Cuba tiene una comunidad que vive “aparte”: se curan con agua y evitan el médico (aquí detalles)

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Comunidad Los Acuáticos. Foto: Marcel Villa/ El Estornudo.

La primera vez que uno escucha “Los Acuáticos”, la mente se va por el camino fácil: una secta rara escondida en el monte, gente que vive como en otra época, historias exageradas para asustar o para atraer turistas. Pero cuando te sientas a leer —y sobre todo cuando te imaginas el lugar, el calor, la humedad, el silencio de la sierra— la cosa cambia.

Porque los Acuáticos existen. Y en Viñales, en la llamada Sierra del Infierno, todavía quedan personas, aunque pocas, que sostienen una creencia simple y enorme a la vez: el agua cura. No como metáfora bonita. Literal.

Una escena que se queda pegada

Un reportaje publicado en Gatopardo y en la web de Univisión, en 2018, abre con una imagen dura, de esas que no se te van fácil. “Los gritos de dolor estremecen la casa en la Sierra del Infierno”, dice el texto. Y ahí está Juanito, de 82 años, tirado en una cama sin sábanas, pidiéndole a su esposa Victoria que lo ayude a incorporarse.

Victoria le acerca una palangana con agua. Juanito mete las manos, cierra los ojos, balbucea algo “como un rezo”, y empieza a echarse el agua por encima: cabeza, espalda, casi todo el cuerpo. Luego se pasa un trapo mojado por la zona de los riñones —donde más le duele— y se vuelve a acostar, refiere el mencionado texto.

No hay pastillas. No hay consulta. No hay “vamos a ver si aparece un médico”. El propio reportaje lo remata sin vueltas: “No hay un médico que pueda aplacar sus dolores. Desde hace 80 años, lo único que salva, cura y protege a Juanito es el agua”.

Antoñica, un arroyo y una frase que lo empezó todo

La historia, según coinciden varias fuentes, no nació exactamente en el Valle de Viñales, sino en los Cayos de San Felipe, también en Pinar del Río. El historiador Ricardo Álvarez recuerda en Cubadebate que “el inicio de esta tradición está registrado en periódicos que datan de la década del 30 del pasado siglo”.

En el relato de Gatopardo/Univisión, el punto de arranque tiene fecha: 8 de enero de 1936. Antoñica Izquierdo —madre de siete— se desespera cuando su hijo menor, de dos años, empieza con fiebres altísimas. No hay dinero para médicos. Entonces pasa lo que en estas historias siempre suena a quiebre: Antoñica le implora a Dios y, horas después, le dice a su marido: “La virgen María me ha hablado, me ha dicho cómo salvar a nuestro hijo”.

Lo desnuda, lo lleva a un arroyo cercano, lo baña… y al regresar, las fiebres desaparecen.

Luego vendría otra “aparición” y una frase que, para sus seguidores, fue como una orden de vida: “La Virgen María me ha designado protectora de los infelices de la tierra… sin medicinas, y solo con agua”.

Cubadebate cuenta lo mismo desde otra esquina, con ese tono de crónica que mezcla asombro y respeto: Antoñica habría salvado a su hijo “solo sumergiéndolo en un manantial” y, en un segundo “designio divino”, fue encomendada a ayudar y sanar a quien lo necesitara con el poder del agua.

De “curandera” a guía espiritual (y a problema público)

Entre 1936 y 1939, según Gatopardo/Univisión, los peregrinos empezaron a llegar en masa a la casa de Antoñica. La mujer que curaba con agua se volvió destino. Y ahí, claro, se mezclan la fe, la necesidad, el boca a boca… y también los intereses.

OnCuba News mete un detalle que ayuda a entender el contexto: el historiador Ricardo Alberto Álvarez recuerda que eran “los años 30 del siglo XX, plena crisis económica”, con analfabetismo y muy pocos médicos en la zona.

