Las bestias de Park Chan-Wook

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Fotograma de Stoker. Imagen: Fox Searchlight.

No has vivido nunca el lirismo de un orgasmo frente a un piano tocado a cuatro manos. Todavía menos al tempo minimal de Philip Glass.

No te culpo, son cosas de Park Chan-Wook.

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Al cineasta coreano habría que imponerle una medida cautelar para impedirle hacer esas películas obsesivas que se nos alojan debajo de las uñas y, al mordérnoslas, todo nos sabe a consecuencia, a sangre cuajada.

Quien vio The Vengeance Trilogy sabe qué sucede si se extrae un destornillador clavado en la aorta; cómo se arranca un incisivo con un martillo de carpintero; la forma en que la democracia actúa sobre la tortura…

En 2013, este director tomó Hollywood por asalto con su película Stoker, quizá la menos celebrada de su filmografía. Los seguidores del autor de Old boy (2003) no se conformaron con dos litros menos de sangre. Por eso el experimento occidental de Park Chan-Wook no convocó el fanatismo de sus groupies. Comoquiera, Stoker no falla en nada, es una cinta que, de inicio a fin, conserva todas las obsesiones de su creador: venganza, la sangre, esa violencia poética.

La extrañeza del público la provoca, quizás, el reparto de la cinta, los bellísimos ojos azules de los ejemplares caucásicos.

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India (Mia Wasikowska) tiene dieciocho años y la misma cantidad de zapatos; todos iguales: a dos tonos, blanco y negro. India: pelo a media espalda, suelto; castaño intermedio. La vemos así desde el minuto dos, en el funeral de su padre. En lo siguiente mantendrá un hábito de vestidos tobilleros y la locura comprimida en el rostro alrededor de los ojos glaucos.

—Uso el cinturón de mi padre alrededor de la blusa de mi madre, y zapatos que son de mi tío…

Si tienes en la retina la Pubertad, de Edvard Münch, imaginarás cómo luce India, cómo abre la boca el grito negro de su sicopatía.

Tiene una madre, Evelyn (Nicole Kidman), que usa el maquillaje de las damas fracasadas y mete la cabeza en el cubo de la depresión. A resaltar, su pelo, que provoca deseos incontrolables de comer zanahoria. Por lo demás, el papel de Kidman en la película es ese del florero en la esquina de la sala.

Hay, también, un tío Charles (Matthew Goddes), sicópata con la mirada fría de los puñales. Un tipo práctico, eso sí. Y experto en matar con cinturones.

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Deliciosa esa escena inicial donde la chica revienta una ampolla en su pie con el tallo de una hierba. No por la ampolla ni el pie. Todo va de un símil que podemos nombrar “imitación de la estatua”.

Stoker es una de esas películas para ver con cuidado. Es un campo lleno de símbolos y mensajes escondidos; el espectador debe detectarlos y unirlos para completar el desenlace de la cinta. Hablamos de uno de los sellos de Park Chan-Wook: esa manía del detective.

Todos, alguna vez, iniciamos una pesquisa. Él lo sabe.

La fórmula del thriller permite al cineasta surcoreano usar conductores de tensión bastante precisos. Ayudado de primeros y primerísimos planos, agudos, a elementos ínfimos —esa araña en las pantimedias, la mano descascarando un huevo, fijeza de los ojos— logra una narrativa perturbadora, estilo kafkiano, que es la base de la película —no sería la primera vez que toma un modelo literario. Pocos saben que Thirst (2009) es una película de vampiros inspirada en la Thérèse Raquin de Émile Zola.

De la fotografía diré poco: es la clave de acceso y punto de fuga a la vez. Todavía no sé cómo un fotógrafo surcoreano pudo dominar la luz del sol en Nashville, sur estadounidense. Supongo hay pocas cosas en el cine imposibles para Chung-Hoon Chung, artífice de la magna Old boy.

Atentos al recurso de la lámpara en el minuto 21, a la escena nocturna en el tiovivo, minuto 52…

Y a esas excelencias del montaje que es el difuminado, por ejemplo, la forma calmada y leve en que el cabello se convierte en hierba.

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Que los tres protagonistas de Stoker tuvieran los ojos azules, puede considerarse un hecho fortuito en otras circunstancias. No en una película de Park Chan-Wook.

A la hora y 34 minutos, luego de cinco cadáveres y medio litro de sangre salpicada sobre flores silvestres, nos queda esto: las bestias también tienen ojos azules.

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