Héctor Noas habla de sus años más difíciles: durmió en terminales, funerarias y un garaje

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Héctor Noas lo contó sin adornos, como quien suelta una verdad vieja que todavía pesa. En una entrevista con Jorge Martínez para el espacio Todos Hablan (disponible en el canal de YouTube Cubamastv), el actor dijo que vivió 14 años en un garaje. Un garaje de carro, de esos a los que se le levanta la puerta.

Y uno se queda imaginando la escena: la puerta metálica subiendo, el eco, el olor a humedad, el calor pegajoso de La Habana… y él ahí, intentando sostener una vida y un sueño. Porque lo más fuerte no es solo el lugar. Es el tiempo. Catorce años no son “un bache”. Es una vida entera en pausa, o más bien, una vida empujada a la fuerza. Allí estuvo hasta 1995, según indica. Toda su primera etapa actoral, antes de volverse realmente conocido, la pasó en ese pequeño sitio.

Noas habló de ese lapso como se habla de una guerra personal. Dijo que desde que salió de Holguín con 16 años, lo suyo fue “pasar trabajo”. Pasar trabajo es dormir donde se pueda, comer cuando aparezca, aguantar.

En la entrevista, contó que llegó a dormir en terminales y hasta en funerarias. No es difícil imaginarlo: bancos fríos, luces que no se apagan, gente entrando y saliendo, y tú tratando de cerrar los ojos con el cuerpo tenso, como si el sueño fuera un lujo.

Y aun así, en medio de todo eso, él seguía con la idea fija de actuar. Noas explicó que tuvo que trabajar en la construcción durante meses para poder conseguir un puesto como custodio en el ICAIC, porque era “la única plaza” que se le ofrecía para vincularse a un organismo de cultura y así poder entrar al Instituto Superior de Arte.

Después vino otra parte dura: incluso ya graduado, siguió haciendo guardias nocturnas. “Ya incluso graduado… estuve 4 meses más haciendo guardias de noche”, contó. Es decir: diploma en mano, y todavía tocaba velar de madrugada. Esa es la clase de realidad que te baja de golpe cualquier romanticismo.

En un momento del mencionado diálogo, se detuvo y espetó: “si yo echo la vista atrás… no sé si yo podría volver a hacerlo”. Y esa frase, dicha por alguien que ya ha pasado por escenarios, sets internacionales y alfombras rojas, suena más fuerte todavía. Porque no está hablando un muchacho asustado. Está hablando un hombre que sabe lo que costó.

También dejó una idea que parece simple, pero es casi una filosofía de supervivencia: “Tú tienes que pensar que las cosas son circunstanciales, que son momentáneas… y que en gran medida depende mucho de ti que esa situación vuelva a pasar”. No lo dijo como “coach motivacional”, sino como alguien que aprendió a agarrarse de lo único que tenía: la voluntad.

Si uno mira su trayectoria, entiende mejor el contraste. Como publicamos en Cubalite en un trabajo anterior, su debut cinematográfico fue en Cecilia (1981), de Humberto Solás, como figurante sin parlamento. Venía de la Academia Naval, estudió para ser piloto de altura y terminó en el ISA. Un giro completo.

En ese texto también contamos que conocer a Enrique Pineda Barnet durante el rodaje de Cecilia fue un punto decisivo. De ahí salió la invitación a un curso de actuación en el ICAIC, y una relación que Héctor describió con una ternura rara en el medio: “fue mi maestro… mi gran amigo… mi padre…”.

Y mientras todo eso pasaba —cursos, castings, papeles, dudas— él seguía viviendo en aquel garaje. En Todos Hablan lo dijo claro: hizo trabajos importantes en esas condiciones. Hubo un año, 1989, en que llegó a cuestionarse si debía abandonar la profesión, hasta que apareció un personaje que le cambió el rumbo: ‘el polaco’ en la serie Algo más que soñar, dirigida por Eduardo Moya, la cual lo puso en el ojo de muchos realizadores y de gran parte del público.

Después, la lista creció: cine, televisión, teatro, y también España. En 1998 llegó a ese país y trabajó en producciones como Calle nueva, El comisario, Cuéntame cómo pasó y Hospital central. Y en años recientes, Noas ha estado en proyectos internacionales para plataformas como Amazon Prime y Disney+: Los Farad, Montecristo, El Grito de las Mariposas y más.

Pero lo que se queda pegado, lo que no se borra con ningún crédito en pantalla, es esa imagen inicial: un joven que salió de Holguín, durmió donde pudo, trabajó en construcción, hizo guardias de noche… y, cuando por fin encontró un techo, fue un garaje. Catorce años. Y aun así, siguió. A su manera. Con miedo, con cansancio, con hambre a veces… pero siguió.

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