Mario Guerra, el actor que nunca dejó de buscar: dónde está hoy y qué anda haciendo (aquí detalles)

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Mario Guerra (al centro) durante el rodaje de la película El Benny. Foto tomada del perfil en Instagram de Carlos Ever Fonseca.

Mario Guerra tiene una de esas caras que, cuando aparece, te obliga a prestar atención. Da igual si entra en una escena dos minutos o si carga una obra entera sobre los hombros: se te queda pegado. Y no por “carisma” de postal, sino por algo más raro y más difícil… una sinceridad que a veces incomoda, como cuando alguien te mira y tú sientes que no puedes fingir.

Y por si a alguien le queda duda de por qué su nombre pesa, basta mirar el rastro de premios y trabajos que ha ido dejando sin hacer mucho ruido: tiene, por ejemplo, el Premio Caricato a la mejor actuación secundaria en teatro por Los siervos (2000) y el Caricato a la mejor actuación masculina por El enano en la botella (2002); en 2006, en el Festival Nacional de Teatro de Camagüey, se llevó reconocimientos por Delirio habanero (incluido el Premio Villanueva de la UNEAC), y en cine ganaría el Premio de actuación “Tomás Gutiérrez Alea” de la UNEAC por Ciudad en rojo (2009), entre otros. En pantalla, además, ha pasado por unos treinta largometrajes (y una cantidad parecida de obras teatrales), y aunque él mismo dice que no lleva la cuenta, en la revista OnCuba News lo describen como ese actor que, salga poco o salga mucho, “lo recordarás”

En 2016, El Estornudo lo retrató en un lunes de marzo en El Vedado, con La Habana medio cerrada por la visita de Obama y el Malecón “amenazando con desbordarse”. Allí, en un apartamento de los cincuenta, entre premios, máscaras y un gato que dejaba pelos en el sofá, Mario soltaba una frase que lo pinta entero: “No estoy muy seguro de cómo debo comenzar… ¿Hago café?”. Ese Mario —pequeño, delgado, ojos inquietos, barba entrecana— ya era, según el propio texto, “uno de los actores más notables y viscerales de la isla en muchos años”.

Pero la pregunta que flota hoy es otra: ¿qué ha sido de ese actor que fue Carlos en María Antonia, el Pedagogo y Egisto en Electra Garrigó, el Enano de El enano en la botella, o el Bárbaro de Delirio habanero? La respuesta, como casi todo con Mayito, no es lineal. Es más bien una ruta con desvíos, golpes, terquedades… y una especie de fe obstinada en el oficio.

Un muchacho tocando puertas (y cargando palos)

La historia de cómo empezó tiene algo de escena teatral en sí misma. El Estornudo cuenta que, en la Habana de los ochenta, un Mario Guerra de poco más de veinte años fue a tocarle la puerta a su tocayo Balmaseda, entonces actor y director del Teatro Político Bertolt Brecht. El muchacho no pedía un papel protagónico ni un salario: pedía estar allí, “como utilero, como tramoyista, como recadero, lo que sea, sin cobrar incluso”. Balmaseda lo dejó hablando mientras fregaba el carro. Hasta que la esposa intervino y el lunes siguiente Mario apareció en el Teatro Nacional, cargando palos para una escenografía. Balmaseda lo miró apenas y le soltó: “Así empecé yo”. Y siguió de largo.

Ese detalle —cargar palos, mirar y aprender— es un método de vida. Mario lo dice sin adornos: le encantaba estar rodeado de actores, “me creía actor”, y entendía que trabajar allí era “la manera más propicia” de estar en una escuela.

Angola, soledad y una decisión

Antes de eso, y a la vez durante eso, lo atravesó la vida militar. En El Estornudo habla de Angola con una mezcla de memoria sensorial y cansancio: “el calor, el mal olor, el sol que rajaba las piedras”, y sobre todo la soledad. “Lo más preciado en Angola era una carta… podía leerlas con la luz de la luna”. Y suelta una frase que pesa: “Ahí es donde conoces de veras a un hombre”.

En esa selva, seis meses después, estrenó Ernesto, la obra que lo había fascinado en el teatro Mella. Y ahí, dice, se le acomodó algo por dentro: “voy a ser actor”.

Un actor que lee “emocionalmente” y necesita riesgo

Ya con oficio encima, Mario describía en 2016 su manera de elegir textos: los lee “emocionalmente” primero, no “intelectualmente”. Apunta impresiones, las guarda, y luego entra al trabajo más racional: personaje, autor, contexto. Y remata con una idea que lo persigue: “no le veo sentido al teatro si no hay riesgo de todo tipo”. Para él, los procesos verdaderos son esos en los que “uno no sabe lo que va a pasar mañana”.

Esa necesidad de riesgo también explica por qué, en pleno Período Especial, se fue a vender dulces finos por La Habana. Caminaba desde Vento hasta Ayestarán, recogía tartaletas y eclairs, y salía a vender. “Se me cayeron los metatarsos de los pies de tanto caminar”, cuenta. Lo detuvieron, perdió dinero, perdió dulces… y siguió. “Tenía que vivir”.

En OnCuba News (también en 2016) apareció el mismo Mario, pero desde un ángulo más íntimo: cuenta que nació en La Habana el 5 de marzo de 1960, “un día después de la explosión del barco La Coubre”.

¿Y hoy? Florida, una colada y el regreso a cámara

Mario Guerra junto a Beatriz Valdés en el cortometraje Colada. Foto tomada del perfil en Instagram del audiovisual.

La pista más reciente sobre su trayectoria es clara: Guerra vive en Florida desde hace varios años y volvió a actuar recientemente en Colada, un cortometraje escrito y dirigido por Carmen Pelaez, estrenado el 12 de abril en el Miami Film Festival.

La sinopsis, publicada por la realizadora en Instagram, lo coloca en un escenario que huele a café fuerte: “Es cualquier día en Miami, en un mostrador que ofrece almuerzos cubanos”. Mario interpreta a Pancho, “el cocinero”, que “se pone poético con su visión del mundo mientras despacha sándwiches”. Elsa sirve “diminutas tacitas de oro líquido” y Darwin “trabaja duro para demostrar su valía”. Después de la hora pico, entra Brett, un estadounidense “amable y con ganas de ganárselos”, pero con una intención: “someterlos a la prueba definitiva en los Estados Unidos de hoy”.

El corto recibió una mención especial del jurado como segundo lugar en el premio a Mejor Cortometraje “Made in Miami”. En el elenco también estuvieron Fabián Medina, Gerardo Riverón, Caleb Scott y Beatriz Valdés.

Y ahí, en esa barra de almuerzos cubanos, uno se imagina a Mario Guerra cómodo y afilado a la vez: un actor que siempre ha preferido el proceso, que se emociona fácil con un proyecto, que cae “en la trampa” si un joven le pide ayuda, y que todavía cree —como dijo en OnCuba— que hay que trabajar “en el desequilibrio”, “¡ir al límite!”, porque “en el límite encontramos lo misterioso”.

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