
La vida, a veces, no te avisa. No manda señales, no baja el volumen para que tú entiendas que viene algo grande… simplemente pasa. Un segundo estás en una etapa, con la rutina más o menos armada, y al siguiente estás tratando de encajar lo que ocurrió, como si te hubieran movido el piso. Para Francisco Gattorno, ese quiebre tiene un lugar y una fecha muy concreta: el 4 de mayo de 1997, en la carretera Cafetal–Mahahual, camino a Cancún, en Quintana Roo, México.
Aquel día, el actor cubano —que se encontraba en pleno pico de su fama— sufrió un accidente automovilístico que le cambió la vida para siempre. En el vehículo viajaba con la bailarina cubana Marilyn de la Caridad Rosado, quien murió tras el impacto. Y desde ahí, ya nada volvió a ser “solo trabajo”, “solo televisión”, “solo un escándalo más”. Fue un parteaguas real para él.
Antes del accidente, Gattorno era el tipo de rostro que la industria coloca en primer plano sin pensarlo mucho. Nacido en Cuba en 1964, había construido una base sólida en el cine de la isla: apareció en Una novia para David (1985) y en Fresa y chocolate (1993), la película de Tomás Gutiérrez Alea y Juan Carlos Tabío que terminó siendo una carta de presentación internacional. Ese salto de visibilidad le abrió puertas fuera de Cuba y, en 1994, decidió mudarse a México.
México le dio lo que a muchos actores les cuesta una vida conseguir: plataforma, pantalla, alcance. Sí, tuvo que adaptarse —otra cultura de trabajo, otro ritmo, incluso pulir el acento—, pero su carisma y presencia encajaron rápido. En 1995, su consagración llegó con La Dueña, junto a Angélica Rivera: ahí se convirtió en “primer galán”, en el José María que medio país comentaba al otro día. Y en 1996, Cañaveral de Pasiones terminó de ponerle el sello: Gattorno estaba en la cima, con proyección internacional y el tipo de carrera que parece ir en línea recta hacia arriba.
Por eso el accidente de 1997 no solo fue una tragedia humana. Fue también un terremoto público. En ese momento, Francisco estaba casado con la actriz mexicana Cynthia Klitbo, y el hecho de que viajara con otra mujer destapó una infidelidad que se volvió carne de titulares. La vida privada se le rompió en la cara, sin espacio para manejarlo en silencio. El matrimonio se fracturó de forma definitiva y el revuelo mediático fue enorme.
Pero lo más pesado no fue el chisme. Fue lo legal. En sus primeras declaraciones, el actor aseguró ante las autoridades que era Marilyn quien conducía la camioneta. Sin embargo, los peritajes e investigaciones concluyeron otra cosa: Gattorno iba al volante y a exceso de velocidad. A partir de ahí, el caso se convirtió en una pesadilla.
Fue acusado de homicidio imprudencial y de falsear declaraciones. Y aunque a veces desde fuera se piensa que “los famosos se libran”, lo cierto es que el proceso lo amarró durante años. Durante cuatro años, tuvo que cumplir una medida cautelar: firmar cada viernes en un juzgado penal de Quintana Roo. Imagínate lo que eso significa en la práctica: tu agenda, tu trabajo, tus viajes, todo girando alrededor de un trámite semanal que te recuerda —una y otra vez— que estás en el ojo del huracán.
Esa obligación condicionó su carrera de manera directa. En televisión, los rodajes son largos, intensos, y muchas veces implican moverte de ciudad o incluso de país. En su caso, cada proyecto tenía que acomodarse a esos traslados forzosos a Cancún. Su disponibilidad quedó limitada y, con ella, su capacidad de aceptar papeles grandes o compromisos internacionales. No es que desapareciera de golpe, pero el ritmo vertiginoso que traía… se frenó.
También cambió la forma en que lo miraban. En el mundo de las telenovelas, la imagen pesa —y mucho—. El “galán ideal”, el “héroe romántico”, ese que vende portadas y campañas, vive de una especie de pacto con el público. Cuando se supo que había mentido inicialmente a las autoridades, ese pacto se resquebrajó. Aunque no lo sacaron del mapa, sí hubo un veto implícito: marcas y ciertos productores prefirieron no asociar sus proyectos estelares con alguien envuelto en un proceso por homicidio imprudencial. No hace falta que te lo digan en voz alta para que lo sientas.
El proceso terminó en febrero de 2001, cuando fue exonerado tras llegar a acuerdos legales. Pero incluso con el cierre judicial, quedaba lo otro: lo emocional. En entrevistas, Gattorno ha dicho que aquello fue un “antes y un después” en su madurez. Enfrentarse a la muerte de alguien cercano, a la posibilidad real de ir a prisión, y al derrumbe de su vida privada lo obligó a mirar hacia adentro. A alejarse por un tiempo de los excesos de la fama. A reevaluar prioridades. A tocar, incluso, temas de espiritualidad.
Y aquí es donde la historia se vuelve más humana que mediática. Porque hay accidentes que no solo te quitan cosas: también te cambian el modo de caminar. En su caso, esa crisis empujó una transición profesional. Con el escándalo, el perfil de “galán joven e inalcanzable” se desgastó, y tras 2001 tuvo que reinventarse: aceptar personajes con más madurez, papeles de reparto, roles de carácter. Menos pedestal, más oficio.
Puede que eso redujera su exposición como gran estrella del melodrama, sí. Pero también le dio algo que a veces la fama temprana no permite: una carrera más resistente, con otras capas. Años después, su presencia se mantuvo, aunque desde un lugar menos ruidoso. Participó en La Desalmada (2021), se dejó ver en MasterChef Celebrity México (2022), y ha tenido apariciones en teleseries como Amores que engañan (dos episodios), Vivir de amor (26 capítulos) y Amor amargo (tres).
Al final, uno entiende que la trayectoria de un actor no siempre la decide un casting o un productor. A veces la decide una carretera, una noche, un segundo de más. Y a partir de ahí, toca reconstruirse con lo que queda… y con lo que aprendes en el camino.
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Francisco Gattorno, el actor cubano que ha aparecido en más de 20 novelas mexicanas


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