
En el año 2000, Coco Freeman era uno de los cantantes más populares de Cuba. Su pasado en Adalberto Álvarez y su Son, y el entonces presente con NG La Banda, lo habían colocado en el sitio más alto al que aspira un artista nacional. Sin embargo, detrás de lo que todos veían, este hombre, cristiano evangélico desde su adolescencia, vivía una profunda crisis existencial.
“Había logrado en apenas diez años estar en la cúspide de la fama en Cuba y había conocido tanto el país como el extranjero. Sin embargo, me había deteriorado por dentro porque el mundo de la farándula es un mundo difícil y de mentira. Todo es abrazos y sonrisas, pero cuando se cierra la cortina del show, empieza tu show personal. Empecé a sentirme solo y decepcionado de gente que pensé que eran mis amigos. También con mi esposa, madre de mi hijo de 30 años, habíamos decidido divorciarnos.
“En medio de esa crisis sentí que lo único que servía era mi carrera. De contra, me enfermé de dengue hemorrágico y tuve hepatitis. Entonces decidí hablar con Dios y tuve una reconciliación, un reencuentro con él y, al sentir su respuesta y abrazo, de un día para otro mi estado de ánimo cambió, a pesar de que aún estaba enfermo. Cuando me recuperé físicamente, fui otro Coco Freeman y hasta pude restaurar mi relación con mi esposa”, relató Freeman recientemente en el podcast Gracias Porvenir.
Tras ese lapso tan complicado, en 2003 Coco cerró su etapa en NG La Banda e inició su carrera como solista. “Tuve que hacer ajustes. Uno de los ellos fue irme de la orquesta, porque allí yo era un soldado que hacía lo que decía el capitán de la orquesta, quien elige el repertorio, entre otras cosas. Entonces, a veces tenía que cantar cosas que chocaban con mi fe (…) Nunca más canté cosas que tuviera una palabra de depravación o que hablara tanto de odio. Era mejor cantar canciones de amor”.
(…) “Aproveché que El Tosco iba a hacer unos cambios en la orquesta y le planteé que quería irme solo y probarme. Le agradecí por todo, incluidos los cheques que me siguió mandando cuando estuve enfermo de gravedad. Además, él me dijo: ‘si te va mal, aquí tienes tu casa’”, reveló Coco a comienzos del pasado mes de junio en entrevista con Robert Santiago.
En 2010 estuvo Chile y representó a Cuba en el 51mo. Festival Internacional de la Canción de Viña del Mar. Allí, frente a los miles de espectadores que coparon el Anfiteatro de la Quinta Vergara, quedó entre los tres finalistas, gracias a su interpretación del número Para vivir, original de Pablo Milanés.
“Ese público es uno de los más difíciles del mundo. Le dicen el monstruo de la Quinta Vergara. Si con las tres primeras notas, tú no lo convences, te gritan ‘fuera’. Yo dije ‘vengo a hacer mi trabajo’ lo que yo hago todos los días. Silvio y Pablo son muy amados allá y apenas dijeron de qué país venía, la gente empezó a aplaudir”, refirió hace poco sobre aquel momento.
El Coco más musical
Coco Freeman nació en el municipio santiaguero de Palma Soriano y, aunque fue bautizado como Francisco José Freeman, el apodo que le puso su madre, quien de pequeño le llamaba Coquito, luego “creció” con él hasta convertirse en su marca registrada.
Nunca fue a escuela musical alguna, aunque ha dicho que le hubiera gustado tener esa formación y experiencia. Según él, el fatalismo geográfico le jugó una mala pasada en ese sentido.
En el año 90 fue convocado por el grupo Girón, perteneciente al movimiento de la Nueva Trova. En la banda habían cantado antes Augusto Enríquez y Elba Rosa Castellanos, lo cual significó un reto enorme para el entonces debutante.
Una vez en La Habana, se mantuvo con la banda varias temporadas y fue haciéndose una reputación entre el mundillo de la música popular bailable. Varios directores lo contactaron, pero su momento llegó en 1994 cuando recibió el llamado de Adalberto Álvarez.
Con el Son de Adalberto estuvo solo dos años, pero tuvo el honor de que el maestro compusiera canciones exclusivamente para él, como fue el caso de Cómo podré olvidarla.