En ese mismo texto aparece un personaje que parece sacado de novela: Tony Guaracha, un tipo que —según el historiador— habría visto “un negocio” en la curandera y empezó a pagarle a personas para simular enfermedades y decir que se habían sanado. Eso, dice, hizo que la fama creciera tanto que “ella misma llegó a creer que realmente era milagrosa”.

Y cuando la fama crece, también crece el choque. Gatopardo/Univisión cuenta que Antoñica fue desalojada y enjuiciada por la muerte de un hombre hallado junto a un arroyo. En el juicio, ella soltó una frase que suena a desafío total: “Prefiero que me digan asesina, antes que digan que Dios no cura y que no hace milagros a través de mi persona”.

La enciclopedia EcuRed, por su parte, insiste en que la historia se ha vuelto leyenda con “exageraciones y tergiversaciones”, pero deja claras las características esenciales que definen a los acuáticos: curar con agua, no usar ciencias médicas, no intervenir en política ni en organizaciones de masas.

Quemar cédulas, tirar medicinas y salirse del mapa

Aquí es donde la cosa se pone seria-seria. Gatopardo/Univisión cuenta que Antoñica pidió a sus fieles que quemaran sus cédulas de identidad, abandonaran filiaciones políticas o sociales, botaran las medicinas y no volvieran a un hospital; que los niños no fueran a la escuela y los adultos no fueran a centros laborales.

OnCuba News también subraya ese punto: para entender por qué la historia terminó como terminó, hay que mirar el gesto político de quemar la cédula electoral y proclamar que los campesinos no debían involucrarse en elecciones. Eso, según el historiador citado, “la condenó para siempre”.

Antoñica terminó en Mazorra y murió allí en 1945.

Pero la comunidad no desapareció. Se movió.

El éxodo hacia la Sierra del Infierno

Gatopardo/Univisión cuenta que un senador expulsó a los acuáticos de sus tierras; hubo muertos, otros emigraron. Los que escaparon caminaron por la cordillera occidental hasta llegar a la Sierra del Infierno, en el Valle de Viñales, un sitio al que “solo se podía acceder a pie o a caballo”. Allí levantaron una comunidad y se aislaron del mundo, como les encomendó Antoñica.

OnCuba News pone números y una fecha cercana: tras seguir la indicación de quemar la cédula y no votar, “todos fueron desalojados en el año 1942” de tierras en El Rosario, y “un total de 13 familias se refugiaron en la Sierra del Infierno”.

EcuRed también habla de desalojos, de engaños con documentos y de cómo unas 14 familias tuvieron que abandonar la zona en 1943, para asentarse luego en la Sierra del Infierno bajo condiciones de entregar parte de la cosecha.

“Secta” no es la palabra

Cubadebate lo dice de frente: “Secta no es la palabra para describirlos, grupo religioso tampoco. Son sencillamente una comunidad apacible”.

Y esa idea se repite en OnCuba News cuando Emérito Rodríguez Moseguí —acuático, 85 años— cuenta su vida con una naturalidad que desarma. “A sus 85 años, jamás ha ido a un médico, ni tomado medicamentos”, y asegura que puede conjurar cualquier problema de salud “únicamente con agua”.

Lo curioso es que Emérito no se vende como santo ni como mártir. Dice que trabajó en el campo, en el corte de pinos, “menos robar, hemos hecho de todo”. Y suelta una confesión muy de guajiro con ganas de vida: “A mí lo que más me gustaba en el mundo eran las fiestas. Por toda esta zona no había un baile que se me escapara”.

Cómo se vive hoy: tierra, paneles solares y turistas que suben a mirar

La comunidad se ha achicado muchísimo. Gatopardo/Univisión cuenta que después de asentarse en la Sierra del Infierno llegaron a ser 27 familias, y en 2018 quedaban “ocho casas que pertenecen a dos familias”. También menciona otra comunidad en Artemisa, en San Cristóbal, que llegó a tener 1,000 acuáticos y en ese propio año conservaba unas 70 familias (unas 200 personas).

