El barrio de Madrid que pidió asilo a Fidel Castro… y terminó creando un reino, con himno y bandera (aquí la historia)

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Protestas en el barrio Cerro Belmonte en Madrid. Foto tomada de BBC Mundo.

Madrid, 1990. Verano. Los vecinos del barrio entonces conocido como Cerro Belmonte hacían sus vidas con tranquilidad, hasta que el ayuntamiento de la ciudad les envió una notificación que les ponía al tanto de que sus viviendas serían expropiadas pronto.

Todo había empezado realmente en el ‘89, cuando fue aprobado un plan de renovación urbana, enfocado en eliminar viviendas realizadas por “esfuerzos propios” en la periferia capitalina.

Ante tal situación, los casi 300 vecinos del lugar protagonizaron una de las historias más inusuales de las que se tenga registro en España o cualquier otro lugar del mundo. El fenómeno fue tal, que sirvió como material para una obra de teatro presentada en 2024 y también de la novela El reino de Belmonte (2025), del autor Alfonso Mateo-Sagasta.

El caso fue que, decidida a conservar sus casas, la gente de Cerro Belmonte protestó contra el Ayuntamiento de la forma más imprevista: estableciendo un “reino” soberano, con todo lo que ello conlleva, incluido su bandera, el himno y hasta Constitución. Pero el primer movimiento antes de constituir el reino, pasó por Cuba.

El 25 de julio de 1990, los vecinos de Cerro Belmonte acudieron a la Embajada de Cuba a entregar una carta en la que pedían asilo político al gobierno de Fidel Castro. El tema es que, a inicios de ese propio mes, varios cubanos habían entrado en sedes diplomáticas de La Habana, (República Checa, Eslovaquia y España), — pidiendo ese mismo tratamiento, lo cual generó tensiones internacionales. La carta fue un movimiento en busca de obtener exposición para su causa.

Tras recibir la misiva desde la península, el mandatario cubano hizo referencia pública a la carta en un discurso pronunciado el 26 de julio de 1990 en La Habana: “estos no entraron por la fuerza (a la embajada cubana), no pueden haber sido más decentes; llegaron allí, pidieron hablar, entregaron su carta, se marcharon, y aquí tenemos la carta (…)”.

A pesar de dejar claro que no existía la posibilidad de recibirlos por la vía del asilo, Castro les dio otras opciones: “nosotros debemos atenernos a las normas y a las leyes, no debemos dar asilo si no existe convenio de asilo (…). Esperamos que estos españoles sigan luchando allí por sus derechos, y entendemos que su gesto es una parte de su batalla, de su lucha por sus derechos. Se han dirigido a nosotros y les decimos que esperamos eso, que sigan luchando en España por sus derechos; pero que si desean visitar a Cuba, les damos visa y los invitamos a que visiten a Cuba (…) Si desean residir en Cuba, les damos permiso para residir en Cuba. Si quieren espacio para construir sus viviendas en cualquier ciudad, lo mismo en la capital que en cualquier ciudad del resto del país, sin cobrarles un centavo les damos el espacio y los materiales para construir sus viviendas, y les damos empleo; no podremos darles los niveles de vida que tiene la España desarrollada, pero habrá respeto, habrá dignidad. Sus hijos y sus familiares se beneficiarán gratuitamente de la mejor atención médica del mundo y de la mejor educación del mundo, y se sentirán verdaderamente entre hermanos; lo mismo si quieren crear una comunidad rural, les damos la tierra y todos los recursos para las viviendas y para que se organicen y la pongan a producir. Todo está garantizado, si lo desean (…)”.

Aquella alocución del presidente antillano puso en el mapa a Cerro Belmonte, cuyas 125 familias rechazaron educadamente la idea de vivir en la Isla, aunque sí accedieron a enviar una comitiva de visita.

“Agradecemos mucho la invitación de Castro, pero nuestro sitio está aquí, en nuestras casas y en nuestro país”, dijo entonces Desideria Becerril, habitante del lugar desde hacía 38 años.

Semanas más tarde, llegaron a la capital de la Mayor de las Antillas 24 vecinos de Cerro Belmonte. Los afortunados fueron elegidos mediante un sorteo y sus edades iban desde los 10 hasta los 70 años.

Aquí tuvieron la posibilidad de almorzar y entrevistarse con Fidel Castro. “[Castro] nos trató de tú a tú y no como un jefe de Estado. Si las autoridades españolas nos hubiesen hecho un tercio del caso que nos han hecho las cubanas, estaríamos más que contentos”, dijo al volver a su país Esther Castellanos, abogada y vecina de Cerro Belmonte, vocera del grupo, en declaraciones citadas por el diario El País.