“Años después nos juntamos de nuevo para grabar los discos homenaje a Arsenio Rodríguez y Rumbavana, y él me dijo ‘tú sabes que yo nunca le monté ese tema a ningún otro cantante que tuve, porque como tú la cantaste, no la iba a cantar nadie’”, contó Coco en el citado podcast.
Freeman se fue de la orquesta del Caballero del Son por razones que, según él mismo ha dicho “no vale la pena contar”.
“El trabajo era muy bueno y directamente con Adalberto nunca hubo problemas, pero llegó un momento en que ya me quise ir. Después, inclusive, trató de que yo regresara, pero yo tengo una característica, que a lo mejor es mala, pero cuando yo tomo una decisión y me voy de un lugar, no regreso”.
En aquel momento entró en escena José Luis Cortés, más conocido como “El Tosco”, quien años antes se había interesado en el “fichaje” del vocalista para NG La Banda.
“Conversamos y nos pusimos de acuerdo un martes y el viernes me fui con ellos para Colombia. Él me dijo ‘no te preocupes, yo te pongo a hacer algo’, y recuerdo que me hizo un arreglo espectacular de Lágrimas negras. Mi etapa con El Tosco la disfruté mucho porque él me conoció mejor, me sacó más partido y me llevó a descubrir dotes como artista que yo no sabía que tenía”.
Durante los siete años y medio que estuvo con la orquesta del músico villaclareño, grabó temas como Cangrejo (Dicen los babaláos), donde, además de interpretar la canción, demostró sus dotes histriónicas al hacer varias voces que pusieron un sabor especial a aquella composición.
“Carlos Más escuchó el tema un día, de casualidad, estando conmigo y con José Luis, y le dijo que iba a ser un hit. José Luis lo tiró a bonche diciéndole que esa canción había sido una ‘chivadera’ de nosotros, pero Carlos le dijo que lo dejara probarlo en Radio Progreso. Se llevó la canción y estuvo poniéndola varios días y pidiéndole a la gente que adivinaran la orquesta y el cantante, sin obtener ni una respuesta correcta. Al final, después de una semana, cuando ya el tema estaba pegado, fue que reveló de quién era. A partir de ahí el Cangrejo se pegó tanto que teníamos que hacerla dos y tres veces en cuanto pueblo íbamos a tocar”.
Otro de los hitos de su carrera fue su participación, ya durante sus años de solista, en el disco Rythms del Mundo (Universal Music, 2006), en el que varios artistas internacionales colaboraron con colegas cubanos y versionaron sus temas en clave de son y otros ritmos afrocubanos. En ese aclamado álbum, Coco cantó dos temas: I Still Haven’t Found What I’m Looking For, junto al grupo de rock irlandés U2, y también The Dark of the Matinee, en featuring con la banda escocesa de Franz Ferdinand.
Freeman ha confesado tener como referentes a sus compatriotas Benny Moré, Lourdes Torres, Fernando Álvarez y Héctor Téllez, quien fuera su mentor cuando él empezó. Además, ha expresado su admiración por los boricuas Andy Montañés y Gilberto Santa Rosa, y por el panameño Rubén Blades.
Coco vive hace más de una década junto a sus hijos y esposa en Miami, Estados Unidos. “Vine a Estados Unidos por primera vez en 1998 y repetí en el ‘99 (…) Yo no tenía ganas de quedarme en ningún lado, pero mi hijo mayor me pidió que quería salir de Cuba y yo empecé a luchar por eso.
“En 2007 regresé a Estados Unidos, cuando empezó a invitarme la Iglesia Evangélica, que también me llevó a Puerto Rico y México. Hice muchas giras de varios meses durante años, hasta que en 2015 encontré una vía. Como tenía residencia mexicana, que me daba el derecho a sacar a mi familia, eso hice aquel año y vinimos luego para acá”, declaró hace unas semanas el artista antillano.
Tras vivir año y medio en Nueva Jersey, se trasladó hacia la urbe de la Florida, donde trabajó como electricista, constructor y chofer, mientras que se dedicó a la música dentro de su iglesia exclusivamente.
Hoy, el oriundo de la Tierra Caliente se presenta de forma asidua en escenarios como Bianco Bistro Café, Tower Road Ranch, Clandestino Club y Desafinado’s, espacios donde ofrece su arte y le sigue cantando al amor sin traicionar a su fe.
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