Allá arriba, según el mismo reportaje, Milagro y Berto —50 y 51 años— casi nunca bajan. No tienen documentos legales; si alguna autoridad les pide identificación, dicen que son acuáticos y los dejan seguir. Viven de la tierra: maíz, yuca, malanga. Y a los turistas les venden jugo de mango o limonada “a un dólar”.

La casa es de mampostería y la electricidad les llega por un panel solar en el techo.

OnCuba News también menciona el impacto del “contacto cada vez mayor con la civilización”: médicos más cerca, paneles solares, televisión, turistas “del mundo entero”.

El agua para todo… incluso para nacer

Hay un punto donde el relato se vuelve incómodo, porque aquí ya no es “curioso” ni “pintoresco”. Es vida o muerte.

Gatopardo/Univisión cuenta que los acuáticos resuelven todo por sus medios, “incluso los partos”. Pero desde los años 80 el gobierno mantiene un censo de embarazadas y, cuando alguien está a punto de parir, “vienen los doctores con la policía y se llevan a las embarazadas para el pueblo” para ingresarlas en un hospital, se resistan o no.

Milagro dice que su hija mayor nació en un materno porque se la llevaron “por la fuerza”, y que desde entonces fue la más enfermiza. Su hijo varón, en cambio, nació en casa: durante el embarazo ella se escondía de las enfermeras, y cuando ya no podía ocultar la barriga, se metía “en el monte profundo” y regresaba de noche.

EcuRed reconoce que, en años anteriores, hubo muertes en partos y casos graves que obligaron a intervenciones sanitarias con policías para llevarse enfermos “por la fuerza”, aunque dice que desde hace años eso no se repite con la misma frecuencia y que algunos han consultado “a escondidas” con médicos de confianza.

OnCuba News también menciona que los tratamientos con agua “no siempre han sido efectivos”, sobre todo con quemaduras, neumonía o embarazadas con complicaciones, y que algunas personas murieron “entre rezos, compresas y baños purificadores”.

La escuela: un sí a medias, con condiciones

Con la educación pasa algo parecido: no es blanco o negro, es… a su manera.

Gatopardo/Univisión cuenta que Marcelino Collara Martínez, un maestro de 51 años, pedalea dos veces a la semana desde Viñales por una carretera de 10 kilómetros llena de piedras, y luego sigue a pie por los senderos para dar clases a tres niños acuáticos en un aula improvisada. “Les doy lengua española y matemáticas”, dice, pero no admiten ciencias naturales ni historia por su creencia.

EcuRed añade que el rechazo a maestros no siempre fue solo por la fe, sino por “errores” de quienes tuvieron esa misión, dejando “un amargo recuerdo”. También habla de un maestro ambulante con orientaciones de respetar costumbres y hábitos.

Y los jóvenes… bueno, los jóvenes se van

En el reportaje de Gatopardo/Univisión aparece Juan Carlos, de 27 años, con el pelo rubio hasta la cintura, guía turístico, y una frase que suena a “cada cual con lo suyo”: “La religión es para los que la sienten de corazón. No importa si te vas de la montaña. No hay que firmar un papel”.

Berto lo dice con un resentimiento que se entiende: “Intenté enseñarles a mis hijos la creencia, pero esto no es obligado”. Sus dos hijos ya no están en casa y no quisieron ser acuáticos.

Y Emérito, en OnCuba News, lo remata desde otro ángulo: “Esto es algo muy personal, una fe de cada uno. Por eso, si mañana un hijo mío me dice que va a ir al médico, no me voy a oponer”.

Él, eso sí, se queda con lo suyo. Explica que el agua debe ser limpia y que se usa en porciones impares —cucharadas, jarros, cubos—, y admite que cada vez quedan menos. “Unos se han muerto, otros han dejado esto”, dice.

Y mientras tanto, allá arriba, la Sierra del Infierno sigue siendo lo que siempre fue: un lugar intrincado, bello, lleno de trillos, donde la gente siembra, carga agua, recibe turistas curiosos… y, cuando el cuerpo aprieta, vuelve a la palangana.

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