Unos “llega y pon” peleones con ínfulas de grandeza

Foto tomada de El Confidencial.

Cerro Belmonte había surgido en Valdezarza, al noroeste de Madrid, durante los años 60 del siglo XX. Sus habitantes originales provenían de otras regiones del país y habían llegado a la urbe ibérica en busca de un mejor porvenir. Su determinación fue tal que terminaron levantando sus propias casas, de ahí que cuando les llegó la notificación de desalojo, se pusieran en pie de guerra.

“Eran infraviviendas, que son casas sin servicios. Ellos cavaban sus pozos, la luz la conseguían pinchando la red eléctrica o con generadores. Las construían con paredes de ladrillo y, una vez que les colocaban tejado, ya no se podían derribar porque la ley establecía que la policía no podía desalojar las infraviviendas sin un proceso legal”, explicó Alfonso Mateo-Sagasta a BBC Mundo.

La oferta del ayuntamiento incluía la reubicación de los vecinos en las zonas de Vallecas o Villaverde, y el pago de una indemnización que oscilaba entre 3000 y 5000 pesetas —equivalente aproximado a 30 o 50 dólares—, por metro cuadrado, aun cuando en la época esta unidad de medida era valorada en cerca de 200 mil pesetas, o sea, casi 2000 “verdes”.

Como lo de ir Cuba había tenido poco efecto y, en “casa”, el alcalde madrileño Agustín Rodríguez Sahagún se negaba a recibirlos, el movimiento de respuesta final de los vecinos fue una opción más radical y sorpresiva.

El 20 de agosto, la señora Castellanos anunció que, si para el mes siguiente las autoridades no aceptaban negociar, el barrio pediría su independencia.

“Somos conscientes de que actuamos de cara a la galería, pero la única manera de hacernos oír por los políticos es a través de los medios de comunicación», expresó en su momento. “Caceroladas a la puerta del alcalde, conflictos diplomáticos, misivas al Papa. Todo vale con tal de llegar a la opinión pública. Y en septiembre, la independencia”, declaró en aquel momento la abogada.

Pasados varios días, el panorama no mejoró y el 5 de septiembre cumplieron lo prometido: en referéndum solemne de 212 votos a favor y dos en contra, Cerro Belmonte fue constituido como Reino de Belmonte, compuesto por el Principado de Villaamil y el Condado de Peña Chica, las dos calles que cerraban el barrio.

Además de ofrecerle la corona belmontina a Juan Carlos I, los vecinos crearon un gobierno provisional que prometía “reunificarse con España tan pronto como se anule la expropiación”.

La Constitución rezaba que se abogaría “por la justicia, la igualdad, el pluralismo político y la felicidad”, además de eliminar la posibilidad de expropiación. También tenían su moneda, el belmonteño, equivalente a 5018 pesetas, precio máximo que les ofrecían por metro cuadrado. La bandera tenía tres franjas blanquirrojas y una estrella roja en el centro.

Lo mejor de todo fue el himno, compuesto por un músico punk. La letra, entre otras cosas, decía así: “queremos pan, queremos vino, queremos al alcalde colgado de un pino”.

Cerro Belmonte cerró “fronteras” en Villaamil y Peña Chica y empezó a cobrar peaje por cruzar la zona. Por si fuera poco, se comunicaron con el Comité de Descolonización de las Naciones Unidas (ONU), con el papa Juan Pablo II y hasta con el Comité Olímpico Internacional, para que los tuvieran en cuenta de cara a los juegos de Barcelona ‘92.

A pesar de su creatividad, aquellas medidas no dieron resultado. No fue hasta que empezaron a protestar, cerrar calles, encerrarse en iglesias y hacer huelgas de hambre que la situación avanzó.

Asustados por el crítico estado de salud de los 69 jubilados ancianos que estaban absteniéndose de tomar alimentos, los del ayuntamiento cedieron y retiraron el expediente de expropiación. Desaparecido el problema, con él se esfumó el reino, mientras que los vecinos se dedicaron a labores más terrenales, como empezar a negociar la venta de sus terrenos al mejor precio posible.

Hoy, Cerro Belmonte ya no existe, pero su historia queda como evidencia de que la unidad y creatividad de un barrio, no importa cuán pobres sean sus habitantes, a veces es suficiente para vencer a los más poderosos.

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