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Severiano de Heredia no parece un personaje real, sino sacado de una novela que alguien olvidó contarnos. Nació en Cuba, hizo historia en París y, aun así, sigue siendo un desconocido para la mayoría.
Imagina esto: un niño mulato nacido en Cuba en 1836, en plena colonia, que termina convirtiéndose en el primer alcalde negro de París, ministro de la República Francesa y una figura clave en la construcción de la ciudad moderna, esa misma “Ciudad Luz” de la que vemos postales todos los días. Sí, suena a película.
De Matanzas a París: un niño “exportado” al futuro
Severiano de Heredia vino al mundo en Matanzas, hijo de Henri de Heredia y de Beatriz Cárdenas, una mujer mulata. Muy pronto su vida dio un giro radical: fue reconocido y adoptado por su padrino, Ignacio Heredia y Campuzano-Polanco, casado con la francesa Madeleine Godefroy, quien se lo llevó a Francia cuando apenas tenía diez años.
Piensa en ese niño: de las calles calientes de Cuba a los pasillos del Liceo Louis-le-Grand, una de las instituciones más prestigiosas de París. Ahí, rodeado de las élites francesas, Severiano se empapó de literatura, política, ciencia… y, sobre todo, de la idea de que la educación podía abrir puertas que el origen social intentaba cerrar.
Con el tiempo, obtuvo la ciudadanía francesa, en 1870. Ya no era solo “el cubano mulato” en París: era un ciudadano de pleno derecho, dispuesto a meterse en el barro de la política de la Tercera República.
Un político con cabeza fría y mirada larga
Antes de eso, Severiano había probado suerte como poeta y crítico literario, pero lo suyo, se ve, era pelear desde las instituciones. En 1871 publicó un ensayo político, Paix et plébiscite, donde pedía una salida democrática a la guerra franco-prusiana. No era poca cosa: Francia estaba hecha polvo, y él ya hablaba de paz, de urnas, de futuro.
En 1873 fue elegido miembro del Ayuntamiento de París por los barrios de Ternes y Plaine-de-Monceaux. Ahí empezó a construir, paso a paso, una carrera marcadamente republicana, radical y laica.
Seis años después, en 1879, llegó el momento histórico: fue elegido presidente del Consejo Municipal de París. En la práctica, el equivalente a alcalde de la capital. El único nacido en el continente americano en ocupar ese puesto y el primer alcalde afrodescendiente de una capital occidental.
El mandato era de solo seis meses y sin sueldo. Casi un servicio cívico de alto voltaje. Le tocó gobernar en condiciones extremas: el invierno de 1879-1880 fue brutal. Temperaturas de hasta 23 grados bajo cero, el famoso río Sena congelado, carreteras cortadas, medio metro de nieve bloqueando las calles. ¿Qué hizo Severiano? Ordenó contratar a 12 mil hombres sin trabajo para limpiar la ciudad y habilitar locales para alojar a personas sin hogar. Política social en modo acción, sin muchas vueltas.
Diputado, ministro y adelantado a su tiempo
Después de su paso por la alcaldía, su carrera no hizo más que subir. Fue elegido diputado por el distrito XVII, uno de los más poblados de París, y en 1887 se convirtió en ministro de Obras Públicas en el gobierno de Maurice Rouvier. Era la época en que empezaba a levantarse la Torre Eiffel; el país entero estaba redefiniendo su paisaje industrial.
Desde ese cargo, Severiano impulsó la modernización de infraestructuras y supervisó la construcción de carreteras que aún hoy se consideran entre las mejores del país. Y no solo pensaba en piedra y asfalto: fue un defensor temprano del automóvil eléctrico, un “ecologista” avant la lettre (adelantado) cuando esa palabra ni existía.
Su compromiso iba más lejos: fue masón activo, llegó a ser Gran Maestro y dirigente en el Gran Oriente de Francia. Desde ahí participó en el primer congreso francés por los derechos de las mujeres en 1878, defendió la educación laica, gratuita y obligatoria, la formación profesional y la creación de bibliotecas municipales. Creía en la escuela pública como ascensor social, en la cultura como herramienta de igualdad.
Racismo, silencios y olvido
Por supuesto, no todo fue aplausos. La prensa racista de la época lo atacó con saña. Periódicos como La Intransigeance lo llamaban “el negro del Elíseo” con intención de reducirlo a su color de piel, como si todo lo demás —su talento, su trabajo, su visión— importara menos. Aun así, sus colegas y buena parte del público lo respetaban lo suficiente como para confiarle responsabilidades una y otra vez.
Lo trágico es lo que vino después. Severiano murió en 1901, a los 64 años, de forma súbita, probablemente por meningitis o una congestión cerebral, según distintas crónicas. Fue enterrado en el cementerio de Batignolles. Y, con el tiempo, se hizo el silencio.
Durante décadas no tuvo calles con su nombre, ni bustos, ni grandes homenajes. Un hombre que fue alcalde de París y ministro quedó relegado a una nota al pie. Solo en años recientes, con investigaciones de historiadores y algunos gestos simbólicos —como nombrar una pasarela con su nombre— empezó a salir de ese olvido injusto.
De la biografía al escenario: entra Jorge Enrique Caballero
Y aquí entra el teatro, y entra Cuba otra vez. A 190 años del nacimiento de Severiano, Ritual Cubano Producciones anunció que llevará su vida a las tablas con el espectáculo Severiano de Heredia: Le fer et la lumière, protagonizado por el actor cubano Jorge Enrique Caballero, que desde hace tiempo continúa su carrera en España.
En sus redes lo definen así: un “visionario, hombre de luz y progreso”. La obra promete «honrar la vida del primer alcalde afrodescendiente de París, el ministro que electrificó la ciudad y el hombre que convirtió el prejuicio en avance». Dicho en corto: un tipo que tomó el hierro (las obras, la infraestructura, la modernidad) y lo cruzó con la luz (la educación, la cultura, la igualdad).
“Desde Cuba para el mundo, celebramos su legado, su fuerza y su historia —una historia que merece ser contada en grande, con arte, memoria y verdad”, adelanta la compañía. Y rematan con una imagen preciosa: “Muy pronto encenderemos las tablas para rendir tributo a quien iluminó caminos en tiempos de sombras”.
Hay algo casi circular en todo esto: un niño mulato que salió de Cuba para cambiar París… y casi dos siglos después, un actor cubano se sube a un escenario para devolverlo al lugar que merece en la memoria colectiva. No es poca cosa. Es, de algún modo, cerrar un círculo que nunca debió quedar abierto tanto tiempo.
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