
Yohandy Morales está haciendo eso que a veces desespera… y a la vez ilusiona: está jugando como si ya no le quedara nada que demostrar en Triple A, pero todavía lo mantienen ahí, como “un ratito más”. Y claro, cuando tú miras los números, te sale la pregunta sola: ¿qué más tiene que hacer este muchacho para que le abran la puerta de Grandes Ligas?
Hasta el jueves 21 de mayo, después de 45 partidos con los Rochester Red Wings (la sucursal de Triple A de los Nacionales de Washington), Yohandy llevaba una línea ofensiva (AVE/OBP/SLG) de .344/.425/.592. Diez jonrones. Nueve tubeyes. 27 remolques. Y 20 boletos. O sea: no es solo que está dando hits, es que se está embasando, está bateando con poder y está produciendo carreras. Lo que se dice un paquete completo.
Y dentro de su equipo, no era “uno más” en la lista. Era el líder en average, porcentaje de embasado, slugging, hits (54), anotadas (34) y jonrones. Segundo en empujadas y en bases por bolas. En otras palabras: si Rochester está ganando juegos, su nombre aparece una y otra vez en el guion.
Lo curioso —y ahí es donde la gente empieza a apretar los dientes— es que hace pocos días Washington subió a dos jugadores desde Triple A: Dylan Crews y Andrés Chaparro. Y al mismo tiempo mandó para abajo a Brady House y Joey Wiemer. Hasta ahí, movimientos de temporada, nada raro. Pero Chaparro, por ejemplo, es un jugador que defiende las esquinas del infield… justo las zonas que Yohandy también custodia. Y sus números este año han sido bastante inferiores a los de Morales.
Entonces, ¿por qué Chaparro sí y Yohandy no?
Uno puede imaginar varias respuestas. Quizás pesó la experiencia previa de Chaparro en la Gran Carpa, ese “ya yo estuve ahí” que a veces abre puertas. Quizás la gerencia de los Nats está intentando llevar el proceso de Morales a fuego lento, como quien dice: “tranquilo, que tu momento llega”. Pero es que 45 juegos a ese nivel no suenan a racha caliente de una semana. Suenan a un tipo que está listo, que se le quedó chiquita la categoría.
Y si alguien pensaba que esto era un chispazo de mayo, la pista venía desde el invierno. En la liga de Puerto Rico, con los Cangrejeros de Santurce, Yohandy se encendió en 10 partidos con un slash line de .395/.422/.674. Fue poco tiempo, sí, pero suficiente para dejar esa sensación de “ojo con este”, como cuando tú ves a alguien en una cancha y dices: este no está jugando por jugar.
Además, Yohandy no es un nombre que aparezca de la nada. En Cubalite ya habíamos contado parte de su historia, y tiene de esas conexiones que a los cubanos nos activan la memoria como una canción vieja.
El muchacho nació el 9 de octubre de 2001 en Miami, y sí: heredó el talento beisbolero de su padre, Andy Morales, quien jugó nueve temporadas (1991-2000) con el desaparecido equipo Habana. Pero si tú dices “Andy Morales” a un fanático de verdad, hay una escena que casi siempre vuelve: el famoso tope amistoso del equipo Cuba contra los Orioles de Baltimore en 1999.
En el primer juego, el 28 de marzo en el Latinoamericano, Andy bateó dos hits en cinco turnos, aunque Cuba perdió 3-2. Y ya tú sabes cómo es eso: a veces tú haces tu trabajo, pero el marcador no te acompaña. La revancha, sin embargo, llegó el 3 de mayo en Camden Yards. Ahí se fue de 5-3, con jonrón y tres remolques, y fue pieza clave en aquel triunfo cubano 12-6 que todavía mucha gente recuerda con una sonrisa.
Después, la vida lo llevó por otros caminos. Andy se marchó de Cuba y llegó a formar parte del sistema de granjas de los Yankees de Nueva York y los Red Sox de Boston. También jugó en una liga independiente con los Sonoma County Crushers.
Y ahora, años después, es el hijo el que está tocando la puerta.
Yohandy empezó a llamar la atención desde la secundaria, en el colegio G. Holmes Braddock de Miami. Allí fue capitán del equipo, los Bulldogs, y se ganó el derecho a vestir el uniforme nacional de Estados Unidos en la Copa Mundial sub-12 de 2013 y en la justa panamericana sub-18 de 2018. En las dos, fue parte del plantel campeón. O sea, desde temprano se movía en escenarios grandes, con presión, con scouts mirando, con el juego apretado.
Luego vino la Universidad de Miami, con los Hurricanes, donde se graduó de Administración Deportiva. Y su explosión real en el béisbol universitario llegó en el segundo año: línea de .408/.475/.713 y 20 jonrones en 61 juegos. Esos son números que no se esconden. Eso es producción de estrella.
En 2023, los Nacionales lo seleccionaron en la segunda ronda del Draft Amateur y lo firmaron por 2.6 millones de dólares, por encima de la oferta inicial. Una manera clara de decir: “te queremos de verdad”.
Y en el acumulado de sus cuatro temporadas en Ligas Menores, hasta el 21 de mayo, Yohandy bateaba .293/.371/.460, con 69 dobles, nueve triples, 32 jonrones y 171 remolques. No es poca cosa. Es una trayectoria sólida, con crecimiento, con consistencia.
Por eso, cuando miras sus números de hoy en Triple A, liderando casi todo, la sensación es que el ascenso no es un “si pasa”… sino un “cuándo”. Y mientras Washington decide, Yohandy sigue haciendo lo único que puede hacer un pelotero en esa situación: salir todos los días, pararse en el plato y dejar que el bate hable por él.
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