
A finales de abril del 2000, en La Habana empezó a correr un rumor de esos que uno escucha en voz baja, como si decirlo en alto lo hiciera más real. La gente lo repetía “de boca en boca”, con ese tono de esquina y pasillo que se vuelve inevitable cuando no hay una sección de crónica roja en la prensa oficial. La joven actriz Susy Pérez, niña que había tenido un pequeño papel en el filme Guantanamera, había sido ases1nada. Y lo peor: el comentario venía con detalles cada vez más oscuros.
El 28 de abril de ese año, El País publicó que “el rumor llevaba varios días en la calle” y que, finalmente, la familia lo confirmó: “Susy está muerta”. Tenía 14 años. Para quien la vio en el cine, el golpe era doble: no era una figura lejana, ni una celebridad intocable. Era una adolescente que, con 9 años, había aparecido en la última película dirigida por el estelar Tomás Gutiérrez Alea (Titón), Guantanamera (1995), y que quedó grabada en la memoria por un personaje rarísimo y potente.
En la película, Susy, quien interpretaba a La Muerte, salía vestida de negro, con tirabuzones largos. Y hay una imagen que se repite cuando la gente la menciona: ella en un cementerio. Es de esas escenas que no duran tanto, pero se te quedan. A veces el cine hace eso: te planta una figura en la cabeza y, aunque pasen años, tú la vuelves a ver clarita.
Lo que se sabía entonces era poco y estaba rodeado de silencio. El País contaba que la policía mantenía “absoluta reserva” sobre el suceso. También señalaba que ni siquiera estaba confirmado oficialmente que el crimen hubiera sido cometido por su madre, Sara Malberti, actriz de televisión y radio conocida por su participación en programas infantiles. Sin embargo, ella sí había sido detenida y se encontraba ingresada en el Hospital Psiquiátrico de La Habana.
En esa misma nota, la hermana de Sara, Iraida Malberti, aportaba un dato clave: existían antecedentes psiquiátricos. Dijo que Sara había sido ingresada “un par de veces por problemas de nervios”. Y al mismo tiempo defendía algo que, leído hoy, duele: según ella, Sara “adoraba a su hija y jamás la maltrató”. Además, Iraida se mostraba indignada por los bulos que circulaban, precisamente porque “se dan noticias que afirman algo que está por probar” y porque —según declaró a EFE— las investigaciones no habían terminado.
Con los años, han circulado reconstrucciones del caso que intentan ordenar el rompecabezas. Una de ellas aparece en un “Informe psicodinámico documental descriptivo del caso de la ‘descuartizadora de la barriada’”, un trabajo académico de psicología forense (USAC, Guatemala). Ahí se describe que el sábado 22 de abril del 2000, una pareja de policías detuvo a Sara Malberti en la carretera Monumental, en las afueras de la ciudad, porque —según ese relato— estaba lanzando bolsas de nylon. El informe afirma que, al caer una de esas bolsas, habría quedado expuesta “la cabeza calcinada” de la adolescente.
Ese mismo documento recoge una “versión extraoficial” que, según indica, compartían vecinos y personas cercanas: una discusión fuerte por el deseo de la adolescente de formalizar un noviazgo; una escalada de violencia; el intento de incinerar el cuerpo; y luego la mutilación y el traslado de restos en bolsas. También menciona testimonios vecinales sobre ruidos y golpes “como de martillo” alrededor de la 1:00 a.m. del 20 de abril en El Vedado, y describe que para algunos no resultaba extraño verla deambular de madrugada o hacer labores domésticas a esas horas.
El informe añade un componente aún más delicado: sostiene que, tras la detención, Sara fue evaluada en Mazorra, el Hospital Psiquiátrico de La Habana. Según ese texto, se concluyó que la paciente estaba psicótica, con depresión y alto riesgo suicida, y se menciona incluso un supuesto acto de canibalismo. Son afirmaciones extremadamente graves, y conviene leerlas como lo que son: parte de una reconstrucción documental que no sustituye una investigación judicial pública y verificable. Finalmente, la mujer se quitó la vida mientras se hallaba en esa institución de salud.
Lo que sí parece repetirse en varias fuentes es el mismo clima: silencio oficial, conmoción en el ambiente artístico y una ciudad entera completando los vacíos con imaginación, miedo y morbo. El País lo describía así: una historia “exagerada a cada minuto por la imaginación popular” que sacudió a medios cinematográficos.
Años después, el propio informe psicodinámico menciona que el caso quedó rodeado de censura y ausencia de información, y cita un fragmento del libro Roto. Fragmento de mi orfandad, de Juan Carlos Cremata, donde un sobrino de la victimaria sugiere que la familia prefirió refugiarse en el recuerdo de las carreras artísticas de ambas. “Entre todos, decidimos —sin ponernos de acuerdo— refugiarnos, en la rememoración de sus hermosas carreras como actrices”, se lee en esa cita.
Y ahí queda, como una imagen fija que no se va: una adolescente que interpretó a la muerte en una película cubana emblemática… y cuya historia real terminó convertida en un rumor confirmado, contado a retazos, con demasiadas sombras alrededor.
👉Si quieres recibir en tu WhatsApp los artículos que publicamos habitualmente sobre temas cubanos o la actualidad de personalidades dentro y fuera del país, únete a nuestro grupo:
👉(Pincha aquí para unirte)


0 Comentarios