. Ahí se le abrió una puerta que, sin saberlo, le iba a cambiar la vida.
Y entonces llegó el salto grande: la televisión. Cuenta que él era un fiel seguidor del exitoso programa infantil La sombrilla amarilla, pero que nunca imaginó formar parte del programa. Cuando la producción hizo casting para la segunda temporada, él se presentó. Lo escogieron. Parece sencillo contado así, pero él lo describe como una decisión crucial: elegir entre seguir en La Colmenita, un proyecto ya reconocido en Cuba, o lanzarse a la TV con todo lo que eso implicaba. Era un niño, sí, pero tomando decisiones de adulto.
En esa parte de la entrevista se nota el cariño con que habla de aquella etapa. Dice que fue de las mejores de su vida, que no la cambiaría por nada. Y suelta un detalle precioso: el elenco se convirtió en una “familia de amigos”, tan fuerte que todavía hoy —cada cual regado por el mundo— mantienen contacto. Eso explica mucho del fenómeno: no era solo una serie, era una pandilla, una energía, un momento compartido.
También recuerda que la directora Mariela López fue clave. Rubén le da crédito directo a ella por su formación y por el éxito colectivo del programa. Y agrega algo que a muchos les va a sonar familiar: para poder estar en el proyecto había que rendir bien en la escuela. No era “fama y ya”. Había exigencia. Y, según él, eso no lo vivió como una carga, sino como una forma de mantener el orden mientras hacía lo que le gustaba.
Cuando los presentadores tocan el tema del impacto cultural, Rubén no se hace el interesante: reconoce que La sombrilla amarilla y Mucho ruido, otra gustada teleserie en la que participó años después, dejaron una huella profunda en varias generaciones. Hay gente que todavía hoy las menciona como si fueran un lugar de la infancia, un barrio al que uno vuelve con la mente cuando la vida se pone dura. Y Rubén fue parte de eso.
Después de esa etapa, su carrera en Cuba se diversificó. En la entrevista menciona que participó en teleplays, que trabajó en cine con Humberto Solás, y que estuvo en proyectos como Claro Clarita, además de programas en el Canal Educativo, espacios musicales y Qué vuelta verano en Canal Habana. O sea: no se quedó “pegado” a un solo personaje. Iba probando, moviéndose, buscando.
Y con Mucho ruido pasó algo curioso: no solo actuó, también formó parte de un grupo musical derivado de la serie junto a otros compañeros. Eso es muy de aquella época: la TV juvenil que se convertía en música, en giras, en gritos, en posters pegados con cinta en la pared. Rubén lo cuenta como quien recuerda una locura bonita.
Pero la entrevista no se queda en el “antes”. En un momento, Rubén habla de la realidad de trabajar en la televisión cubana: dice que para tener estabilidad había que diversificarse, meterse en otras cosas, como conducir espectáculos, animar eventos… incluso animar fiestas. Lo dice sin queja dramática, más bien como una verdad práctica: “si tú querías vivir de esto, tenías que resolver”. Y él resolvió. Condujo programas y se mantuvo activo.
Luego viene la parte más personal, y ahí la conversación cambia de temperatura. Rubén cuenta que emigró hace unos 6 años y aclara que no fue por una sola razón traumática. Fue por amor. Se enamoró de la que hoy es la madre de su hijo y decidió venir a España. Lo dice así, directo, como quien sabe que a veces la vida se mueve por cosas simples que te cambian el mapa entero.
Eso sí: también reconoce que emigrar y empezar de cero en un país ajeno ha sido un reto constante. Aprendizajes, golpes, pandemia lejos de los suyos… y la sensación de estar armando una vida nueva con piezas que no siempre encajan rápido. Allá, comenta, la actuación es competitiva, y para un actor que viene de fuera no es fácil que se le abran puertas. Él está en esa búsqueda, esperando la oportunidad para volver a hacer lo que le apasiona.
Y ahí suelta una confesión que tiene gracia: dice que apenas publica en redes porque es “zurdo” para eso, se le da fatal, no entiende los algoritmos ni el detrás de escena, ni sabe bien cómo mirar el impacto de lo que publica. Los presentadores del podcast lo empujan con cariño: “tienes que volver”, “tienes que reconectar”, “tienes que profesionalizar tu marca personal”. Y Rubén, sin ponerse en pose, admite que está dispuesto a aprender, a organizarse, a “jugársela” en esta etapa.
En medio de todo eso, aparece la paternidad como el centro de su vida. Rubén dice que el nacimiento de su hijo ha sido de las mejores cosas que le han pasado. Y por primera vez en público menciona que su niño, Mario, tiene autismo. Lo explica con cuidado: no es severo, y mientras más se acepte la condición, más feliz puede ser el pequeño. Habla de responsabilidad, de prioridades que cambian, de madurar a la fuerza… y uno lo escucha y entiende por qué, a veces, la carrera se pone en pausa sin que eso signifique rendirse.
Y sí, también dice algo que a muchos les va a gustar: que le encantaría retomar la actuación, pero haciendo personajes distintos, incluso papeles de malo, de perverso, de esos que te permiten sacar otra energía. Sería interesante verlo. Porque el niño de la TV creció, vivió, se fue, volvió a empezar… y ahora está en ese punto donde mira para adelante y piensa: “ok, ¿qué viene ahora?”.
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