Cuando pensamos en la lucha libre, más allá del deporte olímpico, la mayoría de hispanohablantes conocen poquísimo sobre la existencia de una versión de esta disciplina, que consiste en campeonatos y combates coreografiados y guionizados entre supuestos atletas que compiten en busca de gloria sobre el ring.
Surgido a finales del siglo XIX en Estados Unidos, este espectáculo alcanzó escala mundial en los años 80 del siglo pasado con el ascenso de la World Wrestling Entertainment, conocida por sus siglas de WWE. Si bien entre los nombres más conocidos se cuentan los de Hulk Hogan, The Rock (Dwayne Johnson), The Undertaker, Triple H, Steve Austin, John Cena o Rey Misterio, también durante décadas ha habido mujeres que lograron destacar en este mundillo.
En 2017, Netflix estrenó una serie que tendría tres temporadas de diez episodios, durante los cuales contó la historia —bastante ficcionalizada— de un grupo de luchadoras que, tiempo atrás, labraron su propia historia con acrobacias y rivalidades que resonaron años después.
GLOW, acrónimo para Gorgeous Ladies of Wrestling (Hermosas damas de la lucha libre), es un show creado por Liz Flahive y Carly Mensch, y producida por Jenji Kohan, la mente maestra detrás de la exitosa Orange Is the New Black. El centro de este relato, inspirado en hechos reales, es la susodicha promoción de lucha libre femenina, fundada en 1986 por David B. McLane, y activa durante cuatro temporadas en televisión.
Las grandes protagonistas son Alison Brie (Community, Mad Men) y Betty Gilpin (Nurse Jackie, American Primeval) como Ruth Wilder y Debbie Eagan, respectivamente. Este par de amigas y artistas desempleadas se distancia cuando Debbie se entera de que su marido la engañó con Ruth. Sin embargo, será esa “rivalidad” lo que aprovechará el director del GLOW, un cineasta de serie B llamado Sam Sylvia (Marc Maron), para crear unos personajes que las definirán sobre el ring.
Muy a tono con la Guerra Fría, Ruth se convierte en la villana (heel) soviética Zoya La Destroya, enemiga acérrima de la Liberty Belle que encarna Debbie en representación del “bien” (face), o sea, de los Estados Unidos.
Ambas serán las grandes estrellas del show que montan Sylvia y el productor Sebastian “Bash” Howard (Chris Lowell), joven millonario que decide usar su fortuna para apoyar GLOW y así cumplir uno de sus sueños como fan de la lucha libre.
Junto a Liberty y Zoya, también buscarán su lugar en escena otra docena de personajes, entre quienes destacan Melrose (Jackie Tohn), JunkChain/Black Magic (Sydelle Noel), Machu Picchu (Britney Young), Britannica (Kate Nash), La Loba (Gayle Rankin), Beirut (Sunita Mani) y Galleta de la Fortuna (Ellen Wong).
Con el paso de las temporadas, se sumaron al elenco otros nombres como Shakira Barrera, Annabella Sciorra, Geena Davis, Elizabeth Perkins, Toby Huss, Patrick Renna, y Horatio Sanz, quienes ayudaron a redondear las nuevas tramas y conflictos que matizaron el día a día de las intrépidas luchadoras.
Detrás de la comedia y el absurdo que traen los leotardos y el maquillaje excesivo, la intención de esta propuesta, provista de una carga dramática tan fuerte como los eventos que suceden sobre el encerado, es reivindicar el rol femenino en este tipo de espacios.
El uso de la sátira y los estereotipos son el pretexto perfecto para que las escritoras aprovechen y reivindiquen las luchas del feminismo. Si bien el show tiene lugar en una época bastante más atrasada que la actual en ese sentido, la lejanía temporal es perfecta para demostrar la vigencia de temas como el sexismo, la discriminación, la falta de representación, el empoderamiento y la sororidad.
Otro elemento digno de reconocimiento es que el argumento se expande de forma que la atención se reparte orgánica y equitativamente más allá de Ruth y Debbie. Está claro que Brie y Gilpin son las estelares y ello se asimila en cada escena, pero sus coestrellas reciben el suficiente tiempo de pantalla para que GLOW se mueva en un sentido más coral y pueda desarrollar y profundizar en sus diferentes caracteres.
Los diálogos son uno de los puntos que más sabor dan a la historia. Cargados de humor, organicidad y sentido, los intercambios entre personajes son la clave para darle un ritmo ágil y fresco al programa, y conseguir que devoremos episodio tras episodio —de 30 minutos cada uno— y que, por tanto, una temporada nos dure bastante menos de lo esperado.
Si la trama ya era suficiente para atraparnos, luego tenemos una banda sonora que saca partido a lo mejor de la música ochentera, con temas clásicos de rocanrol, disco y pop. Esto, de la mano de un diseño de producción que copia de manera perfecta la estética de la época, crea la combinación perfecta entre forma y contenido y hará a muchos decir algo así como “vine por el neón, pero me quedé por la historia”.
En un final, GLOW no llega, ni tampoco aspira, a cambiar demasiado lo que conocemos como televisión de entretenimiento. Nos ofrece risas, un guion sobre lo decente y personajes ricos e interesantes, que no es poco. Además, tampoco renuncia a su apuesta de darnos un tiempo de calidad frente a la pantalla, mientras intenta mover los engranajes de nuestra conciencia en torno a ciertos asuntos sobre los que aún hay que continuar hablando como sociedad.


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