Hay recuerdos televisivos que en Cuba funcionan como una contraseña. Tú dices un nombre, alguien responde con una frase, y ya: se armó el debate en la sala, en el pasillo, en la cola del pan. Con El guardián de la piedra pasa algo así. Han pasado 20 años desde que se transmitió y, todavía hoy, basta con que alguien la mencione para que caiga la misma pregunta, medio en broma y medio en serio: “¿Esa no fue una de las peores aventuras que pusieron?”.
Porque sí, El guardián… llegó con expectativas. El espacio Aventuras todavía existía, aunque ya venía golpeado, y mucha gente quería creer. Era ese horario donde uno se sentaba a “viajar” sin moverse del sofá: espadas, persecuciones, misterios, villanos con nombres raros… lo que fuera, pero que te agarrara. Y, de pronto, aparece esta serie y empieza a levantar ruido. No ruido en el buen sentido, sino otro: el de la molestia.
El 12 de noviembre de 2006, Juventud Rebelde publicó un texto que ya desde el título decía bastante: Levanta críticas espacio de aventuras de la Televisión Cubana. La redacción recogía cartas de televidentes que estaban que echaban humo. Carlos Four, un estomatólogo guantanamero de 27 años, lo soltó sin anestesia:
“Les escribo para saber cuándo ustedes van a comentar sobre el espacio Aventuras y, en especial, de El guardián de la piedra, una serie que ha levantado tantas expectativas y, al final, me parece una burla a los jóvenes”.
Y no era el único. Erick Hernández Darias, desde San Agustín (La Lisa), estaba preocupado por algo que hoy suena casi profético: la presencia de publicidad demasiado evidente dentro de la historia. Él describía escenas donde, durante un desplazamiento de cámara, se veía “un gran cartel anunciando el detergente OMO”, o personajes tomando refrescos “TuKola —muy bien colocadas las laticas para que la marca se vea…”, o cajas con etiquetas visibles descargándose en un almacén. Y se preguntaba, con toda la lógica del mundo:
“¿Acaso todos estos ejemplos son casuales o forman parte de una utilería inocente…? No lo creo”.
Pero su carta no se quedaba en eso. También señalaba la violencia explícita sin advertencia en un programa pensado para niños, y remataba con una duda que dolía más por el contexto: si todo ese “proceder” era para conseguir recursos y mejorar la calidad… entonces, ¿por qué el resultado no se veía?
En el mismo paquete de críticas aparecía el Dr. Raúl González Leal, pediatra de Santa Clara, insistiendo en que la serie “carece de mensajes para los niños y adolescentes” y cuestionando cómo se gastaban recursos en un guion que él consideraba desafortunado. Airel Pérez Suárez, por su parte, decía algo que muchos han repetido después: la historia podía ser buena, pero “no ha sido bien expresada ni bien actuada”. Y ahí entró un tema que, en aventuras, es casi sagrado: las peleas.
Airel se quejaba de “peleas que en lo absoluto han sido coreografiadas para que parezcan creíbles”, y ponía un ejemplo que uno puede imaginar sin esfuerzo: el actor con espada, pero moviéndose “más lento que un niño con espada de palo”. Esa imagen mental es cruel… y, al mismo tiempo, demasiado exacta.
Oscar Méndez Durán, desde Granma, lo llevó a la escena doméstica:
“El guardián de la piedra, eso es algo que ni mi niño, que tiene ocho años, se lo cree… Mi niño me pregunta y no sé qué contestarle”.
Y ahí está el golpe: cuando una aventura no convence ni al público que más fácil se deja llevar, algo se rompió.
Ese mismo día, Juventud Rebelde publicó otro texto, firmado por Randol Peresalas, titulado Guardianes de piedra, que intentaba ser justo: reconocía un valor cardinal —“entretiene”— y destacaba la imaginación del director y guionista, José Víctor Herrera, por recurrir a fórmulas probadas y mantener dinámica con puntos de giro. Pero luego venía el “sin embargo” que lo cambiaba todo:
“Sin embargo, la producción sepultó ese valor”.
Peresalas hablaba de “falta de rigor” en casi todos los renglones, de un trabajo con actores “particularmente deficiente”, de un elenco con demasiados improvisados. Decía, sin paños tibios, que solo se arriesgaba a darle crédito a Mariela Bejerano. Y también entraba en asuntos que, para una aventura, son la columna vertebral: personajes esquemáticos, villanos “desabridos”, y un problema grande con la verosimilitud.
Su crítica sobre el mundo ficticio era demoledora: locaciones improbables, falsas, “minadas por una publicidad chata y en extremo reconocible”, y un espacio geocultural sin lógica. “Saimanda es un lugar insólito”, escribía, “que ni en el mejor relato de J.R. Tolkien, es posible”.
A eso sumaba el “trucaje” primitivo y chapucero, y las escenas de lucha demasiado encartonadas y excesivas. Incluso advertía algo que muchos realizadores aprenden a golpes: el ritmo no se fabrica solo con cortes rápidos.
“Este proviene del interior de las escenas, no de su fragmentación”.
Con el tiempo, El guardián de la piedra terminó cargando una etiqueta pesada. Para algunos, fue de las peores aventuras transmitidas en Cuba. Para otros, fue una oportunidad desperdiciada. Y hay un dato que siempre vuelve, como un eco triste: fue de las últimas que llegaron a un espacio, Aventuras, que desde hace años no existe en la TV nacional.
Lo curioso es que la serie no se quedó en 2006. En Facebook y en otros rincones virtuales, cada vez que alguien la recuerda, llueven los comentarios: gazapos, incoherencias, escenas que dan pena ajena, momentos que parecen hechos “a la carrera”. Y, aun así, la gente la menciona. La discute. La revive.
Quizás porque, al final, Aventuras era más que un espacio: era una costumbre. Un punto de encuentro. Y cuando una serie fallaba en ese horario, no era solo “una mala producción”.
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